



Lo peor era el picor en las orejas, el dolor en las
rodillas, en los tobillos. Lo de las orejas eran sabañones, no había dudas. Y
llevar una lata de conservas de pescado (mecachis, no me acuerdo de la marca,
sí sé que había pintada o retratada una sardina esbelta o un boquerón, a saber)
con las brasas arrancadas de la candela de casa, justo un momento antes de salir, venía a ser como un consuelo
en aquellas paredes sudorosas de mi escuela, mientras don Pedro Nieto Moralo,
mi maestro, que por ahí anda desde su Zarzacapilla hasta tierras de Mérida, nos
aleccionaba sobre cuestiones importantes, como las amebas, la función
clorofílica, las andanzas de Don Quijote (que también), las libras los
cuarterones y las arrobas (ya había arrobas, ¿qué se creen?) las lagunas de
Ruidera, los afluentes del Guadiana, los cabos y las penínsulas, los quebrados,
siete por nueve sesentaytres, los partidos judiciales, el Bierzo y La
Maragatería, Tizona y Colaca, la Tierra de Barros…tiempos gloriosos aquellos
que aún recuerdo mezclándolos indebidamente con la división (sí, división)
comunitaria de ahora mismo.
Pero, a lo que iba, al frio que nos comía los huesos aunque
ahora parece que fuera muchísimo más. En cuanto en una escuela se apagan los
radiadores tenemos las protestas, el querer colgar al maestro como si él fuera
el culpable y yo he visto a maestros asistir a clase con bufanda sin quitársela
en toda la jornada porque al día siguiente había que volver y no había
sustitutos. Allí, entonces, lo peor eran los sabañones, las orejas peladas, las
narices rojas, los dedos llenos de padrastos. Había, a pesar de ello, un
pequeño consuelo que no nos era dado a los chiquinos. Porque era necesario ser
mayor para disfrutar del privilegio de los pantalones largos. Hasta que uno no
tenía la edad debía acudir a la escuela, a la calle, con pantalones cortos y
las niñas con faldita y si acaso unas medias de hilo. Es algo que no he
conseguido explicarme nunca. Como tampoco que no nos pusieran gorras aunque
algunas bufandas sí que había, las que nos hacían con los restos de las
cortinas viejas, que calentaban pero nos arrugaban los cogotes hasta la
exageración. Aquellos restos de las jaldas o de la tela de los colchones nos
llenaban de sarpullíos y no había quien le pusiera remedio al problema, si
acaso unos polvos talco o los de Azol, que servían para todo. Pero era la ley
de vida entonces y yo debo recordar con añoranza aquellas fechas, aquellos
hechos.
(Este domingo
pasó el afilaor y el lunes se nos ha muerto Fernando Serrano Mangas, cumpliendo
la predicciones más funestas que había hecho Gloria, la mexicana asentada en el
pueblo).
Encangallados bajo las sábanas
Terribles eran los fríos de mi
pueblo, de aquellas noches en las que encangallados asíamos las sábanas con las
manos apretujadas como para amordazarnos los pies, como si fuéramos las raíces
de los alcornoques enroscadas.
Pero el tiempo no se para y ahí está
la realidad que va superando todo lo presente, Con aquellos fríos vivíamos en
el campo, de arriendo. En el cortijo de Las Navas que era de los Fernández
Salazar y pasó a otras manos. Allí el
frio se nos comía en los pasillos aunque había una hermosa candela. Un gato
malévolo se acostumbró a comerse los
huevos recién puestos por las gallinas y hasta los de una pava gansa que había
por allí, haciendo el tonto y dejando caer los huevos donde le parecía. El gato
pasó a mejor vida, se lo ganó a pulso, quién le mandaba a él. Estaban José
Malpica, Luis Tijerilla, la Toribia, mi Toribia, José el de la Rabiosa, Félix
el Caza. Y padre y madre, Francisco y Jacinta. Mis hermanos, mi hermana. Todos
ellos raíces de mi infancia, bases de mi testamento vital que llevo ya muchos
años empezando y no acabando de redactar. Con las higueras, con la alfalfa, con
el maíz, con la oropéndola que mi padre me enseñó a distinguir. Con el perejil,
con los balidos largos y profundos de alguna oveja, con las vacas rumiando
alguna alfalfa. Esta era la vida.
Al calor de la candela, en la que
tostábamos el pan para mojarlo en aceite joven, churruscaban las taramas. No
había radios ni luces, más que la del candil. Ni bicicletas, ni balones, ni
carnavales. Debía ser por Navidades porque ya el viejo casumbo olía a caballos
de cartón, tal vez a turrón de Barcarrota, a caramelos. Llegó por aquellos días
el petroman, lo último en iluminación doméstica. Pero no consiguió arrumbar el
candil. No había dinero para velas, más que en los entierros de tres capas (el
poder adquisitivo del difunto y sus deudos se medía por las capas de los
entierros, una capa, dos capas, tres capas ya era el no va más, me contaba el
monaguillo José Oñivenis). Ya hacia rato que se habían callado las gallinas y
si acaso mugía alguna vaca porque pisó algún becerro y este replicó con un
meneo a las ubres, pese a la hora. Pero en la oscura cocina se apagaban las
últimas brasas. Nosotros dábamos quizás algún repaso al cuaderno de las tareas
o a la pizarra y el pizarrín con que habíamos perpetrado las últimos cuentas,
las sumas de arrobas y cuarterones para acostumbrarnos, por si de mayores nos
hacía falta.
Padre no se dio cuenta cuando preguntó otra vez mirando los zapatuchos
amontonados.Y ahí fue cuando madre, atenta permanentemente, le dijo algo que no
he olvidado. “Calla, que hay ropa tendida”. Yo quise mirar a la calle, donde se
tendía la ropa, pero todo era oscuridad y yo no veía ropa tendida. Aquella
noche iban a llegar los Reyes Magos para traerme un caballo de cartón. Hoy, más
de cincuenta años después, he comprendido qué significaba lo de que hay ropa
tendida. Ya no me pican las orejas ni me duelen tanto las rodillas. Hoy me
preocupan otras cosas más que la ropa tendida.
Allí, en el cortijo de Las Navas,
ronroneaban al anochecer las vacas, las gallinas, algunos perros y muchos
grillos en los veranos, en esa extraña mezcolanza campesina que envuelve la
vida en torno a los establos, por las escorrentías, a la sombra veraniega de
las higueras, desafiando a las culebras entre el maizal, temiendo en las noches
sin luces el canto de los cárabos, soñando con la posibilidad de la llegada de
las lechuzas que nos decían que te echaban escupitajos a la cara y se te
quedaba la marca de esas viruelas de por vida.…
Luego, pasando las hojas de
calendario, he tenido oportunidad de decir muchas veces que hay ropa tendida
refiriéndome a mis hijas, a mi nietos. Por lo general ha sido cuando hemos
hablado de los Reyes Magos, que como todo el mundo sabe no son los padres, sino
tres señores que llegaron trayendo oro, incienso y mirra y que aún siguen por
aquí merodeando, aunque ya no entran por las chimeneas, sino por las ventanas
de las casas que previamente se han dejado abiertas. Y eso de las ventanas es
lo que me ha recordado otra vez las ropas tendidas, porque las veo a diario
desde mi propia casa. En ocasiones he visto colgados al sol trajes
carnavaleros. Otras veces, en algunos ventanales generalmente de patios
interiores, hay un pantalón solitario, que se tira allí días y días. He podido
averiguar una pillería sobre un sospechoso y solitario pantalón, que parece no
secarse nunca o que el dueño ha olvidado o deja cada noche para que se oree.
Eso si es que es de hombre, porque podría ser de mujer. El que yo he visto es
de hombre y me contaron que era el del ganadero que acudía a ver a su amada y
que esta lo dejaba allí colgado para que otros amantes quedaran avisados de que
había un hombre en la casa. Lo que se dice ropa tendida, sin más.
Publicado en la Revista oficial de
Carnaval del Ayuntamiento de Badajoz, febrero de 2015.