viernes, 11 de noviembre de 2022

¿Bolsita, caballero? Tan solo 17 céntimos

Era muy prometedor. Como medida disuasoria, “le cobramos una módica cantidad por las bolsitas que hasta ahora le estamos regalando”. Bueno, de regalando nada. Si me gasto 20 euros, sólo me regalan 5 céntimos de euro, una basura. Ya se lo cobran en demasía por otra parte. Tendremos que llevar la escopeta del 12 o el Colt 48 cuando vamos a hacer la compra. Y sí, a los comerciantes también les achuchan, les fríen a impuestos. Como a los  pensionistas y a los mediopensionistas y a los funcionarios y al zapatero y a los autónomos. También a los concejales les descuentan el IRPF de sus nominillas, los pobres. Pero todos pagamos el peaje de la supuesta lucha contra el cambio climático, de la que se están beneficiando más de cuatro, generalmente lo que se ha dado en llamar las grandes superficies. Y es que al pagar nosotros, viles consumidores, ese impuesto revolucionario, se supone que estamos ayudando a la salvación del planeta, no a llenarle los bolsillos al que nos sopla lo que quiere por la bolsa y dice que es ecológica. Cuando la cajera seiscientoseurista del supermercado me pregunta, “¿le pongo bolsita, caballero?; por tan solo 17 céntimos”, me acuerdo sin falta de Luis Landero  cuando recordaba a su peluquero y su pregunta, ¿cómo le corto el pelo, caballero? Mi madre, Jacinta García de Vera, que si viviera hoy día 11 de noviembre habría cumplido cien años, me lo decía un día y otro: 

Señor, ¡qué cruz! 

Iba a la compra de fruta (plátanos, si había alguien malito) en Los Aragoneses de la calle Hernán Cortés o en las Hermanas Romo Arcos en la calle El Tercio y llevaba siempre una bolsa de tela que se había confeccionado ella con retales comprados en los Almacenes Los Ángeles o La Paloma en la calle San Juan, cosida con hilo y agujas de Casa Manolo en la calle Granados, una bolsa que no era como las de ahora (por tan solo 17 céntimos en el DIA), que a veces tienen agujeros, será por las balas de la guerra del Putin.


(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 11 de noviembre de 2022)

martes, 19 de abril de 2022

La Coca Cola, Ángel de España y el Duo Dinámico


Era yo un tierno infante cuando oía historias de contrabandistas del café en Badajoz, mochileros que divulgó el escritor Antonio Ballesteros Doncel. Se daban cita en las traseras de la Coca Cola luego de haber pasado de Portugal a España con su cargamento a las espaldas, atravesando el Rio Caya o Caia. También en ese lugar, traseras de Coca Cola, se citaban a lomos de sus “ducatti”, los buscadores de los pichones que caían muertos tras los disparos de los tiradores que competían por las apuestas y por deporte (¿). La fábrica de Coca Cola que está siendo demolida era un símbolo. En sus pistas, que nos cedía Pepe Gómez Capilla, hice mis pinitos en el tenis jugado con Teresiano Rodríguez Núñez, mi director, y mis colegas Julián Leal y el fotógrafo Alfonso Rodríguez, que tenía fuerza para mandar las pelotas a la frontera de Caya. Al lado se alzaba el frontón del Tiro y después apareció ‘Dard’ys, que gestionaba Eduardo Polanco y donde escuché por primera vez cantar a Ángel de España, quien arrebataba a los comensales cuando cantaba “me quemaste, me quemaste”. Allí, junto a Dardy’s, cuando yo era aún un joven prometedor, trajo la Asociación de la Prensa de Badajoz a su Caseta de la Prensa en las ferias de San Juan, a Los Mustang, los Lone Star y el Duo Dinámico con Manolo y Ramón cuando aún no sonaba su “Resistiré”, sino “Esos ojitos negros” y otras por el estilo. Hasta hace cuatro días, como quien dice, he tenido en mi casa las toallas de la Fanta naranja que me regaló Pepe Capilla y me acompañaron algunos veranos a La Antilla y otros lugares de evasión. Ahora se va la fábrica de Coca Cola, como se fue el Tiro, Dardy’s y los salones Murano. Menos mal que aún, confiamos, nos queda el mes de abril. Ese no nos lo robarán, espero.

(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 25 de marzo de 2022)

El fontanero timador

Me fijé como meta llegar desde Santa Marina a la Plaza Alta sin saltarme ni un semáforo ni atravesar la calle por lugares no señalizados y con expresa autorización. Tengo dos vecinos jubilados vigilantes, el bancario y el municipal. Este segundo parece que sigue con el uniforme puesto y la libreta de multas al cinto. Ambos son aficionados a reconvenir. En mi paseo cavilaba yo sobre la fugacidad de la vida y sobre la plataforma logística, sin olvidarme de la plataforma única del centro de Badajoz. Veía caer derribados por la piqueta los bordillos, alisarse los imbornales, repararse los alcorques, los sumideros sin hojarascas… cuando de repente un andoba (¡el andoba!) me vio cara de estimable (“este es timable”, se dijo) y me largó: “¿No te acuerdas de mi? Soy el hijo de Paco, el fontanero, que estuvimos en tu casa por la avería”. (¡Já, la avería!) En mi casa hace mucho que no pisa un fontanero. Este tio me confunde. “Ni mijita”, le dije mientras enfilaba la calle del Obispo para atravesar por el semáforo del muñequino bailongo y dirigirme todo lo gallardo que puede ir un jubilado  emérito. Iba yo a El Hospital de Gallardo. El individuo seguía a mi lado, sonriente. Con cara de muchos amigos. (Así escriben los columnistas ahora, a base de punto, frasecita, punto). “Mira, estamos arreglando los pasos para las procesiones (si llega a decirme “procesionar” lo estampo allí mismo. Punto.) “Que digo yo  (me dijo él) que podías colaborar con la hermandad”. Y me plantó muy cerca, como para que no lo pudiera ver, un taco de papeletas. “Mira, la Lotería, te aparto un décimo”. Y yo me dije que hasta aquí llegó la riada… Escudriñé (esto queda más fino y culto que “miré”, me dije) para todos los lados a ver si veía a alguno de los cientos de policías que (dicen que) hay en Badajoz, pero el gachó ya había enfilado no para El Hospìtal de Gallardo, sino para Martin Cansado. Y fuese y fuime. Sin haber metido la mano en la faltriquera. Ni en ningún otro sitio.

 

(Publicado en la edición impresa de HOY el miércoles 13 de abril de 2022)

miércoles, 2 de marzo de 2022

La plaza interminable



Cuando el chasis ya no responde como esperábamos, cuando el paseante se da cuenta de que los remos se muestran remisos al desplazamiento, cuando hay que pararse de vez en cuando distraídamente a mirar un escaparate que no nos interesa ni lo más mínimo o a ver al heroico albañil que logra colocar otra baldosa en la Plaza Interminable de El Corte Inglés (¿por qué si no Celdrán desde su estatua iba a darle la espalda?), cuando el cuerpo propio nos da un aviso de que debemos arrellanarnos un rato, cuando las rodillas empiezan a aflojar y, ainda mais, cuando uno echa mano a la cartera y descubre que se le ha olvidado el dinero en casa es cuando uno busca ansiosamente un banco, por dos razones. La primera, la más urgente, para sentarse. Y la segunda, no menos importante, para que algún cajero automático o humano nos resuelva de inmediato el problema de la liquidez, el cash, el money necesario para poder salir adelante airoso en la compra de la leche semidesnatada  o el calendario zaragozano o bien el pago de las mojastras. Y lo de buscar un banco para sentarse se está convirtiendo en Badajoz cada día en una cuestión más difícil. Porque sí, hay bancos, pero no tantos como se necesitan para la cantidad de parados, desoficiados o jubilados que zascandileamos por la calle. Y lo que ha venido a agravar la relativa escasez de asientos es que pedimos que estén vacíos y limpios (¡ay, las cagaditas aéreas!) y no tengan encima ramas de árboles que cobijan inocentes pajarillos, cuyos ellos (¡) evacuan sus cacas sobre los incautos que se sientan debajo.

Lo de las oficinas bancarias, los otros bancos, ya es más grave. Si uno comete la fechoría de tener una cierta edad y no disponer para la supervivencia más que de una sencilla pensión, lo más probable en que en muchas entidades bancarias le esperen tras la ventanilla recubiertos de cartelillos que advierten graciosamente de que la Caja está cerrada, usted es un gusano, váyase a intentar sacar dinero del Cajero automático y si no sabe hacerlo o es un cegato perdido, lárguese a las tinieblas y no venga con llanto y crujir de dientes, desgraciado. (Y casi sin llover a cántaros, que es lo malo).Señor, ¡qué cruz!


(Publicado en la edición impresa de HOY el 25 de febrero de 2022)

 

 

martes, 1 de febrero de 2022

¿Dónde estarán el gitano y la cabra?

Yo me pregunto dónde estarán todos ellos, el gitano, la cabra y la trompeta. A la cabra, ¿se la habrán comido? Solían aparecer en Badajoz por Santa Marina alta a media tarde, en la zona del barrio que en mis años jóvenes definimos como La Colmena, por lo apretujado de los bloques de pisos. Por la calle Médico, calle Boticario (Rafael Lucenqui y Francisco Luján) , la hoy Plaza del Pirulo… En los días de aplausos a los sanitarios a las 8 de la tarde ya no aparecieron los gitanos (Rafaé, Manolillo, “la” Dolores o “la” Lola) ni la cabra. Ya no montaban el estaribé de sus actuaciones, con la cabra en lo más alto de la escalera haciendo piruetas a cambio de un miserable cacho de pan o un trozo de lechuga o una zanahoria repasada. Ya no sonaba el “¡¡¡que viva Ehpaña!!!” ni Paquito el Chocolatero lograba que cayera un plátano (antes, ¡ay!, de la catástrofe de La Palma) desde los balcones o alguna moneda de escaso peso (¿y qué sería de la pedigüeña que rogaba “una monedita, anda, guapo, dame una monedita”?). Como tantas vidas, como tantas ilusiones, como tantas esperanzas, la pandemia se llevó por delante al gitano, a la cabra,  a la escalera, a la trompeta. ¿Qué harían con la cabra? Porque el destino de la cabra, como el del pavo, la gallina, el conejo saltarín… no es otro que acabar en la cazuela, como dice el refrán, “ave que vuela, a la cazuela”.

Con la carne de cabra se podrían hacer buenos guisos con patatas, aunque a mi me pega que la cabra que hacía los bolos en Badajoz debía tener ya las carnes duras y eso que según leo por ahí, resulta que es una carne cuyo consumo no está prohibido para los humanos por ninguna religión.

Ha pasado el tiempo de la visita del gitano con Manolillo, que se modernizó y ya acudía demostrando mucha destreza musical con un órgano de mala muerte pero que atronaba  los espacios abiertos en la plaza de Santa Marta gracias a una batería que era portada sobre un carrito. Un órgano electrónico que incluía su caja de ritmos y sus sonidos de batería chimpún, con el que Manolillo hacía virguerías, una pericia que imagino le llevaría a acompañar a alguna orquesta verbenera de esas que con mucha dignidad proliferaban en las fiestas de la patrona del pueblo en verano y que ya casi han desaparecido.

Pero, de todo esto, a mi lo que me preocupa no es otra cosa que el presente y el futuro de la cabra. Otros andan pensando en las listas electorales, si estaré o no estaré, cada uno a lo suyo, a vé…

 

jueves, 18 de noviembre de 2021

Patinete en el Centro de Salud





(Imagen en los pasillos del Centro de Salud Ciudad Jardín. Por aquí atravesó el joven llevando de la mano su patinete, tan fresco)

Son cosas mías, pero en los últimos días soy visitante asiduo de mi Centro de Salud "Ciudad Jardín" de Badajoz y allá que he ido las veces que me han invitado. Hace días, el martes 16, fui a hacerme un analísis (léase así, con acento fuerte en la sílaba lí, a-na-lííííí-sis) y acudía descamisado con la papela en la mano. Una enfermera redondeó la faena con el pinchazo y me quedé sentado a esperar un rato, brazo doblado, para que no queden señales muy visibles del aguijón, aunque en invierno las capas de mangas de camisa, jersey y chaquetón tapan todas las fealdades. Mi sorpresa fue cuando vi entrar a un jovenzuelo con la papela en la mano izquierda (se llama orden clínica o algo así, ya lo sé ) y dando su mano derecha a su acompañante, que, fiel cual ovejita lucera, le seguía en la cola. Por lo que puede ver tras la puerta entreabierta, el joven llegó se cuadró ante la estudiante de Enfermería que  le tocó para hacerse la extracción (a mí también me tocó una estudiante, que hacía su último día de prácticas y que me dio un pinchazo perfecto, del que no me quedan señales). La sanitaria en cuestión fue a agarrarle el brazo para ponerle esas gomas que ayudan a que se tensen las venas para que la sangre salga al tubito con más alegría y su sorpresa fue que en lugar del brazo agarró el manillar del patinete con el que el joven se había colado hasta la sala de extracciones. Hubo que buscarle un aparcamiento al cachivache en el noble recinto (llamémosle así). Cuando la sanitaria concluyó la faena, el joven, sin pensarlo dos veces, abandonó el lugar con desparpajo y fuése a la calle con su inseparable artefacto de la mano. No sé yo si el consejero Vergeles o mi médico Juan Torres o mi enfermera Amelia Gragera tendrían una respuesta rápida si a alguien se le hubiera ocurrido protestar. Había por allí, ya pinchado, un hombrecito con pinta de ser tan de campo como yo, que bien  podría haber pedido que le permitiesen entrar hasta la consulta llevando a cuestas su Pasquali (un tractorino muy apañao). En fin, estos son los nuevos tiempos. A vé...   


(Publicado en la edición impresa de HOY el jueves 18 de noviembre de 2021)

miércoles, 3 de noviembre de 2021

De la columnilla al tararí


Se reía mucho José María Casado, el exitoso inventor de Universitas Editorial, cuando yo le explicaba suavemente ante sus requerimientos. "A esto le vamos a hacer un tararí". Un tararí, periodísticamente, era como aventar la paja en la era, para ver de dónde venían los aires y si se podía separar bien la paja del trigo, si la limpìa en la era de verano iba a dar resultado. Si aquella limpia no funcionaba, el tararí quedaba abortado y del asunto nunca más se sabía. Yo redacté muchos tararí que a veces se revolvían contra mi y me doblegaban el brazo hasta hacerme recapacitar y convertirse en croniquilla, en nota elogiosa, a veces en necrológica apresurada, otras en epílogo a una noticia frustrante...Por ejemplo, llegaba el diputado Isidoro Hernández Sito con el puro y te reclamaba un espacio para "piar" porque la avena loca se estaba comiendo las humildes amapolas y allá que salia el consejero Francisco Amarillo buscándose en los bolsillos un decreto que le permitiera frenar los avances dialécticos del populista, agarrado como tenía por los bajos al consejero, quien negaba la mayor... De aquellas diatribas las hay a cientos en la hemeroteca de HOY y ahora las podemos revivir a diario, con los concejales que andan por los pasillos municipales sin que quede demasiada constancia de sus nombres y sus logros. Para el tararí de entonces bastaba añadir un "¡cállese, consejero!", echarle unas flores a la pared y pensar que aquello se podía dar por zanjado. Para la posterioridad quedaron frases como las de Luis Ramallo ("por más que miro, no encuentro caciques", dijo) que murieron de éxito, tal como llegaron, y se fueron porque nadie supo exprimirlas. Hoy, estos yermos campos municipales aportan poco salsa y ya no están la retranca de Manolo Sosa, de Manolo Rojas, de Delgado Valhondo, de Sánchez Escartin, de Antonio Guevara, de Alberto González (afilando los lápices para ser cronista oficial). Pasarán a la pequeña historia municipal de la ciudad alegre y desconfiada, más como un tararí municipal que como otra cosa. Como pasará, para mal, este mismo tararí, a vé...

(Publicado en la edición impresa de HOY el miércoles 3 de noviembre de 2021)