domingo, 1 de enero de 2012

Petardo a la vista




Infelices pájaros, objeto de las iras de los petardos, que los asustan y espantan hasta la exasperación.


Si nadie le pone remedio, en unos días se perpetrará el inicio del lanzamiento de petardos por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades. En Badajoz los petardos han tenido siempre éxito, en parte porque no ha habido mano dura en la aplicación de la ley, tanto de la que autoriza la venta a mayores como la que la prohíbe a menores. Con los tiempos que corren, esto de que un menor se haga de un puñado de petardos o una botella de ron está chupado. Basta con que ‘unten’ a algún mayor conocido para que de la tienda salgan tanto los petarditos como los alcoholes de todas las graduaciones.
Tendremos que andar con cuidado dentro de unos días quienes gozamos del placer de pasear por la ciudad sin mayores molestias auditivas que las de algunas jodidas motos. Ahora habrá petardos con sus dos vertientes: el sonido estridente de las explosiones y el susto por nuestro miedo a que se trate de cosas de más calado, porque hay petardos que son auténticas bombas. Y al temor al estampido se suma el desconcierto tras las explosiones, por el miedo a que se nos caigan encima los palos del sombrajo.
Los que lo damos del oido, tenemos el consuelo de que el ruido nos llega más lejano, aunque la estridencia de las explosiones nos afecta más. A algunos, como es el caso del aquí escribiente, esas explosiones nos ponen de un mal humor total, tal que nos importa un bledo el negocio de los vendedores de petardos o de los que permiten que se revienten los hígados de los jóvenes a los que les colocan el alcohol en la mano con absoluta facilidad. Para poner freno a estas cosas están los concejales y la Policía Local, allí donde los hubiere. Porque hay sitios que yo me sé (¿saco la lista?), y ustedes también, en los que parece que no hay ni lo uno ni lo otro. Ea, feliz año mariano.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Línea aérea, empleo de altura








(Imágenes en Barcelona. Comiendo calçots, en el Parque Guell, redescubriendo a Colón y con Miró a los pies)



Compré un billete de avión para Barcelona hace varios meses y eso me ha permitido viajar creo que barato-barato en estos días en que se ha debatido sobre la posible supresión de la mejor y única línea aérea de que disponemos en Extremadura. Contacto único con el mundo más lejano, exclusiva posibilidad de atravesar España en un rato o de plantarse en el quinto pino con los adecuados enlaces, la línea aérea es una conexión que Extremadura no puede perder y me creo que no va a perder aunque ahora acabe el contrato de publicidad que financia la Junta. Usábamos el avión de ida y el de vuelta más de 30 pasajeros en cada vuelo y me ha sorprendido ver que un lunes de fin de noviembre el avión venía casi lleno desde Barcelona hasta Badajoz. Unos ejecutivos, un conocido arquitecto de Badajoz que asistió a una boda en la catedral de la Merced (eso oí, indiscreto de mi, periodista a fin de cuentas), jubilatas variados, un conglomerado variopinto que pudo escuchar en el aeropuerto catalán la llamada de embarque a Badajoz y llegar a un aeropuerto dignísimo que no se parece en nada a una gasolinera como hace días he leído en una carta por ahí de alguien que dice que eso lo decía (¿ascolti?) una empleada de una compañía aérea.
Son momentos de crisis (y lo que te rondaré, morena) y Monago tendrá que atarse los machos y ver de dónde recorta. Ya lo ha hecho en las agujas que se usan en algunos centros de salud para las analíticas, o por lo menos en la que me clavaron a mi. Pero en lo tocante al avión no debe haber recortes. Ya Iberia que nos ha puesto un avión tan chiquinino que si el baloncestista Calderón quiere usarlo tendrá que comprarse dos o tres billetes para él solo y dejar las botas en Villafranco. Una línea aérea mueve mucho dinero y, sobre todo, genera empleo. Y empleo de altura.

(Publicado en la sección 'Plaza Alta', en la edición impresa del diario HOY, alguno de los últimos días de noviembre de 2011)

lunes, 7 de noviembre de 2011

Salvad las aceras de Badajoz











(Algunos ejemplos de la 'ocupación' primordial de nuestras aceras. Y la foto de los operarios llevándose uno de los bancos de hierro situado en la Avenida de Santa Marina, junto al olivar que hay al lado del 'Punto Caliente'. Fotos M. LÓPEZ)

Me siento cada día más atracado en las aceras de Badajoz. Los insensatos que circulan en bici a toda pastilla; el achicamiento al que están siendo sometidas para reubicar los contenedores quitándonos nuestro espacio vital; las motos de reparto que se dejan aparcadas contra la pared; las farolas y más farolas plantadas; los carteles de las ifebas; los anuncios de los pollos asados y los restaurantes chinos; los bancos escasos para sentarse a esperar el autobús; las cajas de algunas fruterías que sacan su mercancía a la calle, en contra de lo permitido; las motos aparcadas un momento que ahora vengo; los sacos de los ripios de las obras que al final de la jornada el de la paleta tirará indebidamente a un contenedor...
En Badajoz hay abuelos que envían cartas a los periódicos pidiendo aseos públicos y bancos para sentarse (¡ah!, la próstata y las artrosis y los juanetes y los espolones...) lo que debería hacer pensar seriamente a nuestras dignas autoridades, que precisamente hace sólo unos días han ordenado o permitido arramplar con varios bancos (no de los otros, ojalá hubiera sido así, sino de los de sentarse) que estaban en la avenida Santa Marina, al lado del 'Punto Caliente' (no piensen mal, es una pastelería), bancos situados sobre una superficie de tierra que ahora ha sido hormigonada, a ver para qué, para ahogar a los pobres olivos... Pero en Badajoz, y eso es gordo, a las aceras están llegando espacios cedidos a bares y cafeterías, que colocan -con licencia, eso sí- cierres a base de toldos, con lo que el Ayuntamiento está comerciando indebidamente con un espacio que es nuestro, de los paseantes. Son terrazas (que yo utilizo, y por cuyo uso pago, que conste) que el Ayuntamiento hurta a la ciudadanía. Porque la calle no es del Ayuntamiento; es de todos. Así, como suena. Pero... esto es lo que hay.

(Algunos ejemplos de la 'ocupación' primordial de nuestras aceras. Y la foto de los operarios llevándose uno de los bancos de hierro situado en la Avenida de Santa Marina, junto al olivar que hay al lado del 'Punto Caliente'. Fotos M. LÓPEZ)

(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes 7 de noviembre de 2011)

Primer comentario en la Web de HOY:



in-dubio-pro-reo

Lo de algunos bares es ignominioso. Que se pase policia local por la calle Garcia de Paredes, barriada de la estación. Cuando sacan los veladores a la calle dos bares que hay en ella (uno en cada acera), saltándose la nueva ordenanza a la torera incumplen todo esto: Sacan veladores a ambos lados de la acera, colocan artilugios, mesas altas, máquinas de bolitas, banquetas pegadas a la pared, sirven bebidas por una ventana y un largo etc. Todo esto que digo y denuncio incumple la normativa de veladores. ¿Actuará la policía local? Ya les digo que no, porque ya he denunciado esto otras veces por aquí y todo sigue igual. ¿Nadie de la Policiía Local lee estos foros? ¿El Jefe de la Policía local Sr. Venero, no da valor a estas quejas de los ciudadanos? ¿Tampoco lo lee o no le afecta a nadie del Consistorio estos incumplimientos de una normativa que acaban de aprobar? Bueno... yo seguiré insistiendo cada vez que pueda.

martes, 1 de noviembre de 2011

Salvaleón, todo jamón









Salvaleón ha sido escenario entre los días 28 al 30 del concurso de cortadores de jamón y de la Feria de Muestras Transfronteriza, que ha llegado a su XXV edición. Allí se ha dado cita medio pueblo y gran cantidad de forasteros, a los que hay que agradecer su presencia y el brillo que le han dado al festejo, que ha supuesto una importante aportación económica para industriales y empresarios de la población. El concurso de cortadores de jamón, en reñida competencia, fue ganado por Cándido Morillo Muñoz, de la población sevillana de San Martin de la Jara. Él era uno de los seis concursantes (cuatro andaluce y dos extremeños, estos de Puebla de la Calzada y Fuente de Cantos) que se emplearon a fondo durante hora y media para limpiar, despiezar y cortar seis hermosos jamones procedentes de las industrias de nuestro pueblo.
Como en ocasiones anteriores, hay que felicitar al Ayuntamiento y a los industriales por mantener esta feria y esperar que se repita un año más.

(Imágenes: Con el cartel de logotipo a cuestas, el ganador y platos con este manjar tan nuestro. Fotos M. LÓPEZ).

miércoles, 19 de octubre de 2011

Ofrécese negro (en buen estado)









(Varias farolas ilustradas en Badajoz, con ofertas de todo tipo. Falta la del 'negro', porque nadie se atreve a reconocerse esa condición. Fotos M.LÓPEZ)


A lo de “pintor limpio” (juro que he visto un cartel encabezado por esas dos palabras) sigue en estos nuevos tiempos una oferta más variada: “Pintor, decorador, coloca papeles (?), arregla todo tipo de averías en el hogar”. O sea, que la oferta en las farolas no decae. Las pasadas han sido fechas de “Busco compañera de piso”. Y entre las ofertas para captar a la compañera destacan las de orden comercial (cerca de supermercado), otras de índole más doméstico (dos baños, todos los electrodomésticos, etc) y unas más rudimentarias (con ascensor) o ambientales (ventilado, luminoso). Las farolas, que yo llamo ilustradas por la abundancia de literarura que las acompaña, deberían huir como del diablo si pudieran cuando vieran acercarse al jubilado con su perro (o perra) o al mostrenco provisto de pasquines y papel de pegar para sujetar el anuncio. En los últimos tiempos también puede verse a otra especie, la de los mendas que acuden a hacer ese oficio armados de puntas y martillo. Son los que van por la tremenda y cometen el atentado contra los árboles: clavetean sus anuncios. La mayoría aún pega con cello o fixo sus proclamas: desde viajes milagrosos a Lourdes hasta casas rurales, cursos de baile, locales para despedidas de solteros, vendo gatitos siameses, chucho perdido, se forran botones, se gratificará,etc..
Lo que no he visto aún, en estos tiempos preelectorales, es la oferta de talentos dispuestos a rellenar el curriculum o engordar los méritos de candidatos, que esos sí que se ofrecen en estas fechas por lo bajini y a domicilio, reclamando al jefe una y otra vez (¿qué hay de lo mio?) en espera de ser designados. No hay aún expertos que, cual el ‘negro’ de Ana Rosa Quintana y de otros ‘escritores’, se ofrezcan para hacer ese papel: de negros. (Por cierto, hablando de otra cosa, es hora de sacar ya los edredones, a vé...)

(Publicado en la edición impresa de HOY el 18 de octubre de 2011)

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Échenme (a) los perros



Confieso sin avergonzarme que soy de esas personas (o personos, visca la paridad) a las que no amilana admitir que no le gustan muchos de los animales de los que nos hemos rodeado en la vida cotidiana. Gatos, hamster, boas, pulpos (!) y perros serían animales preciosos si los dejásemos en su habitat natural: el campo, el aire, el mar, en libertad no vigilada. Especialmente ‘amigo’ soy de los perros y en particular de los que me han hecho pasar espantosos ridículos después de haber pisado algunas de las cacas que tan acostumbrados están a dejar desperdigadas por las calles de Badajoz. Sé que cada día hay más cívicos dueños de perros que se ocupan de recoger la mercancía que los perros dejan, pero hay otros a los que importa ni mucho ni poco si detrás viene un niño que pueda pisar esos restos, que deje caer sobre ellos su balón, pelotita que luego cogerá con sus manos, manos que se llevan a la boca el donuts y la piruleta a peseta, piruleta a real. En fin, que muy amigo no soy yo de la cosa esta del bicherío en mi calle, en la acera... Por eso, me tiro de los pocos pelos cuando me entero de lo que ha decidido el concejal de los perros (que lo habrá, aunque no haya un concejal de las tonterías): ha sacado la libretina del banco y se ha hecho de perras de todos los contribuyentes (euros, vaya) para hormigonar las base de las farolas de algunos parques de Badajoz, que se están pudriendo porque en ellas se mean los perros. Y eso se va a remediar con nuestro dinero. Así que ya saben lo que deseo: pulpos a la mar, boas al desierto, gatos a los tejados, palomas al viento y perros al campo. Sé que no agradará esto a muchos, así que a vé, si su gusto es ese, échenme los perros. ¡Este Badajoz...!

Publicado en la edición impresa de HOY en septiembre de 2011

viernes, 2 de septiembre de 2011

Perrunillas por la Virgen de Aguasantas






(Fotos:
Desde la casa en la calle El Medio se esparcían por todos los contornos los aromas de las perrunillas, llegando si cabe hasta la ermita. Y la gozosa salida del sol, al que se ve nacer desde el majestuoso Risco de Barbellío antes de las 8 de mañana, en los días en que ya se celebraban al anochecer las novenas a la Virgen
.
Fotos M. López. Prohibida la reproducción sin permiso expreso del autor).



El día que madre lo anunciaba con voz firme y ojos de complicidad (“voy a hacer perrunillas para la Virgen de Aguasantas. Vamos a encender el horno”) toda la casa se llenaba de saltos y alegrías y hasta la gata recién parida se asustaba y escapaba por los tejados llevándose los gatos (miau, miau) en la boca, dando jadeantes viajes y más viajes desde la cuadra hasta ponerlos a buen recaudo en el pajar, no fuese que con aquella algarabía que se había desatado (ahí es nada, perrunillas por la Virgen de Aguasantas. Y magdalenas, y cajonitos de almendra, y bizcocho). Empezábamos a correr la voz. Yo me iba con el aro hasta casa de mi primo Manolo el de tía Carmela a contarle que íbamos a hacer perrunillas por la Virgen de Aguasantas. Sí, aquel verano (del año 57 o 58, no lo sé) estaba haciendo calor. Se quemaron los rastrojos tarde y había habido algún fuego que a buen seguro habría investigado la Guardia civil (¿ya no estaba el cabo don Tomás Carrascal?). Por aquello del calor, seguramente padre habría advertido que habría que tener mucho cuidado con el horno, el humo, que una chispa descuidada podría llegar hasta el pajar, donde ya estaba recogida la paja para las bestias en el invierno. Y el grano en los atrojes del doblao, sobre el que empezaban a reposar los melones, vigilados desde el techo por los tomates de cuelga.

Sabíamos que llegando ocasiones como esta, tocaban unas cuantas de cenas sin comer huevos, para dar tiempo a que las gallinas abastecieran del avituallamiento necesario para las perrunillas (protestamos la niña y yo. “Si queréis patatas fritas tenéis que pelarlas vosotros”, nos dice madre, ¿te acuerdas?). Eran sólo cinco o seis gallinas que se comían ávidas todas las cáscaras de melón y sandía habidas y por haber. Había sido un año de sandías y melones y pepinos. Otros habían sido los años de las berenjenas o de los pimientos, asados en el mismo horno, pero aquel año seguramente habría que cambiarle a alguien leche por pimientos, para aprovechar que íbamos a encender el horno y así asar los pimientos, dijo madre. Y es que, decía padre, tenemos que aprovechar lo que tenemos y cambiarlo por lo que no tenemos. Menos mal que la Lucera y la Naranjita no faltan a su compromiso diario con la leche. A ver, íbamos a hacer perrunillas y todo giraba en torno a ellas, a los huevos, al harina, el azúcar. ¡El harina! Había que plantarse enseguida en el garaje o en casa del Conde (“ligerito, echa una carrera a ver cuándo viene harina buena para las perrunillas, para las magdalenas, pero dile que no sea harina tan aterronada como la de la otra vez”).

Buen susto se dio la gata, que había terminado el trasiego con los gatinos que se le habían enchufado a mamar, cuando nos sintió entrar en desbandada al pajar, buscando los cartones viejos, palos, taramas, algunos ejemplares de El Buen Amigo, un serón viejo dado para la hoguera, hasta latas de conserva de sardinas, el embalaje de cartón del Cine NIC, restos de maderas que se habían ido almacenando por allí desde la última vez que encendimos el horno. Ahora el objetivo a cumplir era ir llenando el horno de todo lo quemable. Y salir a la calle, a ver si en el Corral Concejo o por la era de los riscos Candilitos encontrábamos cosas que se pudieran quemar.

Padre puso orden en aquel batiburrillo y nos conminó a no pasarnos. Que aquellas tablas de cajas de sardinas que nos habíamos traído de la cuesta del cine, de las puertas de la pescadería de mana Rosario, podían valer para algo, hasta para echarle un remiendo a la silla vieja de la cocina que tenía el asiento de tabla. Que no fuéramos más a la carpintería de Tapones a pedirle tacos de maderas que no le sirvieran. Que no trajéramos serrín, que a quién se le había ocurrido poner en el montón la jáquima medio rota, que no se podían echar al horno los cristales de la penicilina de las inyecciones de los guarros, si acaso sólo las cajas, que la escoba vieja no era tal escoba vieja, sino escobón para barrer las gallinazas, que no volviéramos a tirar ningún nido de las golondrinas, que luego el horno olía mal...

Cada vecera que acudía a por su leche recibía el aviso de que el viernes íbamos a hacer perrunillas por la Virgen de Aguasantas, que si tenía algo que quemar lo trajese al horno. Alguna, no recuerdo quién, se ofrecía para ayudar, yo creo que por si caía algo. “Aquí no nos hace falta que nos ayude nadie”, decía Tía Toribia. Y hasta Alonsino la Paula, que estaba siempre por el corral de la casa y que entraba por una puerta y salía por la otra, se ofrecía con su voz ronca. “Yo vengo a ayudar también”, decía meándose de risa y mirándonos buscando nuestra complicidad. Cuando te encontrabas a Alonsino la Paula por la casa nunca sabías si entraba o si salía. Mano Juan el Quinto nos lo tenía advertido y me decía (con su risa tan singular, de perro viejo o de sabueso, a veces de granujilla), enseñando ora uno, ora otro de los dos dientes que le quedaban, uno arriba y otro abajo, en distintas esquinas de la encía. “Cuidado con ese, que es un pájaro. Anda, Manolito, o tu Josefita, dile a tu madre a ver si tiene por ahí una copina de anís para mi, que luego nos vamos a ir los dos al regato Los Pozos y te monto en el burro ese, 'El Lápiz', que yo te lo voy a regalar”. Alonsino no, Alonsino no pedía copinas. Ni tío Alejandro Cachimba (que le decíamos Aleandro), que entraba más de tarde en tarde, farfullando como en voz baja alguna cantinela de las suyas mientras Tía Toribia lo miraba con cara de pocos amigos.

Cuando madre hacía perrunillas por la Virgen de Aguasantas otro que no faltaba era tío Diego, el marido de tía Reposo, los padres de tía Conce. Siempre con aquel sombrero que le acrecentaba aún más la cabeza, con un pañuelo sudado al cuello, siempre con una colilla de cigarro en la boca. Madre lo miraba con sorna y yo creo que, con perdón, se cachondeaba de él, lo mismo que de todos los moscardones que llegaban por allí de vez en cuando, con el pretexto de siempre (“que ya me he enterado de que vas a hacer perrunillas por la Virgen de Aguasantas, que ya sabes...”). A padre no le gustaba que madre le gastase bromas al tío Diego, era su tío más directo y padre se enfadaba siempre que alguien quería sacar de sus casillas a otros, con risas (que lo conseguía siempre). Padre todavía estaba bien, aunque la rabaílla le daba problemas y tenía que fajarse por eso o por alguna hernia, no lo sé. Madre nunca se quejaba. Eso es, aunque las llamas del horno le pusiesen la cara ardiendo y se quemara literalmente los brazos para entrar y sacar las bandejas con las perrunillas, aunque aprovechara el día de las perrunillas para hacer jabón, aunque tuviera que lavarse catorce veces las manos para despachar la leche con la ayuda de la Toribia que fregaba el suelo con agua caliente para que se fuera pronto la pringue del jabón que se había vertido, aunque hubiera de atender a los garbanzos, aunque tuviera que espantar a la gata y a los moscardones, aunque por allí estuviéramos rondado a ver qué sacábamos Francisco, la niña y yo. Así era madre: nunca se quejaba.


(Publicado en la revista oficial que la Hermandad de la Virgen de Aguasantas, que preside Antonio Trigo Lorido, dedica a las fiestas de la Virgen del año 2011)