martes, 19 de enero de 2010

La fuente no se ha secado



Van despacio. Las obras de palacio van despacio. Pero las del Palacio municipal de Badajoz no es que vayan despacio, es que parecen que van para atrás como las tormentas. De lo contrario no se explica que no se haya cumplido la promesa municipal de poner remedio a los fuentazos de la fuente de los anillos y los muchos millones, en el cruce de Sinforiano Madroñero con la carretera de Olivenza. Aquello, según sus señorías concejaleras (¿o lo dijo el alcalde Migué? ) iba a ser arreglado en un visto y no visto. Vaya que a finales de diciembre estaba aviado, que se ampliaba la carretera quitándole un cacho al acerado y que los coches que llegan a Badajoz desde la carretera de Olivenza iban a tener un seguro con un nuevo enfilamiento que impediría que los vehículos hagan eso, enfilar la fuente. Pues nada de nada. Entraron a saco los albañiles allá a mediados de diciembre y esta mañanita del 19 de enero estaban todavía allí tratando de poner las balsosas nuevas y apartado un cacho de acera que se va a añadir a la carretera. Pero lo de últimos de diciembre era una broma de los concejales. No hace falta recordar que esa fuente se han bañado más de una veintena de coches y que incluso hubo una víctima, en cuya memoria se ha colocado en días pasados un ramo de flores. Pero bueno, lo dicho, que las cosas de este palacio van despacio. Señor, ¡qué peazo de cruz!


lunes, 30 de noviembre de 2009

Mediero: "El teatro, teatralizado"




Afirma Manolo Martínez Mediero (3-M, que dirían los modernos), que el problema del teatro es que se está teatralizando. A una convocatoria del Ateneo de Badajoz Manolo acude la última noche del feo mes de noviembre dispuesto a hablar de su teatro. Nos reunimos en torno a él ocho personas (no eran ocho hombres sin piedad, que había una dama también) y hay un diálogo fluido, plagado de las anécdotas con las que Manolo salpica su siempre amena y en ocasiones disparatada -dentro de un orden- conversación. A Manolo (a quien le ha dado últimamente por cantar zarzuela con Luis Ángel Ruiz de Gopegui y Emilia) las palabras le salen a borbotones. Y así, se queda tan pancho cuando dice que “a mi me gusta poner en mis textos algunas faltas de ortografía. Eso hace que me digan, oiga, aquí ha puesto usted una falta. Y yo les digo: no, una falta no; he puesto más”. Dice Manolo que con esto de los ordenadores y el teatro “lo difícil es corregir los textos”. Para él eso de la corrección es una obsesión y se rebela contra Goytisolo cuando éste dice que escribe únicamente a mano y no se ha hecho a las nuevas tecnologías, aunque “lo malo es que el ordenador te dice hasta dónde debes poner los acentos”.

A Mediero no le costó hacerse a las nuevas tecnologías. Se compró un ordenador y le animó a manejarlo hábilmente Jorge Márquez, de quien dice es un fenómeno con el ordenador (por cierto, ¿dónde está Jorge Márquez, qué hace, qué escribe ahora?). Dice Mediero que pese a todo sigue ejercitando la imaginación. “Me sé cientos de números de teléfono. Hace días me llamó un amigo para pedirme el teléfono del pediatra y se lo dije sin esfuerzo alguno, de memoria, porque lo tengo en mi cabeza y no se me olvidan”. Lo que, bien mirado, no deja de ser una ayuda para quienes vamos sintiendo cómo el tío Alzheimer nos acecha de vez en cuando, sin necesidad de que sea a la vuelta de la esquina, sólo basta con que intentemos abrir la puerta del federico (digo, del frigorífico).

Manolo confiesa sin embargo que le gusta escribir a mano y que tiene siempre cerca libretas con papel del bueno, no como Antonio Gala que lleva libretas baratas de papel de estraza. “Me gusta escribir diálogos y así lo hago desde que estaba en Barcelona, que llevaba siempre conmigo una libreta chiquinina en la que escribía sobre todo diálogos”. Amante de las acotaciones a la hora de escribir teatro, piensa que son fundamentales porque reflejan el clima que el autor quiere transmitir en su obra, como Valle Inclán. Y recuerda, entre emocionado y desconfiado (a él le gusta de siempre Badajoz, a la que definió como “una ciudad alegre y desconfiada”) los avatares y placeres de sus estrenos y de la parafernalia que se montó en torno a ello, incluidas las bombas -ya no es tal la parafernalia- de humo que se arrojaron en un teatro madrileño en el que daban sus últimos coletazos las “Hermanas de Buffalo Bill”, con Berta Riaza, Tina Sainz y Germán Cobos, a las que los ultras e intransigentes querían llevar al paredón (Fraga quiso ponerle protección a él, no a los actores).

Este es el Mediero del 2009, que evoca ilusionado a Luciano Samosata, a Benavente (de quien recomienda se lean sus 'Cartas de mujeres'), que recuerda a Brecht, que critica a Boadella (“copiaba de todo el mundo y a mi me ha copiado todo lo que ha querido”), que despotrica contra Haro Tecglen quien no soportaba la obra del extremeño, que afirma sin rencor que “el teatro ahora no es ni carne ni pescado, está esperando la subvención”.


Ya me voy del Ateneo, con permiso de los presentes, cuando se me están haciendo las del alba y se sigue hablando de la obra de teatro de Manolo dedicada al nicho inteligente y del reciente homenaje a los directivos de la Caja de Ahorros de Badajoz últimamente jubilados, homenaje al que, ¡sorpresas te da la vida!, acudió hasta Rodríguez Ibarra (al que había zarandeado dialécticamente el anterior director general, el gallego para entendernos,) pero al que asistieron pocos empleados de la noble entidad que están a lo suyo y no a aflojar los 50 pavos que costaba la broma. Lo dicho, que según 3-M el teatro está cada vez más teatralizado.

martes, 24 de noviembre de 2009

Pies durmiendo, al fin





A ciertas edades, los pies son más que sólo las manos. Quizá no sirven para desenmarañar, para enredar, para tejer o destejer, para abrazar. Pero son más fieles que las manos, son más ayudantes de nuestro cuerpo, son mejores aliados para desplazarse. Porque sí, muchos seres vivos se valen sólo de las manos para moverse, como el macaco, pero los pies nos son imprescindibles si queremos avanzar de un sitio a otro, de la casa a la calle, de la cama al pasillo, de la carretera al camino... Por eso nuestros pies cansados son un tormento, especialmente cuando ya tenemos pocas ganas de trotar y mucha necesidad de movernos de sitio, de desplazarnos en busca de un nuevo rincón, tras un asiento, buscando la sombra que nos cobije. Pies cansados de patear, pies acostumbrados a subidas y bajadas, a escaladas, a descensos simples o vertiginosos, pies que conducen nuestro caminar y nuestro pasear, el correr o el frenar, pies que detienen nuestra marcha ilusionada, que impiden a veces nuestro anhelado paseo, pies que en suma nos traen y nos llevan recordándonos nuestra fragilidad, nuestra dependencia de algo tan sencillo como esos diez pares de dedos ahí pegados, ayudando a la vida diaria del caminante.
Estos de la foto son pies de mujeres que han hecho un alto en el camino, pies que han andado cientos y miles de kilómetros no en competición, sino en la lucha diaria de la vida. En la cocina, en el pasillo, en la casa, en la calle, en los caminos. Pies fatigados de mujeres que han conocido tal vez poco descanso, pies hechos a la brega diaria, pies que casi nunca han gozado de un buen calzado, pies que han sufrido como nadie fríos y calores, pies que han soportado pesos desmesurados para su capacidad, pies que han emprendido rutas odiosas muchas veces, agradables también. Son pies hechos a la lucha, al sufrimiento, pies que han llevado a una feria y han encontrado un hueco para el merecido descanso, pies que oyen el lastimero quejío de las mujeres doloridas, pies que han pateado lo suyo por vivir y que ahora, al abrigo de una sombra, viven felices su recuperación, su descanso. Pies que ahora, por fin, duermen.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Ricardo, ¿qué mundo te está esperando?





Acabas de nacer, Ricardo, y ya te está dando problemas tu abuelo. Haciéndote preguntas como que qué mundo te hemos preparado, qué mundo te está esperando. Rubén y Jara, tus hermanos expectantes, tus hermanos ilusionados, tus hermanos dueños de un futuro generoso y amplio, están dándose cuenta ya del mundo que les aguarda. Cuando esta mañana no querían montarse en el autobús para ir al colegio; cuando la pasada noche los dos durmieron bajo la amenaza de una tos repetida; cuando Rubén pide miel porque sabe que le alivia, que se lo ha inculcado su padre; cuando Jara, mocosina, dice “no pasa nada, abuelita. No pasa nada”... es, en su mundo, su gran problema, su único problema ahora. Pero afuera les está esperando, como a tí, Ricardo, otro mundo al que los tres vais a enfrentaros con aplomo, con fe. Es el mundo que os hemos preparado. El mundo de lo nuclear, de las refinerías, de las guerras, de los rencores, del cambio climático, del hambre, un mundo que no nos gusta nada tampoco a nosotros, los que lo hemos hecho.

Pero también es, y sobre todo, el mundo de las mariposas, de las flores, de los pajarillos, de los globos de colores, de los payasos, de las risas, de las fuentes, de la lluvia alegre, de las olas, del viento suave, del tiovivo, de los fuegos artificiales, de las hadas y de los cuentos de fábula, de las pompas de jabón, del agua tibia en la ducha, del cariño de la mamá melosa que os acompaña en los días de fiesta y cuando caéis al suelo sufriendo algún daño, el mundo de los dibujos animados, de otros niños, el mundo de la ilusión del sueño imaginada cuando estais a punto de cerrar los ojos por un rato, del teatro en el colegio, de la fiesta de fin de curso, de la alegría de soplar las velas en el cumpleaños... El mundo de la aurora boreal y de las tormentas y de la luna llena y de la rosa de los vientos y del arco iris que veréis desde el patio de vuestra casa, del mugido de una vaca que se encontró una flor, el mundo de una flauta dulce sonando, de un platero triscando en el campo, de miles de margaritas abiertas para ese y otros plateros, de cualquier cabalgata de Reyes Magos con o sin camellos, qué sé yo, cualquier mundo que los mayores seamos capaces de imaginar para vosotros, un mundo por ejemplo de cientos de grullas volando en manada, de caminos y veredas plenos de amapolas, de miles de ovejas balando, de ranas croando en una charca escapando de vuestras piedras, de cisnes bordeando cualquier lago, de racimos de uva colgando apetitosos, de hibiscos que pinta tita Paz para vosotros o de la orquídea Vanda Miss Joaquin que ha descubierto en Singapur, de libros que contienen millones de palabras y que almacena con mimo tita Esther, de Iron Maiden que escuchan mamá y papá esperando que os gusten, de gorros y de baños y duchas suaves que os da abuelita, como cariños contra la fiebre o el dolor que ponemos en vuestras manos todos nosotros. Ese, ese queremos, Ricardo, que sea el mundo que te hemos preparado a ti, a Rubén, a Jara... El mundo que te está esperando, que os está esperando, frágiles niños, ilusionados niños, campeones de nuestros corazones, amos de nuestras ilusiones todas, razón última de la vidas de quienes os vemos ya de lejos, escapar, corriendo, volando, buscando nubes y cielo y aire que nosotros queremos daros y poner en vuestras alas, hoy todavía frágiles, todavía tiernas, pero siempre tan nuestras.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Paz. Lo suyo es volar.




Otra que se va. Por poco tiempo, parece, pero se va. Volando. La vida es una sucesión de vuelos. El de los primeros pasitos en los que la niña escapa buscando en la calle, en el parque, en el campo, un horizonte nuevo... ahí es nada, descubrir que sus pies la llevan a donde quiere, ahora a la derecha, ahora salto este charco, ahora me caigo, ahora me levanto. Más tarde, averiguar y afirmar que puede lucir un vestido nuevo, que es capaz de alisarse de otro modo el pelo, que puede saltar a la comba, que va a ponerse unos guantes, un gorro, un sombrero gracioso que la hace distinguirse de las otras... Diseñarse más tarde incluso sus propias camisetas, sus bolsos. Y soñar con pajaritos que ahora sólo pían pero mañana cantan y vuelan, como a ella le gusta hacer, volar siempre volar. Y pintar. Crear con su imaginación primero, con sus manos después, plasmando en el papel o en el lienzo todo cuando le bulle en la cabeza, lo que desborda su imaginación. Echa sobre el papel ovejitas de colores, siembra los tejados de chimeneas, me coloca en mi sillón con un vaso de leche y el viejo pañuelo doblado, atrapa de cualquier jardín un hibisco y lo deposita a los pies de mamá, coge el bolso de Kate, se escapa hasta Tucson o hasta Vigo, es arrastrada por un delincuente en una calle anónima de un barrio sevillano, escapa con el pensamiento hasta Arizona, se desentiende de todo volando hasta Canarias, se sube al Atomium y a la torre Eiffel, se jura que irá a Berlin, recorre Amsterdam y se emociona jugando con una caracola o pintando a sus hermanas en Isla Canela, convive con niños en las calles de pequeñas aldeas italianas, se asienta en Mondariz, se relame ante el chocolate o los mules de Bruselas, ... Volar, volar, lo suyo es volar y lo nuestro asistir atónitos sin poder hacer nada por impedirlo, porque a este pajarillo no se le pueden cortar las alas. Como a todos y como a ninguno.

martes, 30 de junio de 2009

Badajoz, la Ciudad Puente




Como tumbada sobre una inhóspita losa de mármol, la Ciudad de Badajoz se me antoja cual un cuerpo que empieza a ser desmembrado por un forense loco, que primero secciona el esqueleto en dos partes longitudinales e introduce entre ellas una sinuosa corriente de agua, que va apartando las mitades del cuerpo, inundando las orillas de verdes juncias, poblando las riberas de miles de pájaros, patos inofensivos, peces innominados. El forense loco destripa el cadáver y ata las puntas de uno y otro lado, enlanza la Estación con San Roque, Las Moreras con Santa Marina, San Fernando con San Andrés, Marchivirito con Los Montitos, El Nevero con el Cerro de Reyes... tejiendo una tupida red para la que necesita una sucesión armónina de puentes, de viales, de pasos que ocupan ora ganado, ora personas, ora coches... Este es el panorama de una ciudad que se contruye sobre puentes, que aspira desde su proximidad con el extremo más oriental y apartado del viejo Continente a ser puente de enlace mismo con Europa. Y este quiere ser un humilde reconocimiento al significado de algunos de los muchos vasos comunicantes de la que es una Ciudad Puente.

MANOLO LÓPEZ GARCÍA

Un puente es símbolo de vida. Permite pasar, facilita enlazar, ayuda a conseguir unir dos orillas por distantes que estén. A menudo cruzamos los puentes de la vida sin pararnos demasiado, sin echar un vistazo a lo que hay bajo ellos. Todos mis puentes han sido siempre símbolo de avance, de empuje. El Puente del Alcornocal, el puente de La Molineta, el puente de Valdejerez, el puente de Perrilla, el puente del Arroyo Los Linos, el puente de La China, el puente de los Plaos...todos esos eran los puentes de mi infancia, de mis años de juegos inocentes, de carreras desaforadas en pos de una abubilla o de un pardal, buscando quizá los huevos de codorniz o tratando de rescatar moras para hacerme un rosario de cuentas con el que sorprenderme a mí mismo con la camisa o el cuello llenos de moratones... Años después he debido cambiar aquellos puentes por otros más cercanos a mi existencia, como los cinco puentes de Badajoz. Y bajo todos esos puentes he encontrado motivos para pensar en el destino, para sentir el temor de los que tenemos miedo a las alturas, los que pensamos que aquello se puede caer de un momento a otro. Hace sólo unos días he vivido en el Puente Real de Badajoz el temblor de las vigas al moverse al paso de camiones de gran tonelaje. Ni se han inmutado con el paso de un ciclista. Tampoco han replicado cuando sobre ellas han volado garzas, cigueñas o acaso algún tordo. Sobre esos puentes de mi Badajoz de hoy pasamos a diario cientos de curiosos ciudadanos que jugamos a enlazar ambas orillas en un ejercicio contumaz y repetido de malabarismo con la vida, en un estar en una orilla ora y ora en la otra. Son puentes que unen, puentes de ida y vuelta. (Extraído de www.manololopezgarcia.blogspot.com)

-Niñato, a ti lo que te voy a dar yo es un par de hostias, que eres un niñato...
Admito que aquello me impresionó. Pero los treinta años son los treinta años. Más me había asustado el punto de cita, cuando me lo dijo por teléfono, con su voz ronca, casi sórdida:
-Te espero en el puente de las Brujas. Y si quieres, que venga contigo Alfonso, que es buen amigo mío.
Allá que nos fuimos. Y allí estaba Miguelón con los brazos en jarras. Confieso que el llevar a mi lado a Alfonso me daba cierta tranquilidad. Ese grandullón desgarbado, con quien he compartido cientos de aventuras periodísticas hasta que se acabó lo que se daba. Y Alfonso era mi mano derecha en aquellos tiempos:
-Ahí está la foto, mira, ahí -le decía yo-.
-No, la foto está en el otro lado -me contestaba él y le daba la espalda al objetivo que yo le había marcado. Luego, el jodío tenía razón casi siempre, aunque más de una vez debíamos reñir en nuestro deambular por las calles de Badajoz y sobre todo por los barrios buscando algo con que alimentar las voraces páginas del HOY nuestro de cada dí, dánosle hoy-.
Un día andábamos los dos esquivando socavones de los que Badajoz es campeón mundial. Era por alguna calle angosta del viejo barrio de San Roque y nos caía encima un chaparrón de bigotes, del que nos protegíamos con los chubasqueros como mejor podíamos.
-¿Qué hora es? -me preguntó.
A regañadientes saqué la mano del bolsillo y me arremangué el chubasquero:
-Las once y diez.
Después de llegar a nuestra cita, hacer el trabajo y regresar a la calle en busca de su nuevo Seat Ritmo, otra vez bajo la jodida lluvia, me preguntó sin ni siquiera mirarme.
-¿Qué hora es?
-Las doce menos cinco. Pero, ¿no tienes reloj?
-Sí -me dijo con toda su cachaza-.
-¿Y por qué no miras tu la hora?
-Es por no sacar la mano del bolsillo...
Ahora, con el paso de los años, se me viene a la imaginación que tal vez aquel día, frente al Miguelón amenazante, al lado del puente de las Brujas, bien pude haberle dicho a Alfonso, después de la sonora oferta de Miguelón de darme un par de hostias:
-Alfonso, si ves que va a darme el par de hostias, pregúntale qué hora es.
No se me ocurrió entonces y además por suerte a Miguelón debió caerle en gracia mi advertencia:
-No hace falta que me des dos, Miguelón. Con una guantá tengo bastante.

Hace sólo unas semanas he visto a Miguelón en la consulta del médico, en el Centro de Salud de Ciudad Jardín. Allí estaba arrastrando sus dos muletas. Mayor, pero menos que yo, claro. Por suerte para mi no me reconoció y a mi, como al Piyayo, me daba un respeto imponente decirle algo. ¡Eh, hombre, Miguel...! Por ejemplo. Pero no, me quedé callado. Él, apoyado en sus muletas, contaba a otro quidam sentado a mi lado que la semana pasada se armó de valor. "Me fui a Badajoz. La verdad es que me dije que no iba a beber más en una temporada, pero el día de Navidad me animé y dejé de tragarme las pastillas... Hoy voy a tomarme unas copitas. Y dicho y hecho. Me fui a Badajoz por la mañana. A mediodía ya andaba yo algo perjudicado. Una vecina de aquí del Cerro me vio con las manos llenas de bolsas. ¡Eh, Miguel!, ven aquí, echa las bolsas al coche que yo te las llevo a casa. Eran para los nietos, ¿sabes? Quería comprarles unas cosillas. Y la verdad es que se me fue la olla. Me cargué de tantas bolsas que ya ni daba abasto en la barra para seguir con las copas. Bueno, a lo que iba, que menos mal que la vecina me recogió las bolsas y se las trajo a casa. Me dolía ya tanto la cabeza... También me duele ahora, pero no es por aquello, llevo unos días sin beber y estoy mejor. Es que se me fue la olla... Ah, cómo me duele esta pierna..."
Desde mi asiento en una silla al lado de su amigo yo miraba a Miguel. Menos mal, ya no se acordó de mi o no me prestó atención. Está algo menos gordo pero me siguen impresionando sus gruesos labios parecidos a los de las estampas que venían con los chocolates Loyola. Y las manos, siempre las mismas manos enormes, manos hechas para trabajar en el andamio, tal vez antes para poner firme a su familia según sus particulares criterios, quizá para agarrar el boli e ir señalando los números del bingo, acaso hoy para acariciar a sus nietos. Sí, por qué no va ser Miguel capaz de acariciar a sus nietos, sobre todo los días en que decide no ir "a Badajoz". (Extraído de www.manololopezgarcia.blogspot.com)

Después de aquel día del consultorio hemos estado juntos, sin que él me reconociera, tentando a la suerte en un quiosco de cupones de la avenida de Fernando Calzadilla. Le he abordado y le he recordado el incidente, pero sus ojos miraban al vacío. Juntos hemos hablado de un amigo común, Gaspar García Moreno, que también se pateó como yo el puente de las Brujas (nada que ver con los periodistas de ahora en este Badajoz lleno de puentes y que me perdonen, periodistas de moquetas y ruedas de prensa llenas de luz y de focos y de glamour, periodistas de nada de barrios, nada de sovacones, de deshaucios, cierto que periodistas menos que mileuristas, de horas a destajo con la alcachofa y con la grabadora digital, haciendo méritos para salvar su mininómina, pero adocenados, sin conocer siquiera los muchos puentes de este Badajoz que sigue siendo campeón mundial de socavones y de búsqueda incesante de la pala de oro y de bocas de Metro a punto de explotar y de cacas de perro y de dónde está la policía y ellos, a los que se les llena la boca de decir que son periodistas, sin enterarse mucho y sin exponerse a que un Miguelón de turno les ofrezca lo que me ofrecieron a mi, a Gaspar y a otros muchos como nosotros).


El puente de Palos

No estaba solo el padre Eugenio. El cura integral, cura-cura, que se pateó un barrio y lo levantó. El Oblato que llegó a Badajoz cargado de ilusiones y al que su corazón le dictaba órdenes de trabajo sin cesar. Con él paseé en no pocas ocasiones por su barrio, por las Cuestas, por las que tanto hizo. Hasta allí llegábamos por el puente de Palos, donde se adivinaba ya la ciudad sin ley, el otro Badajoz, donde todo el mundo era ya un forastero y en el que sólo nos servía de salvoconducto la compañía de Eugenio o de otros luchadores del barrio, como Carmelo Vera o Ricardo Cabezas.

-A esos los dejáis, que vienen con Eugenio...

A veces ni esa compañía era garantía para el visitante. Cruzar el puente de Palos, atravesar la avenida recordando la figura agigantada del padre Tacoronte, superar las instalaciones del colegio que después sería Marcelo Nessi, adentrarse en un bariio maldito... era una odisea. Que se lo pregunten a Pepe Durán Ventura, que se fue con un grupo de entusiastas del Rotary Club a regalar juguetes por las fechas de Reyes y por poco se presenta en casa hasta sin calzoncillos, todo por llevar los juguetes en un viejo Seat 132 y abrir los portones del coche para regalarlos. Claro que a Pepe no se le ocurrió llevarse a la Policía -que a lo mejor tendría que estar inexcusablemente en otro lado- ni a pedir la presencia del padre Eugenio.

El puente de Palos ha sido a Badajoz lo que la isla de Perejil, pero salvando las distancias. Por él se iban los contrabandistas buscando el café en Campomayor. Hasta los gallos que los guardinhas de la Guardia Nacional Republicana tenían en la alfandega fueron sustraídos en alguna ocasión y sonaron tiros que por los pelos no tiñeron de sangre las noches de las Cuestas.

De las andanzas vividas en el puente de Palos podían hablar muchos de los que lo cruzaban a diario, como los esforzados maestros que iban al colegio El Progreso. Allí daban clase los hermanos Serrano, Juan Antonio, el mayor y Miguel (el pequeño en edad). Ambos hicieron mucho por el barrio. Un buen día una maestra de aquel Colegio, mi hermana Jose López García, se llevó a su hijo Ángel, de tan sólo dos años. El niño nada más entrar donde estaba el grupo de profesores se puso a mirar para todos los lados y se arrimó al que vio más de su quinta, José Antonio. Y ya no se separó de él en toda la mañana. Aquellos maestros acudían cada día a cumplir su labor como quien va a un destino indeterminado y aparecían cada mañana con el ánimo sobrecogido a la hora de abrir la puerta, por ver cuáles habrían sido los destrozos de la noche anterior, cuántas mesas o sillas habrían sido quemadas, cuántos grifos o wáteres arrancados.

Desde muy cerca del Puente de Palos, desde la calle Gurugú, cruza hacia Badajoz y avanza, majestuoso, por el Puente Real, el de su querido Rey, que le lleva hasta el Cerro del Viento. Ha superado el consultorio médico y el lavacoches del elefante azul o blanco, no sé ya de qué color es. Le sigue su fiel lacayo, con las carpetinas bajo el brazo. Ambos van a hacer gestiones a San Juan, al Centro Monárquico, a Amigos del País, a las bibliotecas, a que les vean en la calle Menacho, a alguna notaría, tal vez a comprobar un cupón de la ONCE por si está premiado pero a lo mejor ni hay cupón ni nada. Como él ahora, fue hace años don José el de los espumosos, (“ponga usted que soy don José Moreno García, como Gaspar García Moreno, pero con los apellidos suyos al revés”, me decía solícito). Don José tendría cerca el puente del Revellín y los puentes que él se tendió desde su Casa Hispano-árabe. Son nuestros personajes, los que uno recuerda de toda la vida, con los que los más veteranos del lugar nos hemos reido, a los que hemos incluso temido porque estaban en el machito y había que andarse con cuidado. De ellos todos guardamos recuerdos y momentos. Pero ellos son ajenos a momentos de mayor dolor que algunos hemos vivido en este apasionante oficio de contar cosas, usando y abusando y echando mano de los puentes.

Como mi primer muerto profesional, al que llegué tras atravesar el que entonces era el Puente Nuevo, hoy de la Universidad. Fue ni sé ya cuando (yo no fui capaz ver muertos a mi padre ni a mi madre, tengo de ellos el recuerdo de cuando estaban vivos y me sonreían o me pedían ayuda). Pero aquel primer muerto, en un chalet junto al campo de fútbol del viejo Vivero, un indigente que apareció carbonizado en una silla, en actitud silente, no fue sino el que abrió una larga lista de queridos muertos que me he ido encontrando en mi vida profesional, hasta culminar con los tres mil y pico de esqueletos en Llerena. Aquel primer muerto puedo haber llegado al viejo y ya desaparecido Vivero desde Las Cuestas,

desde lo que fue el puente de Palos, que sigue siendo hoy en la noche un barrio en el que abundan las fogatas, al que llegan desde Portugal misteriosos coches con las luces apagadas, al que no se atreven a entrar ni los taxistas. Por las noches, desde las Cuestas, se ve a una ciudad feliz, Badajoz, durmiendo. Desde allí lucen el lujo de las iluminarias del Puente Real, los focos aéreos del Casino de Extremadura, las murallas engalanadas de la Alcazaba, la Puerta de Palmas desafiante, el puente de la Autonomía que engatusa al Guadiana, el Puente Viejo que se hace amante del anciano río, el puente de la Universidad soportando el paso de los modernos autobuses... En las Cuestas, mientras anochece, zagales sin el placer de los libros ni la escuela, mientras los llaman a la cena unas madres sí y otras no, escuchan a Estopa y hacen en torno a las chapas o a la baraja el bachillerato de la vida.

miércoles, 22 de abril de 2009

Y Luis cada día, todos los días



Impulsivo, impaciente, impetuoso, dispuesto a acabar cuanto antes todas las cosas que se le ponían por delante. Deprisa, deprisa... era su lema. La vida se lo llevó por delante aquel maldito 28 de abril, de hace dos años, después de diez interminables días de agonía, de inyecciones, pruebas, quirófano, calmantes, estimulantes, sedantes... Dejó por hacer millones de cosas que habían nacido en su cabeza, miles de ilusiones en todos nosotros. Dejó cientos de trabajos empezados, docenas de ellos a punto de concluir. Dejó tras de él una obra bien hecha. Atrás están contemplándole sus trabajos, su familia, sus alumnos, sus empresas. Lloramos desconsoladamente las vigilias en que luchó herido de muerte contra la visitante indeseable. Sufrimos sus mismos dolores, respirábamos por él, aspirábamos el aire que a él ya se le negaba. Ahora, la dirección, el claustro de profesores y los alumnos del IES 'Maestro Domingo Cáceres' de Badajoz han puesto a un aula del centro su nombre. El aula de Informática luce a las puertas un letrero en el que puede leerse “Luis López García, In Memoriam. Un profesor trabaja para la eternidad, nadie puede predecir dónde acabará”. Esta mañana sus colegas del centro, sus amigos profesores y su familia le hemos recordado emocionadamente, hemos traído hasta nosotros su recuerdo un día más. Luis está con nosotros en la prudente Mari Carmen y en su serenidad, en la vehemencia de su hijo Luis y en la dulzura de su hija Carmen. Luis está con nosotros en los pasillos del Instituto, en La Bejarana, en Siete Vientos, en el Grupo Tres, en las manos y en la serenidad adulta de Jota, en mis lágrimas y mi memoria, en el inmenso cariño hermosamente machacón de Josefa. Luis, la vida ha sido injusta contigo y cruel con todos nosotros los que te lloramos cada día, todos los días.