La
mañana prometía ser tranquila en la Comisaría, en los bajos
del Gobierno civil de Badajoz. Hasta allí llegaban los ecos
del mayo francés de aquella primavera del 68. Nadie podía suponer
que los alumnos de la última promoción del Plan Antiguo habíamos
programado irnos en fila desde la Escuela Normal por la avenida Colón
y la calle Santo Domingo hasta los Almacenes
David, en la calle La Sal (vale, Arias Montano),
para comprarnos una gorra (!) e iniciar así el Paso del Ecuador. Un
gigantón llamado Sebastián Preciados, bedel de la
Normal, se maliciaba con su compañero Chaparro (bajito,
regordete, con la lista de la compra a mano, inocente bigotito
hitleriano, restos de un balazo en la cara): “Estos están tramando
algo”. La directora de la Normal, doña Carmen
Álvarez-Arenas (la bondad y la prudencia en persona)
no sospechaba que tendría que mediar ante la Comisaría con el
profesor don Benito Mahedero, ante la chiquillada de
unos muchachos que pusieron de los nervios a los “secretas” de la
Brigada de Seguridad Ciudadana, con “Pepe el espía” a la
cabeza (así me lo definió años después Martínez Mediero).
Era 1968 y El Pardo era lo que todos sabíamos que era.
“¿A dónde vais? ¡Pegados a la pared, no se junten más de
cuatro! ¡Venga, el carnet!” Tras aquella peripecia, cuatro fueron
a Comisaría pero todos volvimos a la Normal con las
gorras puestas. No fue una rebelión, fue un canto a la amistad y
camaradería que luego hemos enseñado en las aulas de escuelas
desperdigadas por toda España. Si nos ven hoy por los aledaños de
la Normal sepan que los que sobrevivimos volveremos hoy día 5
a aquellas mismas aulas tras dejar sembradas en nuestras escuelas
sonrisas en los ojos emocionados y abiertos de nuestros alumnos, a
los que enseñamos a leer y a ver la vida. Eso es, la vida. Nada
menos.
miércoles, 17 de abril de 2019
miércoles, 6 de marzo de 2019
¿Otro lejío de chinatos?, quién lo diría
Nunca
pensé que fuésemos a disponer en Badajoz de otro lejío de
chinatos como el que le tocó definir a Gabriel Montesinos,
en la plaza de El Corte Inglés, cuando tuvo que echarle valor
a los manifestantes del “yo-quiero-la-plaza”. Ahora la zona llena
de chinatos es la Avenida Manuel Saavedra Martínez, cercana
al Hotel Lisboa, un lugar víctima al parecer de la desidia
municipal, según denuncian los vecinos y ha narrado en estas páginas
la periodista Rocío Romero. Este lejío de chinatos
viene a ser un redomado ejemplo de dejadez y, especialmente, el
escenario del tuya-mia en que se entretiene el diablo cuando no tiene
qué hacer, que ya no es matar moscas con el rabo, sino incentivar, y
de qué modo, las trifulcas entre administraciones. En este caso,
ayuntamiento de Badajoz y Junta de Extremadura pelean a
cuento de quién es el titular de esta vía, en un tuya-mía que
pilla por el medio mismo a los vecinos, ajenos a la polémica y
sufridores de los celos y suspicacias. “Arréglalo tu, que es tuyo”
se dicen entre si los responsables, en una mesa de la discordia que
antes o después debería terminar con el apretón de manos, la firma
de la paz... y el arreglo de la calzada. Pero todo se andará, que
para eso estamos cerca de elecciones, aunque por ahora lo único de
cartelería abundante que se ve es la de los anuncios de viajes sin
Imserso (¡hasta a Lisboa a ver a Julio Iglesias
el 29 de junio!) y los de los toros de Olivenza.
(Publicado en la edición impresa de HOY, viernes 1 de marzo de 2019)
lunes, 18 de febrero de 2019
¡ Que tiren ya el pirulo! Feo, innecesario, inútil...
¿Para qué queremos ahí este chisme feo? No sirve ni como lugar de citas.
Alguien
tendrá que decirlo. Tendré que echarme a las espaldas las protestas
de quienes disientan. Así es la vida del opinador que, como en mi
caso, se mete en jardines que no vienen a cuento. "Que la tiren
ya" escribí con inconsciencia juvenil hace varias décadas en
estas páginas a propósito de la vieja Casa de la Cultura de
la Plaza de Minayo, que se asentó sobre lo que muchos años
antes creo que fue sede del Seminario, tras dejar este su
ubicación cerca de la sede de Capitanía en la calle
Menacho y si no fue así que me lo corrijan, por favor. Donde
estuvo la sede de la Junta Preautonómica y el primer
despacho oficial de Luis Ramallo, un edificio que se iba
cayendo a cachos y que disponía de un hermoso patio en el que asistí
a la representación de El amor de don Perlimplin, no recuerdo
con qué actores, quizá con Cristian Casares. En aquel lugar
era conseje el ya fallecido pintor Paco Morán, siempre con su
pipa a la boca. Depués de que lo tirasen, quedó un enorme socavón
en la zona en lo que hoy es el parking. Algo pasó algo con el
escacharre de un coche y ello
provocó que el periodista JuanMa Cardoso escribiera su deseo
de que tirasen el coche al socavón. No a cántaros, pero ha llovido
mucho y lo que sigue quedando en pie es el Hospital San Sebastián.
Ya no están la Casa de la Cultura, la sala de exposiciones,
el hipocampo hermoso que estaba al entrar a la derecha, el despacho
de Ramallo, su Gabinete de Prensa (con Miguel Ángel
Carmena, González Perlado...) Lo que sí permanece en
otro lugar, en la plaza de Santa Marta que bautizó el boticario ya
desaparecido Germán Meleno, es el Pirulo. Lo siento,
Manolo Rojas, (q.e.p.d.,el alcalde que miró el proyecto con
simpatía) pero tengo que dar mi opinión: ¿Por que no tiran ya el
Pirulo, tan feo como innecesario? Es fácil y no hace falta ni
que lo hagan de madrugada. De día, a pleno sol, ¡al socavón junto
con las raíces de los eucaliptos!
(Publicado en la edición impresa de HOY el 18 de febrero de 2019)
martes, 15 de enero de 2019
Nosotros, los maestros del 69
Las escaleras de acceso a la Escuela Normal, que tantas veces subimos entre los años 1967 y 1969. Cerca, los naranjos y los paseos de Santa Marina. (Fotos, M. LÓPEZ)
NO
solo es que no hubiera pizarras electrónicas, sino que estaban
pendientes de inventar. No es que no hubiera calefacción ni aire
acondicionado, es que ni se sospechaba que pudieran llegar algún día a las aulas. A lo lejos se adivinaba que algún día el maestro
podría salir a la pizarra y pintar la palabra dictado
con tizas de colores. Hasta entonces, a lo más que aspìrábamos era
a imaginar en color las cigueñas que don Isauro
Luengo
quería enseñarnos a pìntar, entornando los ojos y mirando a la
pared como si uno fuera un oriundo de la lejanísima y comunista
China.
Era
el año 69, hace 50 años, y una parva de estudiantes y estudiantas,
rozando los 20 años, aspirábamos a salir del ya entonces viejo
edificio de la Escuela
Normal en
la Avenida de Santa Marina de Badajoz con el título de maestros de
primera enseñanza bajo el brazo, previo reválida y paso obligatorio
por los campamentos de Chipiona
o Puente
Zuazo.
El Servicio Social en la niñas también era obligatorio y juntos y
juntas formaríamos la primera promoción en la que ya no era pecado
que chicos y chicas asistiéramos juntos a las clases, excepto a las
de Educación
Física,
faltaría más.
Ahora,
50 años después, aquella promoción se ha empleado a fondo en el
watshapp para volver a juntarnos y celebrar la pervivencia de las
ilusiones juveniles. En ello estamos, festejando que ya hay pizarras
electrónicas y calefacción en las escuelas y tizas de colores en
las manos de nuestros nietos.
(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes 14 de enero de 2019)
lunes, 10 de diciembre de 2018
Apósitos en el Infanta
HE
dado por terminada una corta estancia hospitalaria de ocho días con
sus noches (¡qué insoportablemente largos son los días y las
noches en un hospital!). He sido huésped del centro sanitario del
consejero Vergeles en la carretera de Portugal, sin que él lo
haya sabido. Varias horas de quirófano con un equipo dirigido por el
cirujano Florencio Monje, que viene a ser ya algo así como mi
segundo padre. Varios días de Reanimación con sus noches. En
los ratos de lucidez y de búsqueda de respuestas (¿por qué yo?) he
recordado mis inicios laborales, frescos aún aquellos últimos
exámenes de carrera, por los años 80 y pico del siglo pasado. Mi
entonces jefe de Redacción, Ruiz de Gopegui, me enviaría a
curtirme en el oficio periodístico informando de un pleno de la
Diputación, con Chano Pérez de Acevedo de presidente, cuando
me di de bruces con la cruda realidad. Se iban a aprobar unas
partidas de bastantes miles de duros (años 80, recuerdo) destinados
a dotar de apósitos al Hospital Provincial San Sebastián y
al Psiquiátrico de Mérida y yo me dije: Pero esto, ¿qué es
lo que es? ¡Qué atrevida es la ignorancia!, admito ahora, cuando
he asistido al impagable trabajo en los quirófanos y he visto la
labor de enfermeras y enfermeros quitándome, limpiando y reponiendo
apósitos en mi maltrecho cuerpo (reuniéndolos en uno solo a todos
ellos y ellas, pongo en su nombre a mi enfermera Amelia Gragera),
he comprendido el significado de aquellos puntos en el Orden del Día
de las sesiones de la Diputación a los que los diputados
daban el visto bueno sin pestañear y a los que yo despachaba con par
de frías líneas de texto en las páginas de HOY. Gracias, hoy, a
quienes aún sin el suficiente reconocimiento social, desde pinches y
pinchas hasta responsables máximos de los quirófanos, hacen posible
esta sanidad que tenemos y que merece mi emocionado agradecimiento.
¡Más apósitos!
(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes 10 de diciembre de 2018)
lunes, 5 de noviembre de 2018
Camalote creciendo patrás
No sé si fue una corazonada, pero cuando vi que el estropajo azul (bueno, la esponja, es casi lo mismo) que uso en la ducha se había vuelto verde empecé a sospechar que alguien había metido la mano en mis pertenencias. Pero al agarrar la esponja y echarle un poco de gel comprobé que sí, que era verde y que parece que crecía como si estuvieran naciéndole hilillos que poco a poco se iban estirando y se me engarzaban en la mano y pasaban al brazo. Luego sentí un cosquilleo en los pies y vi que parecía que del desague salían más hilillos verdes, como los que se habían apoderado ya de mis brazos. Recordé que había leído a Allan Poe este verano y empecé a desear que todo fuera mi imaginación, que me estaba jugando una mala pasada. ¿Y si estuviera sucediendo lo que soñé noches atrás, cuando vi que el camalote en lugar de seguir aguas abajo del Guadiana en dirección al azud y enfilando a Alqueva se daba la vuelta atrás y empezaba a remeterse a mano contraria por el caño de la Cambota en dirección a la avenida de Santa Marina, a San Roque, a la Estación, al Cerro Gordo, a todos los sitios que desprenden las aguas sucias de todo Badajoz? Y el camalote, cual planta maléfica, empezaba a crecer patrás, a irse a buscar todas las cañerías y bajantes y a meterse en las casas, subiendo pisos, sorteando sifones, apareciendo en los desagues de las lavadoras, en los de las cocinas, por los bajantes de las aguas de lluvia, entrando a los baños y hasta saliendo por los grifos de los que tomamos el agua para beber, para cocinar, para hacer los biberones, para elaborar los cubitos de hielo... Aterrado empecé a mirar las calles que vierten sus aguas al rio, por si la planta invasora hubiera decidido poner a prueba también las aceras, salir de los imbornales, visitarnos en nuestras casas riéndose de todos nosotros, de la Confederación del Guadiana, de la Delegación del Gobierno, de la Diputación, del Ayuntamiento... No, no fue un sueño, el camalote y el nenúfar aún estaban allí.
(Publicado en la edición impresa de HOY el 5 de noviembre de 2018)
domingo, 21 de octubre de 2018
Que no se moje la leña
Admito
ahora la visión de futuro que tuvo el entonces alcalde de Badajoz,
Gabriel Montesinos, cuando al ser preguntado por el uso que se
iba a dar a la Plaza de Conquistadores dijo una frase que servidor
agarró como muletilla para todo. Dijo que aquella plaza no era más
que “un lejío de chinatos”. Se demostró al final que iba
a ser acertado dar los pasos a favor de la instalación en la plaza
de El Cortes Inglés, eliminando los chinatos, aunque sus rivales
políticos de entonces encabezaron manifestaciones con las pancartas
de “yo también (¿o no?) quiero la plaza”. Durante unos años,
hasta que vino don Isidoro a inaugurar El Corte Inglés con
Rodríguez Ibarra, aquello siguió siendo un lejío de
chinatos. Hoy ya no lo es aunque a veces, cuando se ven las
sucesivas chapuzas que se hacen sobre la plaza con las baldosas, como
con la calle Menacho, uno se pregunta si en efecto aquello
sigue siendo un lejío, aunque ya no haya chinatos. Fue la del “lejío
de los chinatos” de Gabriel Montesinos, una frase feliz que
pasará a la pequeña historia periodística de Badajoz, como lo va a
ser la que se ha sacado de la manga Juan López Lago,
reportero dicharachero de este periódico, que hace días se refería
al cuidado que hay que tener de que no se moje la leña, lo que sin
duda entendemos los que somos de pueblo y los que tienen una
parcelina, con una casina, en la que hacen una candelina para asar la
chacina y calentar la cocina (y ya está bien, no hay más ina).
Porque no es solo tener el campito para echar un rato los fines de
semana sino que hay que cuidar de los cientos de cosas que implica,
como vigilar que cuando se ponga a llover no le dé el agua a la leña
o el chalé se llenará de humo al primer cerillazo. O esa nueva
preocupación de los dueños de estos lugares con la instalación de
los contadores inteligentes, que las eléctricas han implantado y que
cortan la luz a todo vecino que se pase en el consumo de las
potencias contratadas. Las eléctricas van a lo suyo, a vé…
(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 19 de octubre de 2018)
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