viernes, 29 de abril de 2011

La visera de Isidoro





Estaba yo en la frutería comprando tomates cuando apareció la 'lista' de siempre:
-¡Ay, hija, se me ha olvidado, dame dos cabezas de ajos...
Total, que la 'lista' de la buena mujer, que se había hecho mentalmente la lista de la compra y no en papel, argumentaba que ya había estado comprando antes y que al llegar a la puerta de casa se tropezó con un municipal que le preguntó qué iba a poner de comida. Todo esto lo contaba mientras me miraba con ojos de cordero degollado. «Pues yo le dije al municipal que lo de todos los viernes, una sopa de ajos y las sobras. ¡Anda, los ajos, se me han olvidado los ajos!» Toda la frutería, como un solo comprador (pese a mi creciente indignación) se olvidaba de mi protesta y escuchaba a la señora de los ajos. «El guardia ha venido porque estaba contemplando el socavón (¡otra vez!) y le han mandado aquí ya que hay un problema en la visera de Isidoro». ¿Ehhhh? Resulta que Isidoro ha cerrado los ocho dias de oro o la quincena de las sábanas rosa y ha decidido quitar los cartelones enormes que tiene colgando en la fachada de su 'El Corte Inglés', allí donde en tiempos de Montesinos vs Celdrán estuvo el lejío de los chinatos. Y cuando los mozos cachas se han subido a la visera para quitar los carteles, una tropa de muchachería desde el suelo se desgañita desaforada, «¡aquí, aquí, otra, otra!» Eran los gritos de docenas de chiquinos que pedían a los operarios que les tirasen los balones alojados en la visera, fruto del entusiasmo de algunos de ellos que los habían encajado allí arriba (en Badajoz no tienen sitio para pelotear). Por eso el señor guardía había acudido a poner orden.
El personal de la frutería se hacía cruces, la frutera no acaba de entregar las dos cabezas de ajo y a mi los tomates se me van a poner pochos, esperando. En fin, que cuando Isidoro cierre la semana del edredón hay que ponerse debajo de la visera, por si caen las pelotas. Y, a vé, esto es lo que hay.

(Publicado en la edición impresa de HOY el 29-4-11)

jueves, 7 de abril de 2011

Y, de cuando en cuando, cantan cárabos









Seguro que entonces nadie se lo habría afeado. A él, que amaba los pájaros, el aire libre, el contemplar sereno de los campos en posío, de la sementera reventando... Pero es que aquello del buitre (o del águila o de lo que fuera) ya iba clamando al cielo sereno de Las Navas, porque el bicho no se contentaba con matar y destripar las gallinas y los pollitos que alegres e inocentes buscaban gusanos en el estiércol. Yo creo que a veces llegaron a amenazarnos a los niños. Tendría yo ocho años quizás, acaso nueve. Así que él cogió su vieja escopeta con los cartuchos del 12, que nos había enseñado a llenar en las tardes de lluvia, alrededor de la candela pero con la pólvora lejos, en aquella maquinita que era un prodigio, en la que se colocaba el misto, la pólvora, la munición, el taco... A veces se enfadaba con nosotros y nos decía “no valéis ni para tacos de escopeta...” Cogió la escopeta y sonaron dos estampidos formidables. Nadie recuerda haberlo visto disparando, pero al cabo del rato llegaba a la casucha con Luis Tijerilla, arrastrando el animal que llegó a tirarle un picotazo y levantarle sangre en una mano o en el brazo. El bicho no sabía que él tenía las manos encallecidas, que no podía hacerle mucho daño. Manos de segar, de cavar, de ordeñar, de rastrillar, de arar, manos de acariciar.

Ya se acabó el miedo al buitre o al águila, ya podían cacarear aliviadas las gallinas, ya los pavos lucían orgullosos el moco, ya hasta los cuatro o cinco conejos, que milagrosamente aún vivían alrededor de la casa, entre los leños con los que alimentábamos la candela, podían seguir su ciclo vital. Ahora quedaba sólo el gato traicionero y asesino, el gato huraño del que con un certero golpe con las tenazas nos libramos, el gato negro malo, porque la blanquita era buena, era inocente, una gata que sólo miaba ahora apesadumbrada por la muerte del gato que se comía tanto los huevos como los pollitos de las gallinas, a los que se llevaba apresados hasta el pajar, para devorarlos contra el cacareo asustado y escandaloso de las madres, aunque no le faltaba la comida...

Yo creo que a padre nadie le hubiera reñido por habernos librado del buitre o el águila y el gato después.

Allí padre nos enseñó a amar a los pájaros, al chorro del agua que caía del pilar, al milano y a la pestosa abubilla, a los becerros, a las vacas, a los conejos, a las cigueñas extrañas que entonces si venían por san Blas, al grillo real, a la tórtola y la perdiz, a temerle a las abejas y a las sanguijuelas que se pegaban como lapas al cucharro de beber agua del pilar, a ignorar a los morgaños, allí me enseñó el gorjeo de la oropéndola ( http://www.club-caza.com/dossiers/aves/ficha.asp?np=205) en las siestas de calor pegajoso, a esquivar el mal mirar de una vaca recién parida, a huirle a las coces de la burra como la que me tiró al suelo. Allí nos descubrió el canto terrible y lacerante para el oído de los cárabos (http://www.club-caza.com/dossiers/aves/ficha.asp?, el silbar de las lechuzas, allí el tolón de los campanillos de las vacas, las esquilas de las cabras y los chivos, el ladrido del perro bobo que comía tajadas de melón podrido, ¿dónde se ha visto a un perro comer melón?, le decía yo, me sonreía él. Allí y luego en La Bejarana, ese bosque sagrado cuya definición me había robado Eliot hace muchos años, allí nos enseñó a hacer un nudo corrido, a perseguir por el oido el rastro de las ranas saltando fuera de la alberca. Allí nos enseñó dónde está la encina que produce bellotas dulces, justo a mitad del camino en el que yo me caí de la burra en la que volvía del pueblo o fue del burro Cachimba al que le picó la mosca y no pudo contenerse, trotando cuesta abajo y dando con mis huesos en el suelo, que todavía hoy parece que me duelen. Pasamos cientos de mañanas y tardes bajo aquellas encinas y alcornoques, que crecían vistiéndose de corcha. Crecimos allí y se nos curtieron los brazos pero no hicimos crecer músculos porque tampoco él nos mandaba ni nos dejaba hacer trabajos rudos, si acaso arrancar los hogarzos doblando la espalda, cuidar de que las vacas no se escapasen al cercado próximo, a donde el trigo debía crecer libremente. Vigilar el correr del agua por los canteros donde el maíz trataba de crecer, avisarle si se repetía lo del día aquel en que una nube de palomas se apoderó del maizal y lo arrasó, llevándose por delante las nacientes mazorcas de maíz, obligándole a echar mano otra vez de la escopeta del 12 con la que disparó otro par de veces al cielo, por espantar a la nube de palomas que tardó en darse cuenta de que no era bien recibida, bandada que en cuestión de minutos se llevó por delante el esfuerzo de muchos días, la esperanza de un alimento seguro para las vacas para las que habría que empezar de nuevo y ahora sembrar alfalfa...

Allí, en aquel bosque sagrado, bajo cuyo cielo dormimos sólo por capricho una noche al raso, contemplando las estrellas correr, aterrorizados si los cárabos volvían a cantar, temerosos si se repetía la amenaza del alacrán que renacía junto al pedregal de la era, allí vi crecer las arrugas de su rostro, los callos de sus manos, los restos del picotazo del águila, allí me enamoré de “la leyenda del beso” que él silbaba, pero allí no pude adivinar que lentamente se me escaparía años después, el pelo encanecido, las manos cansadas pero fuertes, el aliento capaz, el beso fácil, la mirada fija, allí donde tenía yo entonces las lágrimas esquivas como hoy.


(“Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre”. Antonio Muñoz Molina, 'El viento de la Luna', página 113)




sábado, 26 de marzo de 2011

Antes de las elecciones, si Dios quiere




Han sido tantas las promesas, tantas las mentiras, tantos los adelantos, tantas las fotos... que ya no sabemos qué hacer con el parking de Conquistadores, ese que supuestamente iba a facilitar la vida a los automovilistas de todo Badajoz y a nuestros visitantes, al servir los varios cientos de plazas de aparcamiento para descongestionar esta zona tan transitada. Ahora mismo, al día de hoy, en la obra del parking no se ve trabajando ni un alma. Y si terrible es ver solitario el desierto de la parte superior (con sus palmeritas increíbles) no menos desalentador es ver que debajo, en las tripas del aparcamiento, no hay ni un alma en pena. Y eso que para el día que lo quieran inaugurar ya tienen ahí hasta la bandera que ondea desde el edificio de la Delegación de Defensa, bandera que se cansará de esperar que le rindan honores el día de la inauguración.

Confieso que fui uno de los varios cientos de pacenses que incluso llevó al ayuntamiento hasta la fotocopia de la documentación de mi coche y solicité el certificado de residencia, para que se vea que soy un vecino al que podrían facilitar el acceso a una plaza, por residencia en cercanía (previo pago de su importe, como es normal). Nos dieron largas una y otra vez y menos mal que uno no soltó un duro, por si las moscas. Al final va a resultar que sí, que fue acertada la decisión de esperar sin aflojar la pasta. Así que ahora a confiar en que suenen los clarines electorales porque a buen seguro que en cuanto entremos en campaña electoral la cosa se acelerará y allí que acudirá la cohorte de candidatos a cortar la cinta y dar paso a la marabunta de coches. Aunque a lo peor ni eso, a lo peor no son capaces de ponerlo en marcha después de tanto tiempo y tanto dinero. En fin: esto es Badajoz, esto es lo que hay.

lunes, 7 de marzo de 2011

El chiquino que llegó a Badajoz





(Artículo publicado en la Revista Oficial del Carnaval de Badajoz 2011,

editada por el Excmo. Ayuntamiento de Badajoz)

El chiquino era un guá (no sé si con acento o sin él). Tras atravesar los cinco kilómetros de carretera rectísima, en un prehistórico coche (un Forito de museo que conducía mano Genaro, como otro parecido que llevaba de taxi el Fulli en Badajoz) llegaría a la ciudad soñada, luego de haber pasado por el increíble arco que formaban las ramas de los árboles enlazadas en sus copas, que Tráfico podó cuidadosamente allá por el año 60 del siglo pasado, que es tanto como decir que ayer mismo. Entraría a la capital provinciana por la entonces avenida de José Antonio, luego de que el hábil chófer llevase el coche con mucha precaución (no se le conocieron accidentes) y dejase atrás el Tabares y el Bar Sevilla y atravesase, con el miedo metido en el cuerpo todos los pasajeros, el temido control de la fiscalía en el Parque de La Legión, en Puerta Trinidad, el mismo lugar en que contaban a modo de chascarrillo que un par de contrabandistas trataron de burlar a la temible guardia civil (estaban como quien dice recién pasados los años del hambre, el temible 1941). Los sujetos habían robado un cerdo de unas ocho arrobas en alguna granja cercana y convenientemente sacrificado lo montaron en el asiento delantero entre los dos kamikaces. Lo arroparon con una manta de modo que sólo se le veían los morros, que cubrieron con un sombrero y unas gafas de pasta, negras. Enterados de que aquel día estaba de guardia el picoleto bizco, pasaron limpiamente el control diciendo que llevaban a un pariente al médico (“aquí lo puede usted ver, señor guardia, viene atontado por la calentura”). Y el guarro fue a parar a una bodega de la Plaza Alta donde convenientemente aderezado y aliñado causó las delicias de la tropa que esperaba el maná caido no del cielo, sino de una finca cercana a la carretera de Sagrajas, que yo qué sé de quién sería.

El chiquino -pantalones cortos de pana, jersey de ganchillo hecho a mano en casa, camisa heredada del hermano, calcetines de hilo por el frio, sabañones asomando aún pese a la recién iniciada primavera-, se dirigía con su madre al médico, por aquello de que le arreglasen un brazo roto, uno más, que fueron muchas las veces en que se le descompusieran los huesos y hubo de llevarle hasta el sanador, que si una vez don Antonio el practicante del pueblo que le puso la primera escayola, que si otra vez don Diego el médico, que si a la vez siguiente don Emiliano el de Barcarrota y que si al final, con la última rotura, el prestigioso doctor Beltrán de Heredia en aquella calle Menacho humildísima del año de 1957, ni asomo de lo que es ahora. “A este muchacho sólo le falta ya romperse la cabeza”, asentía a las vecinas cariñosa la madre, mientras repasaba en el corral los calcetines de toda la ya numerosa familia.

La ciudad, pues, se abría a los ojos del imberbe al que todo le impresionaba, todo le atraía, todo le llamaba. Pensaba él en que tal vez a la madre se le ablandara el corazón y le comprase un plátano, ahí es nada, poder comerse un plátano. O un helado, en eso no llegó a soñar pero fue lo que pasó aquella vez, pese a la incipiente primavera que lo de él ahora no era cosa de garganta. Por ver si así le bajase el dolor del brazo roto.


Comparando aquel Badajoz de antes del año 60, este de hoy es otro Badajoz, en el que perviven los patos de Castelar (otros patos, claro) pero no la actividad del quiosco de San Andrés donde el chiquino iría a cambiar cuentos o novelas a cambio de un real o tres perras gordas si el cuento contenía dos episodios. Goliat, Tintín, el capitán Trueno, el Guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, las hermanas Gilda, el mismísimo Carpanta... El quiosquero exponía su mágica mercancía y el chiquino rogaba un real para cambiar su revista o novela ya leida (Salgari, siempre Emilio Salgari) por una nueva que volvería con él al pueblo y prestaría gozoso tras haberla leido al menos cuatro o cinco veces, mojándose el dedo al pasar las arrugadas y cochambrosas páginas.

Y como no está la actividad del quiosco, también falta hoy el guardacoches cojo de San Juan (era de Almendral y en el pueblo había sido municipal, quizá caballero mutilado por la patria aunque estos tenían mejores destinos, prietas las filas). Tampoco está ya El Eléctrico dirigiendo el tráfico en Cuatro Caminos, ni la matacoño que vendría años después, ni el vendedor del rico parisié, ni el del pirulín de La Habana que se come sin gana... Como ellos también se ha ido después para no regresar el gitano del “troco pesetas” a las puertas de Simago o en Galerías, ni se ve a Pedro poniendo un café en Colón o en La Tetera, ni El Águila, ni Las Lanzas, ni el Rojito taxista, ni el Sena limpiando las botas, ni Miguel llevando los rollos del Cine López de Ayala o el Menacho hasta la parada de La Estellesa donde Pedro el Boca solía regañar de Javier Sola. Ni el fotográfo Paredes el rápido, ni Fernando Camacho, ni El Soga que arbitraba como sabía los partidos de baloncesto en las pistas de Falange españolas y de las JONS, ni Franco el que hacía los recados del Seminario, ni David el de los retales vecino de Norberto Pérez (fotografía casa Pérez, su retrato de estudio) ni con su guardapolvo Alfonso Mangas el padre de Petri, el de la imprenta, mi pariente, que me enseñó los tipos móviles en su estalache de la calle La Sal, que tras pasar por otros negocios es hoy sede de un barito llamado La Galería, donde expuso mi hija Paz, y que fue imprenta de la que salieron octavillas y pasquines por millares, que así es como se contaban los impresos, todos ellos con su depósito legal, mire usted, que esta es una empresa muy respetable y cumplidora de la ley de prensa y propaganda y aquí hacemos siempre el depósito previo que marca la legislación en vigor, que acatamos sin rechistar.

También al chiquino se le viene a la mente que oiría hablar en casa de la María Arcos, en la calle El Tercio, de “el burro de la lejía”, entre las risotadas de la concurrencia, sin saber a qué venía tanto estrépito. Como del mismoi modo rememora que pasó alguna tarde en la fonda La Mezquita, detrás del ayuntamiento, todo misterio, tapujo, unas bombillas de quince bujías iluminando pobremente aquellas estrambóticas estancias, cuadros de vírgenes y santos vigilando desde la pared, baules cubiertos con mantas inglesas repasadas por las docenas de años, oliendo a alcanfor, algún calendario del Corazón de Jesús del año pasado, habitaciones donde unas mujeres de la familia tapadas con mantujos sacaban las tortillas de patatas de unas cajas de cartón en las que se contenían tal vez un pan asentado y unas avellanas o unas nueces del año anterior, por si podía salvarse alguna. (Allí me dijeron que las nueces no eran buenas, porque no ayudaban a hacer de cuerpo. A mi aquello me sonó a chino. Y me llevaron a un cuartucho inmundo en La Mezquita -años después sería sede de una funeraria- en el que había un agujero en el suelo y un cubo de agua. “Hacer de cuerpo es ponerse ahí”, me dijeron señalando el agujero. Me asusté del hedor, de los azulejos de la pared que en otro tiempo fueron blancos, de las moscas, del cubo de agua, del escobón. Hacer de cuerpo... luego me entró unas risa nerviosa que no podía contenerme y creo que en el ascensor que nos subía a la terraza del cine iba yo repitiendo mentalmente “hacer de cuerpo, hacer de cuerpo, hacer de cuerpo”, para contarlo cuando regresara al pueblo. Y quise preguntárselo a la Dolores Romo, pero primero me dio verguenza y luego me entró otra vez la risa tonta).


El chiquino recuerda, cómo no, el paseo por la entonces calle mayor de Badajoz, la calle San Juan hasta la esquina de la calle La Sal y Bravo Murillo, los grandiosos almacenes La Paloma, Los Ángeles y San Juan, Lledó, el restaurador de la esquina de Vicente Barrantes y no olvidará jamás su como distraida lectura en voz alta de los letreros luminosos de las heladerías (h-a-y h-e-l-a-d-o-s...), por si madre se apiada del chiquino que camina con el brazo en cabestrillo. Y también recuerda que aquella noche madre decide que vayan al cine, a la terraza del López de Ayala, donde asiste a la proyección de la legendaria cinta “Los Diez Mandamientos”, que sigue mudo de emoción en tanto los vencejos pasean por las tapias del cine y revolotean en torno a la pantalla, huyendo despavoridos cuando los altavoces aciertan a desvelar el fenomenal fragor de las aguas separándose cuando se lo ordena aquel Moisés barbudo. A la vuelta lo contará en el pueblo, haciendo alarde de conocimientos, desplegando imaginación para que vean que el chiquino que fue a Badajoz no perdió el tiempo, por más que aún le asquee el olor de la clínica de la calle Menacho y el posterior del sanatorio de La Milagrosa, ese tufillo a lo que él llama cloroformo ante los amigos, que miran con respeto su brazo escayolado y le preguntan una y otra vez por el sabor del helado, por la dulzura del plátano, por el olor del rico parisié que no llegó a probar, por la majestuosidad de la sala de cine con su techo de estrellas, por la increíble aventura de haberse montado en un ascensor que le llevó a la terraza, por el estrépito de los futbolines de la planta baja, por los autobuses, los taxis, los policías con sus uniformes que él no veía en el pueblo, el cuartel en cuyos patios jugaría el 'Booming' que entrenaba el capitán Ledesma, las escalinatas de la catedral que visitó de manos de Dolores Romo, la hija de María Arcos, que se empeñó en enseñarle algún santo muy santo y hacerle escuchar la murga que daban los canónigos cantando con monotonía sus letanías y sus motetes, con los breviarios espanzurrados en los sillares del coro y aquellos birretes que rezumaban santidad, años y pringue.

El chiquino que llegó a Badajoz mira hoy la ciudad con la perspectiva del paso de más de cincuenta años. Aunque no se ha librado totalmente del pelo de la dehesa, se ha hecho a las costumbres, a los sitios, a las calles, ha aprendido a calibrar la belleza y paralelamente con su vida ha ido desentrañando el bien del mal, la obra bien hecha de la chapuza. De todo encuentra el chiquino en las calles de este Badajoz y en las gentes que se aprestan a la fiesta y la diversión; que se viste de jarana pese al paro, pese a las dificultades; que pone buena cara a los malos tiempos que a todos nos está tocando vivir. Pero comprueba que es muy otra la ciudad que dejó atrás a sus siete años. Más habitable, más moderna, más acogedora, más poblada, más hospitalaria. Y, pese a todo, más divertida.



En las fotos, la Plaza de San Andrés de antes y la de ahora, la vieja en blanco y negro y la de ahora en color. Y no es porque ahora haya más color. En la otra imagen, Puerta Trinidad, donde estaba la garita ante la que había que rendir tributo a la fiscalía.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un día, Badajoz; cualquier día

Se despereza lentamente Badajoz. Con las primeras luces del amanecer, vencida la oscuridad, empiezan a percibirse los sonidos de una ciudad viva, de cientos de personas que quieren echar a andar en un nuevo día. Suenan en la calle las primeras pisadas enérgicas, decididas, las de quienes marchan a algún trabajo, en busca de cumplir con algún afán. Más tarde llegarán pasos más reposados. El jubilado al que el insomnio de la edad echa a la calle, el parado que va a buscar, el barrendero que inicia su jornada. Pocos coches aún por fortuna, alguna moto molesta o el chirriar del carrito del trabajador que vacía camiones y acumula cajas a las puertas del supermercado. Ahora tal vez el piar de algún pájaro asustado, aterido. Y la bicicleta del repartidor de periódicos. Y el renquear de una furgoneta que acarrea las verduras o de otra que lleva el pan caliente del nuevo día. Caen desde los balcones las gotas de agua de la mujer impaciente que riega ya a esta hora las macetas. El viento empieza a remover los papeles que esconden los rincones de la calle. Un albañil silba a una muchacha que se apresura para no llegar tarde al colegio, recogiéndose con un mohín gracioso el pelo y haciendo equilibrismos para que no se le caigan al suelo esos libros tan gordos, tan llenos de letras, de problemas, de teoremas, de ecuaciones, de preguntas que pueden caer en el próximo examen.... Cinco hombres maduros ríen mientras inician su marcha deportiva -uno de ellos un poco más retrasado- y comentan las últimas noticias, que a esta hora son ya las primeras del día. El camarero, sin miramientos, arrastra al cielo el cierre metálico de su establecimiento y se arremanga, esperando ya a los madrugadores clientes que acuden a la llamada del café o del cazalla, a saber. El pescadero arrincona las cajas procurando no hacer mucho ruido. Un taxista bosteza, esperando clientes. Un perro apresurado atraviesa el paso de cebra aunque el semáforo está en rojo para los peatones. Un frenazo y una bocina desatada le recuerdan que no todo el monte es orégano. Un policía mira con extrañeza qué maniobras hace ese camión que quiere aparcar en un espacio inverosímil, qué hace el conductor que deja el coche en doble fila y se acerca al quiosco. La luz ya se ha apoderado de las calles y varios mozalbetes cruzan con risotadas, apresurados pero serenos, sin exageraciones. Una paloma venida de algún tejado picotea en la calle. El cuponero toma posiciones.



EL GATO DEL PALACIO

Un gato se pasea curioso y feliz por el patio interior del Palacio de Congresos. Da varias vueltas al aro central. Ha visto moverse algo por el suelo y sueña con ratones de verdad y de piel sedosa, con pajarillos descarriados llenos de plumas de colorines, que van como él, buscando alimento. Pero no hay tal. Ni lo uno ni lo otro. El aire ha levantado unas hojas mustias, ha removido unos papeles, ha hecho al gato del Palacio un guiño y con esa travesura el gato no podrá empezar temprano su día con un buen bocado. Pero por ahí anda paseándose a diario.

DAÑOS A LA VISTA
El bar Los Jardines luce con solera su rótulo. Es la calle Trinidad, muy cerca de Puerta Trinidad y el Parque de La Legión. El luminoso de la cerveza impide al forastero leer el rótulo. Hay más obstáculos. Como un insolente aparato de aire acondicionado que destroza la vista de la fachada y quita la alegría a las macetas. Como el farol, como el letrero de Royne, como la placa de prohibido aparcar. Todo un cúmulo de elementos que dañan a la vista del paseante quien, además, se encuentra la puerta cerrada a cal y canto.





UN BAR PARA EL RECOGIMIENTO

Muy cerca está San Andrés, la plaza de las incongruencias. Y es así porque la plaza está presidida por el pintor Zurbarán y el rótulo dice que esta es la Plaza de Cervantes. Pero todos le decimos San Andrés. Aquí está “El Claustro”, un bar que ha querido sacar a la calle sus esencias. Junto al letrero de la gallina ponedora de la Granja El Cruce el bar muestra un par de estatuas que alzan los brazos en demanda de piedad, de recogimiento... todo lo contrario de lo que podría esperarse de un bar. Pero este claustro es así y hay que aceptarlo.




TENGO UNA VACA LECHERA

No sé quién habrá copiado a quién. Aquí en la Ronda del Pilar tenemos un reclamo sencillo y directo, de una ternerita joven anunciando la alegría de la carnicería-charcutería de Juan e Isi (lo han hecho un poco complicado. ¿Por qué no Isi y Juan? Bueno, a mi qué me importa esto, pueden decirme. Venga, escúpanlo y con razón). Y es que un restaurante cercano a 'La Campana', en Sevilla, también sitúa a sus puertas un cuadrúpedo similar para avivar en el cliente los jugos gástricos ensalzando las excelencias de sabores culinarios. En nuestra Ronda del Pilar se puede encontrar esta charcutería que además oferta paletas a muy buen precio. Por supuesto, la vaca está atada, para que no se escape a pastar por su cuenta.



UNAS MANCHAS ROJAS
Pintadas no son, son pelotazos de color rojo en la fachada de la sede del PSOE en Badajoz. Todo un símbolo que a buen seguro no es del agrado de los dueños del local, que supongo prefieren dar una imagen más limpia de su anuncio político. Alguien, desde la acera de enfrente, ha emponzoñado la pared y pienso que lo mejor que han podido hacer es lo que creo han hecho. Dejarlo como está. Que pase el tiempo. A fin de cuentas el rojo es un color más llamativo que otros, aunque haya quien lo deteste. Pero hay quien lo aprecia. Ahí está. Para borrarlo habría que pintar encima y ya de por sí es bastante pinturera la fachada. Como es pinturero un día en la vida de Badajoz.

jueves, 20 de enero de 2011

Loseta, seta y chincheta







A mis cortas luces que aún me deben sendos homenajes la agrupación mundial de deshollinadores y la agrupación internacional de fabricantes y productores de tabaco. No en balde hasta mis 50 y pico años fui uno de los mayores consumidores de tabaco de este país extremeño (!!!) y lo dejé porque no había más remedio y mis arterias me mandaron un aviso al que les hice caso a la primera y leve sugerencia.
Por eso ahora, converso ya como soy, antitabaquista, no dejo de comprender a los pobres fumadores y a los calvarios que estarán pasando, pero me regocijo de que se hayan echado las narices necesarias para adoptar una medida tan impopular como ejemplar y gratificante para los no fumadores.
Testigos de mis fumeteos empedernidos son las paredes de todos los bares que pisé o las habitaciones de mis lugares de trabajo (¡hasta en la escuela cuando yo ejercía de maestro se podía fumar en clase!). Y por eso hoy, cuando me arrepiento una vez más, se me aparece la larguísima fila de camareros a los que he apestado con mi tabaco, aunque algunos de ellos a su vez fumaban y no han sido sólo una ni dos las copas que me he tomado atendido por un camarero que llevaba el cigarro o el puro en la boca, aunque los más de ellos tenían el cuidado de echarlo hacia atrás por evitar los devaneos de la ceniza y del humo traidor.
Las paredes de mi casa también acusaban la presencia de la nicotina en aquellas habitaciones en las que sí me estaba permitido fumar. Y no tengo empacho en reconocer que he fumado hasta en los ascensores, algo que en algunos sitios y viviendas se sigue haciendo por algunos, que no respetan ese mínimo espacio sin humos.
Desde esa perspectiva he asistido mitad interesado y mitad entretenido a las polémicas con el tabacazo y a todo lo malo que se está diciendo de los políticos que han tenido la feliz idea y la elogiable decisión de sacar adelante la prohibición, porque hace falta ser valiente en estos tiempos para votar a favor de la ley y de aplicarla con todas sus consecuencias, aunque no faltan protabaquistas que se afanan en decir ahora que esta decisión se ha llevado adelante como una cortina de humo para que la gente no se preocupe de otras cosas, como las largas listas del paro o del terrorismo (como en el chiste, ¿que tendrán que ver los genitales para comer trigo?) . Y hay por ahí algún derrotista que alimenta la insidia desde su visión partidista, ignorando seguramente (la ignorancia es muy atrevida) que esta ley fue fruto del consenso, que la aprobaron los dos partidos mayoritarios y que es al partido que está en el poder al que le ha tocado el aplicarla y lo ha hecho sin miramientos y a pesar de su coste en popularidad.
Dicho lo cual, invito al personal a seguir la evolución de lo que se ha dado en llamar el cigarrazo, que tiene como protagonistas además de a los fumadores, a las setas, las chinchetas y las losetas. Llamo losetas (que utilizo como excusa por su rima con seta y chincheta), a las baldosas que están a las puertas de los bares donde se colocan las setas, que son las estufitas portátiles que se ponen en las terrazas o jaimas, que han proliferado como hongos. Y las chinchetas, que es como se está llamando en la hostelería a esos veladores de patas largas que sostienen los ceniceros y que se colocan a las puertas de los bares para que el personal se tome su consumición adobada con el cigarrón.
(Otra cosa es el truco de algunos bares que tienen ventanas a la calle y están siendo usados por los fumadores para estar con un pie dentro del bar y con otro fuera -vamos, entre Pinto y Valdemoro- tomándose sus tragos y echando humo al mismo tiempo).

(En las fotos, ejemplos captados a las puertas de bares en Badajoz, incluso con una curiosa chincheta dotada hasta de estufa).

miércoles, 5 de enero de 2011

Mogollón de potencia






Va y dice Rubén, que sólo tiene 6 años, que su Neo Machines 6383 Turbochopper “tiene mogollón de potencia”. Ahí es nada, potencia 6383 (que yo creo que no es 6.383, sino un 6383 que aludirá a cosas que yo no entiendo y él entenderá pronto, cuando sobre su cabeza pasen sólo unos cuantos años). Y lo dice en esta víspera de Reyes que me recuerda a cuando en mis noches de Reyes a lo más que podía aspirar era a la potencia de algún caballo de cartón, a los 15 vatios (mi padre y mi madre, Dios los bendiga, le decían bujías) que tenía el cine NIC en el que mis hermanos y yo veíamos aquellas películas que parecían ser de dibujos animados, pero que sólo eran un rollo de papel que iba girando movido por la mano del que tuviera la suerte de haber cogido la manivela adelantándose a los demás asistentes a las improvisadas sesiones de cine.
Las sesiones, abiertas y sin entrada, las hacíamos en la que le decíamos la sala de abajo, donde proyectábamos sobre una pared aquellas aventuras del perro Pluto y de algún otro muñeco que hacía como que se movía, nada comparado con la maravilla que fue la televisión unos años después.
Al cine venían los vecinos y amigos los días en que nos dejaban encenderlo, que no eran todos porque había que considerar el gasto de la luz y no era cuestión de tirar largo. Por allí pasaríamos mis hermanos Francisco, Josefa, Luis, Juli, y su ristra de amigos y los primos. Gilito, Juanito Cachimba, quizás hasta Antonio la Lauriana, la Toribia la moza, la Aguasantas y su madre mi tia Torobia que en gloria esté, mis primos Manolo Corrales y Felipita, la Quica la tonta que se tiró al pozo y se nos ahogó entre mis desconsolados sollozos, Juan García, Joselín, Lauriano, José Cachimba y sus hermanos Luis y Amalia y la Mari, tal vez Olegario, María Gago que también se nos murió ya, la Juani la de Abdón, Juan Cuenda y su hermano Daniel, las mellizas Jose y Reme que seguro también estuvieron, la Cristi Malpica que ya se nos murió, Tomás mi vecino de la puerta falsa, la Juani la del comercio y la Josefa y la Mari, mis tías que bien no recuerdo pero seguro también vendrían, porque un cine NIC era mucho, total ahí es nada, una ventana al mundo en la sala de abajo y Pluto persiguiendo los huesos en bosques imaginarios entre árboles vistos y no vistos...

¡Ah!, aquel Cine NIC, que nos trajeron unos Reyes que tenían nombre y apellidos, aquella ventana a un mundo por descubrir, a una vida tan increíble. Y no es que entonces la luz fuera cara o barata, es que sólo llegaba después de las 9 de la noche en verano, cuando José Serrano le daba a la palanca del transformador que suministraba a todo el pueblo, pero una luz mortecina de 125 vatios, que sólo permitía iluminar parcialmente los pasillos de las casas con las bombillas de las 15 bujías, una luz que se nos iba muchas noches y andábamos como fantasmas por los pasillos, alumbrándonos con las mariposas metidas en un plato de cinz con un poco de aceite, con lo que se daba a las casas un aspecto fantasmagórico, que nos enseñaba a jugar y a hacer sombras chinescas con más imaginación que acierto.
Y, pese a ello o gracias precisamente a ello, acaba de decir el ministro señor Sebastián hablando de la luz que esto de la subida de las tarifas viene a suponer como el precio de un café al mes, dando él por sentado que en una familia de dos personas lo normal es que cada persona (o persono) se tome un café al mes. No se sabe bien si el ministro pone los cafés al mismo precio que los estimaba Zapatero, que era a 80 céntimos. Ha debido subir el precio, que a mi me está costando a un euro de media, aunque en el Bar El Chino, que para eso es concejal y socialista de toda la vida, el café cuesta a 80 céntimos, por seguirle la corriente a Zapatero y no dejarlo mal. (El Chino, que yo recuerde, no fue nunca a mi casa a ver el cine NIC. Tal vez sí su hermana Josefa, que trabajó hasta la extenuación para mi abuela Concepción).
A mi esta frase del ministro Sebastián me recuerda a la del que fue ministro de Sanidad, Sancho Rof, cuando dijo que lo del aceite de colza era cosa de un bichito que si se caía al suelo reventaba. Frases más redondas se han dicho en la alta y en la baja política, pero estas dos vienen a ser del mismo calado y de la misma intensidad intelectual.

Pero de eso no tiene la culpa Rubén que ahora, 55 años después de aquellos mis siete años de entonces, alude al neo Machines turbochopper que le han traido los Reyes (creo que no han sido ellos sino el tio ese de las barbas blancas) y dice de él que tiene “mogollón de potencia”.