viernes, 5 de octubre de 2012
Los desahuciados del sistema
Se les ve cabizbajos cuando deberían caminar desafiando. Son los desahuciados del sistema, los que como un pobre hombre que duerme utilizando el espacio del cajero de la oficina bancaria del BBVA (¡ah!, la Banca) de la avenida Fernando Calzadilla, usan el mármol como jergón y se cubren con sacos viejos para tapar el frio y la verguenza. Se arrodillan en mitad de la calzada y se colocan parapetados tras una vieja gorra, un cesto de mimbre, una caja de cartón… Nos miran con verguenza, cuando deberían hacerlo sin temor. ¡Qué fácil es decir eso, escribirlo, cuando uno lleva varios euros sueltos en el bolsillo, para el café, la tostada, el periódico, la caña o el pan! Se apostan también a las puertas de Lidya en la panadería Los Remedios, o ante la alacena de Marisa o en ‘La Fenetre’, el bar de Pepe Durán Expósito, ante la tienda de animales de Tovar o en la papelería de Pepe Paule o en la terraza del bar La Marisma a ver cómo Mary o Ismael Núñez o Manolo también Núñez reparten diligentes los cafés y las migas mañaneras… Suspiran y se encogen ante la tienda de zapatos, a las puertas del Marionaud, quizá comprando flores de plástico en el chino del Bazar Elefante, para el día de los difuntos que está cerca… Otros desahuciados de la fortuna venden fruta ilegalmente a las puertas del supermercado Dia, esperan que los municipales no les vean aunque la fruta que despachan sale de un coche de alta gama camuflado en la calle General Palafox. Miran con indisimulado recelo al curioso que compra cupones, al desoficiado que remira los lujosos carteles del Banco de Santander, al jubilado que se para ante Viajes Extremadura a ver si han salido ya los viajes del Imserso, al presunto comprador en el Merkal
o en el despacho de Lotería y el Estanco.
Esta avenida de Fernando Calzadilla de este Badajoz (en la que lo mismo me encuentro al maestro Antonio Regalado como a Salvador el presidente del Hogar de Mayores como a Antonio Macedo, jubilado de lujo de RTVE en Badajoz o a Joaquín González Muñoz, escribidor de cartas a HOY, un indignado de pura cepa), es un hervidero de gentes entre las que abundan los desahuciados del sistema, los que tienen poco que perder ya, junto a los que somos el cuerpo que no se manifiesta, esa mayoría preferida de Rajoy que lo aguanta todo (no él, sino nosotros)… Este Badajoz, a vé…
(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 5 de octubre de 2012)
lunes, 24 de septiembre de 2012
Los vasos democráticos, en 'El Arco Iris'
Uno de las objetos que se beneficiaron de la llegada de la
democracia (vigilada primero, vigilante después) fueron los vasos del uso doméstico diario.
Sí, sí, los vasos. Porque aunque ya teníamos los vasos del Cola-Cao (que nos
recuerda el dramaturgo Miguel Murillo con su recreación del negrito del África
tropical), con la democracia las multinacionales de la alimentación
descubrieron un filón con los vasos de Nocilla y otros productos de consumo
masivo (no confundir con masiva, + IVA),
que aunque habían llegado antes de la democracia, se hicieron más populares a
partir de entonces. Desde Badajoz teníamos fácil ir a Elvas a comprar en ’El
Arco Iris’ vasos de todos los tamaños y clases, más baratos que los de duralex
y otros que se encontraban en las tiendas. Con tres hijas en el hogar, es fácil
deducir que tengo hasta 37 clases de vasos distintos en mi casa. Vaya, un filón de
vasos. Por eso cuando se rompe uno ya ni me inmuto. Porque además es que junto
a ellos hago colección de vasos históricos, como el que empleaba para recibir
la leche en polvo, donativo de los americanos al pueblo español (¡je, el pueblo!)
que yo bebía religiosamente cuando iba
la escuela que regentaba mi
maestro favorito, don Pedro Nieto,
que anda por ahí creo que viviendo en Mérida. Hoy, por el progreso, ya tengo
lavaplatos y, por eso del nivel de vida, se me presenta todos los días el mismo dilema cuando me
encuentro siete vasos seguidos en la encimera, y pregunto airado de quién es el
vaso verde con un culino de agua o el blanco con un resto de leche o el
amarillo con signo de haber sido usado para tomar un colacao…. Al final decido
meterlos todos en el lavaplatos (mi familia, especialmente mis yernos, también sabe de mi desmedida afición a
enchufar el lavavajillas; claro: mi madre se pasó toda su vida fregando la loza
a mano), aunque esto del progreso tiene también sus inconvenientes. Y, lo que
yo les diga, que debo tener 37 clases de vasos distintos, vasos democráticos
que yo les digo para entendernos, porque
además son como las sábanas dalmases, que se lavan, se lavan y nunca se
acaban.
Pero, a lo que iba, que me llevan los demonios cada vez que
veo esos vasos en la encimera. Cuando los veo me acuerdo de Antonio el
Pescaero, mi fiel lector, que me regaña. “ ¡Déjate de vasos, sácame la pala de
oro!”, me dice. Y yo le argumento: ahora tocan los vasos, cuando pase lo de los
edredones y lo del forrar los libros volveremos a la pala. A lo del lejío –con El
Faro…- y a los muñequinos de Polo ya no podemos volver… aunque también era –muñequinos, pala y lejío- como los vasos
democráticos portugueses de ‘El Arco Iris’, siempre en boca de todos. A vé…
(Publicado en la edición impresa de HOY el 24 de septiembre de 2012)
martes, 4 de septiembre de 2012
Cuando no hacen falta candiles
Allá por los estertores del siglo pasado (que veinte años no es nada, han dejado escrito y cantado por ahí) cuando un gobernador civil (el Poncio, se le decía) ya no era jefe provincial del Movimiento (el movimiento se demuestra andando) al entonces Poncio de Badajoz, el socialista José Luis Romero García, le invitaron a inaugurar el edificio restaurado del ayuntamiento de mi pueblo, Salvaleón. El alcalde de aquellos tiempos, José Gómez Trigo, desoyó los consejos de su concejal Pedro Cruz, El Chino, y se subió a pelo al estrado ante el entonces presidente de la Junta, Rodríguez Ibarra, y el citado poncio. Y como no se había preparado ni unas líneas maestras ni unos apuntes, pues se quedó perplejo ante el auditorio que esperaba sus palabras bajo la mirada atenta de sus dos jefes politicos, Ibarra y Romero García (que eran poco amigos, como se contará algún día en esas memorias de a pie de calle que ó Ibarra o el mismísimo Pedro el Chino podrían escribir). “Esto es lo que hay”, debió pensar José Gómez, que dijo para resumir el espíritu inaugural una frase que a buen seguro no figura en los manuales de los expertos en comunicación, pero que vale un potosí. Podría haber dicho el alcalde que su Corporación o el Gobierno de Mérida o Madrid habían levantado un edificio democrático enterrando los mismos cimientos del anterior decimonónico, pero suprimiendo el calabozo, símbolo de privación de libertad, que siempre fue tabú en nuestro pueblo y en el que hasta algún paisano se quitó la vida, temeroso de los métodos de la Guardia civil de mediados del siglo pasado. Pero no, no se le ocurrió, aunque es hombre espontáneo y ocurrente hasta el extremo de que el mismísimo Curro Romero hubo de replicarle a las puertas de la Maestranza en una señalada tarde taurina sevillana, en la que en la cola de las entradas Gómez le preguntó “¿qué haces aquí Curro, cómo no estás en el paseíllo?” y Curro le dijo, “¿usted no ha visto los carteles? ,yo no voy a torear esta tarde, vengo a eso, a ver los toros… desde la barrera”. De anécdotas como esas está lleno el historial de José Gómez Trigo, al que un día hice llegar hasta las barbas del presidente de la Diputación, su correligionario León Romero Verdugo, saltándonos la cola de alcaldes gracias a los buenos oficios de Paco Zurrón, que se arriesgó a los enojos de alcaldes y otras gentes más principales, que se quedaron atrás viendo colarse a aquel alcalde que creían paleto y al plumilla aquí firmante. El día del discurso aquel, en la Plaza de España de Salvaleón (que ya no es lo que era, que no, que la han okupado de diversas maneras), el alcalde José Gómez Trigo se dirigió a los porrineros presentes y a los dos ilustres inauguradores y les dijo, sencillamente, señalando la fachada del ayuntamiento: “Bueno, cuando las cosas están a la vista no hacen falta candiles”. Y se quedó tan pancho. Y ahí sigue, paseando su tercera juventud por las calles de nuestro pueblo.
(Con
mi
homenaje a todos los que en aquellos tiempos, concejales y alcaldes,
pusieron con honestidad y honradez su fe y
su tesón en la lucha por el progreso de sus vecinos, mejorando las
condiciones de vida de sus pueblos, como
José Gómez Trigo y Pedro Cruz Dominguez El Chino, que pasarán a la
pequeña historia de nuestras vidas, aunque no figuren en la lista de los primeros espadas, como Curro Romero).
(Publicado en la edición impresa de HOY el martes 4 de septiembre de 2012)
sábado, 25 de agosto de 2012
¡Vaya con las vallas!
Según mi autorizada opinión, en Badajoz le han salido seguidores al iluminado
alcalde de Marinaleda. Y no me refiero
a Pedro Escobar, sino a ese
individuo que a la vista de que se le escapaba de lejos la cesta de la compra y
la posibilidad de acceder a ella, ha optado por las bravas por llevarse las
vallas (¡vaya con las vallas!, que escribió el inefable Julián Leal) de algún supermercado de la carretera de Valverde,
para empezar supongo que a buscar un sitio seguro para su carrito. Bien
mirado, a lo peor lo que el nota desea es emplear las vallas como cerca para el
ganado. Además la carretera de Valverde, con la dehesilla de Calamón en sus
alrededores, es lugar de concentración parcelaria de ganado y toda clase de
bichería.
Hacer un cercado a base de vallas, de las que se emplean para delimitar el
lugar de paso de los desfiles y las procesiones, es una ocurrente manera de
evitar que a uno le ejecuten las subidas del IVA, porque no es lo mismo el
susodicho impuesto aplicado a las procesiones que si lo centramos en las
labores de pastoreo propias de esta fecha del año en que los rebaños se depositan
en los agostaderos, de los que en Badajoz ciudad hay muchos. ¿O no se han
parado nuestras autoridades a pensar en lo que significaría por ejemplo poder dejar
caer un impuestillo a los vecinos que emplean las encinares de San Isidro como punto de desfogue de
sus perros? ¿O a aquellos que se colocan con sus ovejitas luceras en las zonas
de adelfas de El Pico o en los patatales
de la avenida de Manolo Rojas o en
los maizales del camino del aeropuerto? ¿O a las vacas que antaño veíamos deambular
con su campanillo, tolón, tolón, por la carretera de Valverde cerca de los pinares
del Club Campo Pino?
En todo eso
ha debido pensar el individuo que andaba valla arriba, valla abajo, al que es
posible que algún juez ordene, con muchísimo respeto, recluirse una temporadita
entre cuatro vallas.
(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 24 de agosto de 2012)
miércoles, 15 de agosto de 2012
Mwst, el IVA alemán del agua
A mis cortas lunes que no debía pronunciar yo muy mal su
idioma cuando el alemán que me llamó en nombre de Ángela Merkel se dio al fin por enterado de que yo aceptaba la
invitación de la canciller para ir a tomar unas cañas con ella en el Bundestag. Porque fue así, como se lo
cuento y lo aclaro porque andan algunos por ahí presumiendo de tener los
favores de la canciller alemana. Sin ir más lejos, el columnista de HOY Alfredo Liñán (que es un suave, pero trata
de ligársela) o El Forestal (entre
nosotros, Vicente del Bosque) al
que ella le ha tirado los tejos. Yo fui invitado antes, que conste. Por eso en
mi perfecto alemán la dije al mensajero (“yes, veriguel, fandango” creo recordar que fue) que
aceptaba ir con la condición de que el billete de ida y vuelta fuese Salvaleón-Badajoz-Barcelona (para recoger a mi hija Paz, intérprete relaciones públicas) y
hasta Berlín, con ida y vuelta. Todo salió como pedrada en ojo de
boticario. Y hasta en la Alexanderplatz
se hacían cruces de cómo un paleto extremeño podía desenvolverse con tanta
holgura entre salchichas, cervezas, souvenir o el muñequino de los semáforos,
que tiene su historia y que compré para regalarle a mi amigo José Antonio Polo cuando lo vea y a mi
amigo Rafa Maldonado, que desde
Viajes Lince me organizó el evento, poniendo firme al alemán. Pero no todo iban
a ser éxitos, porque Hellit, que
me llevó la primera parte del viaje, el trayecto desde Salvaleón a Barcelona,
sólo me ofreció gentilmente un caramelino que ni era de Almendralejo o de
Castuera, mientras que en Air Berlin
me dieron una ligera comida con rico pan negro alemán y un zumo de tomate
“gratis et amore” (o
sea, por la cara). Y ya allí, en un bareto de no muy mala muerte, me soplaron
2,50 euros de vellón por un vaso de agua con unos hielos, aguita del grifo,
aguita alemana. 2,10 euros era el precio del agua en sí propiamente dicha y 40
céntiminos la pedrada o el peñascazo del 19 % del IVA, que ellos llaman
poéticamente MwSt. ¿Te enteras, Mariano? Pues esto es lo que hay, a vé...
(Publicado en la edición impresa de HOY el 15 de agosto de 2012)
lunes, 30 de julio de 2012
Guadalupe, mi escuela
En la imagen aparecen conmigo Miguel Caballero, Miguel Lucas, Paco Sansón, servidor con las barbas y Antonio Regalado
Corría el principo de los 70 del siglo pasado. Aún siendo yo un pardillo recién titulado en la Escuela de Magisterio de Badajoz (que conocía entonces todo el mundo como “la Normal”), me planté en la Escuela Virgen de Guadalupe con la pretensión de encontrar un trabajo. Depositó toda su fe en mi Lorenzo García Aretio, entonces Jefe de estudios, y sin más prueba que mostrar mi papeleta de aprobado en la Reválida de Magisterio entré a trabajar en un centro que marcó un antes y un después aunque la enseñanza no acabaría siendo mi modo de vida. Pero me quedan los gratos recuerdos de aquellos años, el contacto posterior con quienes de verdad fueron mis segundos maestros en la enseñanza, compañeros con quienes compartí la sala de profesores, aquella especie de sancta sanctorum en la que tanto se aprende.
Paco Sansón, Antonio Regalado, Miguel Lucas, Miguel Caballero, Aurelio Mejías y Julio Fernández Casitas fueron además mis compañeros de viaje en una aventura que duró muchos años, la Semana de Extremadura en la Escuela, y de ellos aprendí lo que no había asimilado de la Escuela Normal, lo que se enseña en el día a día de la pizarra, la tiza, la paciencia, la constancia, el esfuerzo en modelar el carácter y las mentes de aquellos muchachos que la buena gente de San Roque ponía en nuestras manos para enseñar a andar por el jodido sendero de la vida. Mi experiencia en Guadalupe es tan imborrable y tan buena que desde entonces he aprovechado cualquier excusa para acercarme al centro. Y durante muchos años he encontrado a antiguos alumnos en gran cantidad de centros de trabajo de Badajoz, que me han recordado con cariño. Ahora Guadalupe acaba de cumplir 50 años y no puedo dejar pasar más tiempo sin agradecer lo que esta admirable Escuela y sus profesores han hecho por Badajoz.
(Publicado en la edición impresa de HOY el 30 de juliio de 2012)
viernes, 6 de julio de 2012
Ahora que tengo menos plancha
La playa, la cerveza, el Ayuntamiento (sí, sí, el Ayuntamiento ) y la calle Ancha de Punta Umbría, en imágenes tomadas el 2 y 3 de julio de 2012. Fotos: M. LÓPEZ.
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Con estos calores, tengo menos plancha y más vagá para otras cosas. Lo de menos plancha es explicable porque en estas fechas con las camisetas y los pantalones cortos no hay que preocuparse mucho por las arrugas, salvo por las de la cara y la barriga. Y me ha dado tiempo a recoger de la tintorería el edredón y guardarlo en el altillo.
Mientras, hay que pensar en echar el tiempo por algún lado y nada mejor que decidirse por la playa. En Badajoz hay cientos de esquinas que son como un libro abierto. Junto a agencias legales se disparan en las paredes pasquines anunciado viajes a la playa: ¡ todo el día! Ahí es nada el regalito, salir de Badajoz a las 5 o las 6 de la mañana, plantarse en la playa (La Antilla, Punta Umbría, Isla Canela, Matalascañas, ¡Peloche! -sí, sí, playas de Peloche-) y volverse con la fresquita, con el autobús bien calentito de todo el día al sol. Me imagino los autobuses recogiendo en su barriga las sombrillas, las sillas, las neveras, las toallas y las esterillas bien enrolladas. Y el personal, con las gorras ellos, con las pamelas ellas, con la bolsa del primer bocadillo en la mano, los más prevenidos con el transistor, asomando en algún caso media sandía en la bolsa de la compra de Mercadona. Luego en la playa será ello, con el solito calentando, espetos y sardinas asadas en el chiringuito, huevos cocidos, cáscaras de melón por todos lados, chuletas fritas empanadas, tortilla de patatas, balonazos, arena y más arena en el picadillo porque se levantó viento, paisa vendiendo ¡barato, barato!... Estando así, ¿quién piensa en la plancha o en el edredón? Esto es vida, llegamos llenos de churretines de sudor a Badajoz y a la semana que viene, cuando se hayan curado las quemaduras, nos vamos a otra excursión y si Mariano quiere que nos suba el IVA. ¡A nosotros! ¿qué se habrá creído?
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(Publicado en la edición impresa de HOY el 29 de junio de 2012).
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