lunes, 30 de agosto de 2010

Mis calles, mi gente, mi pueblo














¿Es la melancolía o es la viva imagen del recuerdo bruscamente despertado de una larga siesta, de una prolongada noche? ¿Es la hora dudosa de la tarde en que empiezan a entremezclarse el día que muere y la noche que nace? ¿Es el aire aún respirable preñado del olor de las hojas de higueras alineadas, cercanas a donde la besana se alió con los terrones? ¿Es el canto de los pardales acompañados de sus múltiples saltitos, es el silbo largo y lento del cuco, es el graznar de los grajos o de algún mirlo negro como los milanos, que busca desde el cielo su alimento, sin darse cuenta de que lo más le llena su alma es el paisaje soberbio con el que se emborracha cada vez que hace una majestuosa pasada sobre los higuerales, por encima de la era, arriba de los trigales, sobre los barbechos, las dehesas, el bosque inmortal de alcornoques y encinas y hasta de las esterqueras? ¿Es el paisaje lleno de calles sinuosas, todas con sus historias, testigos del paso de innúmeros personajes que han ido dejando en estas casas, en esos tinaones, en estos cercados, parte de sus pequeñas historias, jirones de su piel, sobre donde han depositado sus miradas, ahormado sus sueños, llorado sus pesares, enterrado sus alegrías, alimentado sus sueños, amamantado sus suspiros, sus besos, sus quejídos, sus lágrimas, sus abrazos? Es mucho más que sólo todo eso.

Salvaleón, aquel verano de 2010.

lunes, 9 de agosto de 2010

La Plaza de El Palmeral







Menudo susto eso de llegar en Badajoz a El Corte Inglés y encontrarse de repente con un palmeral que para sí lo quisieran en Elche. Y es que a los diseñadores de la obra y de la plaza en superficie que tratará de embellecer esta zona de Santa Marina les ha debido dar un atracón de Gerardo Diego y han sembrado, literalmente, esta plaza de palmeras. “Si la palmera pudiera...”, escribió el poeta al que ahora bien podían dedicarle el nombre de esa plaza, mejor sería que no dársela a algún presidente de asociación de vecinos, aunque la Plaza se supone que es de Conquistadores y así seguirá siendo por los siglos de los siglos. Pero nadie podrá evitarme que me refiera a ella como el palmeral al lado del lejío de los chinatos, si es que se llama palmeral a una aglomeración de palmeras. O la Plaza de Alberto Cortez, el de la canción de Las Palmeras y el de mi corazón está empezando a padecer.

Además,todo hay que decirlo, a la hora de acabar hoy día 9 de agosto su jornada el personal recogió las sombrillas (porque se habían colocado -¿o sería mejor escribir plantado?- unas sombrillas allí para tomarse la merendola en su tiempo de justo descanso) y dejaron allí en medio plantado el tractor con el que se habrían ayudado junto a alguna grúa para sembrar el lugar de palmeras y de algunos otros árboles de los que ya nos irán hablando prolijamente en día sucesivos, cuando empiecen a convocar las in-oportunas ruedas de prensa para entretener a los becarios de las radios y los periódicos. Bien, dejo esto que me voy al palmeral...

sábado, 31 de julio de 2010

La calle El Medio, la patria de mi infancia






La calle El Medio, mis amigos, algún personaje... Esta es mi gente, esta es mi infancia a la que he de volver.


Si es verdad, como Gabriela Mistral dejó escrito, que la patria de todo hombre es su infancia, mi patria está en la calle El Medio, en los riscos Candilitos y en el Corral Concejo, por donde corríamos alborozados cada vez que el alguacil encerraba alguna burra, unas cabras o unos cochinos que vagaban por las calles sin dueño, buscando algo de comer. Dijo Gabriela que la patria es la infancia, el cielo, el suelo y la atmósfera de la infancia. La patria, en suma, es el paisaje de la infancia. Mi patria, pues, está al lado de la calle El Medio en ese Corral del Concejo hasta donde el alguacil había hecho llegar a la burra, las cabras, la oveja o los cochinos que habrían encontrado tal vez La Brava o El Cunda o el Caza o José La Rabiosa o Luis Tijerilla o Félix o alguno de esos personajes entrañables que poblaron mi infancia y adolescencia. Estarían vagando por El Pájaro o por La Podría, cerca del puente de Valdejerez, o en Las Contiendas o en Los Canchos o en Las Navas o cerca de la Colá o tal vez en la Bejarana o en Las Contiendas o en El Vínculo o en La Herrería o en el Monte Porrino o en el Ceremeño o en la Huerta Rivera o al lado de El Mortero. Bueno, ¿qué más da? Pero todos tenían dueño y los expertos sabían de quién era la burra torda, la yegua brusca, el mulón falso, aquellos guarrinos que gruñían cuando intentábamos cogerlos para jugar con ellos. Alguna vez me mordería alguno, a mi o a Gilito o a mi primo Luis Cuenda... A veces se producía el milagro:

-Ha parío... La burra que llevaba dos días encerrada en el Corral Concejo ha parío...

Y allí empezaba nuestra peregrinación. Encabezados quizá por Juan García o con Juan Cuenda y su hermano Daniel (nunca más los ví, Dios, ¿por qué ese desaparecer de nuestras vidas si sé que no es como la ausencia de mis hermanos Francisco y Luis, que están enterrados para siempre?) digo que encabezados por ellos tratábamos de hacernos con la llave del Corral Concejo, pero eso era imposible, que la tenía a buen recaudo el aguacil o Mato o mano José La Aceitera, con lo que había que arriesgarse y saltar desde la era del risco Candilitos ( y salir después, ¿qué?) hasta llegar a las cercanías de la burra que se ponía brava, para tratar de tocar al burranquino hasta que aparecía Mariano (luego sería y es Mariano el de Frigo, el de la Juani Espinosa)... Pero la burra nos tiraba unos mordiscos regulares, con lo que se quedaba nuestro gozo en un pozo por aquellas callejas en las que a veces aparecía Joselín o su hermano Juan o hasta Juanico, el hermano de Quico Contreras, al que vendí un laúd de mi tío Luis García (al que yo le arrancaba los punteos iniciales del Inch'Allah, de Adamo) para que se fuera a dar serenatas, anda con los Clavelitos, y nunca me pagó el total del precio acordado, total, no sé cuántas pesetas, ¿qué más me da ahora, cuarenta años después, Quico ya ausente también?... Eso sí, lo seguro es que de allí no pasábamos y había que buscar el modo de escapar del corral si no queríamos que todos los animales allí atrincherados (que si la burra y el burranquino, que si una galga -¡hasta una pava vimos una vez!- que si unos marranos, que si cabras viejas como el Risco Barbellío, que si una oveja un poco caduca, creo yo) la emprendieran en feroz guerra contra los invasores, que jugábamos a tomar posesión del Corral Concejo y a tirarles a aquel fabuloso animalario hojas de lechugas, restos de melón y culos de sandía, peros reconcomidos, cáscaras de higos, acaso restos de granadas, cachos de bruños, higos chumbos y alguna que otra lindeza que habíamos afanado en casa (madre, discúlpame ahora también por esto).

Mas no había manera, no podríamos jamás entrar y salir del Corral Concejo por la puerta principal, como vimos hacer a Manolo el Encantado, que a ese sí que lo dejaban pasar cuando iba con los avíos acompañado de Luis el alguacil (el padre de José Luis Nogales, el electricista que se rompió una pierna cuando lo tiraron a la piscina en la despedida de soltero de Nino Navarrete, que se casó con Ana Alonso, muchos años después) y lo mismo -Manolo el Encantado, digo- pelaba a una burra -me refiero otra vez a Manolo- que calzaba al mulo rebelde aquel. (Lo del apodo de Manolo el Encantado dicen que tenía explicación, que se escondió en una tinaja cuando la guerra y al ir a alistarlo dijo que allí, sin ir al frente, él estaba encantado y así se le quedó. Hasta que se murió. Tal vez no fue verdad, pero así se lo oí contar a muchos, entre ellos a Paulino el Colorao o a mano José Macías, que sabían bastante de la mili).

Pero no me consolaban ni el Corral Concejo ni Manolo el Encantado ni el Caza. Que yo, tras ver a la burra paría, quería irme a la plaza a buscar por si entre los algarrobos estaba aún sentado Paulino El Colorao contando sus historias de la puta mili (“me jarté”, decía, que se jartaba de vino todos los días, feliz él). Y es que Paulino a mi me recordaba a Einstein y con él componía mentalmente una pandilla de ilustres porrineros, de los buenos, de la buena gente y los otros que decían tenían la cabeza llena de grillos. A saber, mezclados y sin orden, los cuerdos y los otros, andaban por allí Paulino el colorao, la señorita Aquilina, Fito, Alonso el latero, las Jagapas, Perico El Chino, Emilio el barbero, la Antonia la ratona, Mano Moisés, Antonio La Lauriana, mano Genaro, mi tia Sabina y Carmelo, la Quica, Braulio, mana Teresa la Basilisa, la Ramona, una de las Catalinitas, Lauriano, Alonso el latero, Blasito, La Teruela, Eloy, Manolito el de oro, Parrao, José Cachimba mi primo, mi tio Florencio al que casi ni conocí, don Manuel el secretario, Lorenzo el cartero, de la mano Francisco y Jacinta, mano Julián el sacristán, don Antonio el practicante, la Pepa la Capitana, Simón el guarda verde, don Diego el médico, Serrano el electricista, Carandango, Burrino, Francisco el enterrador, Juanita Banana, el Chato (“la puta que parió a la pared”), Carvajal, doña María la comadrona, Crisanto, mano Diego Madre-mía, doña Irundina, Jacinto Marabel el de la dekauve, señá Presenta, Braulio, Charrúa, Alonsino la Paula, Saquito, Antoñino Meléndez, Felix Arcos sorteando las mesas con la bandeja, Juan Cambero, Francisco Marín, Bernardo que tanto he querido, mano Marciano, la Lucinda, Genaro el del coche, mi muy querida Cliselda, el maestro Gordillo, la mi querida Josefa la hermana de El Chino, don Leopoldo, mi tia Toribia y la Toribia la madre de Juan y suegra de María José la hija de Gómez, José Cachimba, el tío Sánchez con el 'quinto' ganado a las cartas para la su Josefita, mano León, Garrío...

Pero, bueno, a lo que iba, al corral del Concejo, a los riscos Candilitos, a lo que fue mi infancia, a marro, a herreritos nuevos tenemos, a la fragua, a las visitas a mano Alonso el latero (“dice mi madre que me arregle usted esta pitera de la vasija de la vecera“, “¿esta pitera?”, bramaba y allí temblaba el misterio) a los brembos que empleábamos jugando al mico, a las sillas viejas que llevábamos a quemar en las Candelas, a José Malpìca a quien tanto quiero y no me averguenzo de decirlo una y otra vez, a los recuerdos de la maestra Cloti en las comuniones, a la leche y la mantequilla donativos del pueblo americano... y prietas las filas en aquellas escuelas en que brillaban los Papas que pintaban Juan Cuenda y Juan García -ante la atenta mirada de don Simón- que luego se me fueron por el mundo, ellos mejor que Francisco y Luis, mis hermanos (¡Dios, si lo hay!) parte de mi vida, de nuestras vidas. Y el bramar de Alonso el Latero (“¿esta pitera dices, Manolito?”)... Sí, esta y todas estas piteras.

Miles de golondrinas, mientras, han tomado la calle El Medio como pista de aterrizaje y suben y dan la vuelta y bajan por la calle Arriba, pasan el Llano Marín y se van al paseo y luego otra vez enfilan la calle El Medio, en busca del Castillo y se topan, sin esperarlo, con el corral Concejo. Este es mi pueblo, -que no me digan otras cosas, que no me griten, que me dejen- esta es mi infancia, esta es mi gente, aquí quiero que me entierren, sólo esta es mi patria...

viernes, 2 de julio de 2010

Manolo: Balor, boluntad y buevos



Dice y canta el poeta Joaquín Sabina que “en 'Kamala' comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Pero no le ha hecho caso Manolo Cerebro Vicente González, porque quiere tratar de volver una y otra vez a León, a Malasaña y a Badajoz, sobre todo a Badajoz, donde se inició la gestación de su 'Regreso a Vadinia', la novela que publicó hace unos meses la Editora Regional de Extremadura y que ahora acaba de presentarle en Badajoz su paisano, ese lujo llamado Julio Llamazares. A Manolo sigue gustándole volver al lugar en que ha sido feliz, como en Vadinia, ese territorio semiimaginario en el que el entonces joven futbolista del Castilla se curtía mientras una dama le sorbía el seso y el sexo, todo ello de modo imaginario (Dios nos libre de maledicencias), claro está. A la sede del MEIAC en Badajoz acudimos en la noche de este jueves un puñado de amigos y admiradores, algún militante deportista como Paco Herrera, no pocos escritores y algún curioso que pasaba por allí, como se dice mucho ahora en los libros y en la vida. A Manolo Vicente lo retrató a la perfección Julio Llamazares, quien dijo que a ver si nos ponemos de acuerdo de una vez en si llamarle Manolo Vicente o Manolo Cerebro o Cerebro González o como sea, porque aunque lo bautizaron Cerebro en Badajoz (citó a don Apolonio, pero en realidad fue Enrique García Calderón quien lo rebautizó de esa manera tan acertada), la verdad es que hoy se le llama de todos modos, que si Manolo Vicente, que si Manolo Cerebro o que si sólo Cerebro. No comentó en su intervención Julio Llamazares nada de su reciente artículo en El País en que habla del fútbol como paradigma de las tres B que hay que echarle: Balor, Boluntad y sobre todo Buebos, que fue lo que le echó el futbolista Anselmo protagonista de la novela, que no era otro que nuestro Manolo autor confeso del 'Regreso a Vadinia', esta historia que nos ha permitido confirmar a un buen escritor. En la presentación Julio Llamazares colocó en la mesa presidencial dos elementos imprescindibles en la vida de Manolo Cerebro, un ejemplar del libro y un balón, más que nada una bola del mundo. Y, como es de rigor, los intervinientes en esta calurosa tarde le echaron al asunto Balor, Boluntad y Buebos. Lo mismo que ha hecho en su nuevo libro Manolo.



miércoles, 23 de junio de 2010

Del Wellington a la 2ª B




Imágenes de la celebración del ascenso el 16 de mayo de 2010

Soy uno de aquellos jóvenes (de entonces, ahora algo menos, pero animoso y entusiasta con su vida) de la generación del pub Wellington y de la discoteca Fashion, aunque en esta entré pocas veces. Curiosamente he vuelto al cabo de los años a lo que fue discoteca y hoy es academia... a hacer un curso del Windows Vista, que de poco me sirvió porque fue apresurado y a salto de matas y además el Vista es un rollo moruno (¡uy!, perdón por lo de moruno). También de mi época gloriosa eran, más o menos por este orden, los billares del López de Ayala, su terraza, los bailes que organizábamos los alumnos de Magisterio (año 1967 quizás) en lo que hoy es el ambigú del López o en la Casa Regional de Valencia que estaba en la calle Primo de Rivera (joder con la memoria histórica), las primeras figuritas de mazapán navideño compradas en casa Alba, las cañitas con patatas fritas en el Club Cacereño (cerca de lo que hoy es El Arrabal) los calamares en Los Corales, más cañas en Los Gabrieles o en Las Lanzas, los churros en el Saymu, los paseos en San Juan con los libros bajo el brazo haciendo el papel de sobaquillos ilustrados, las tostadas en la cafetería Veracruz del industrial Camacho hermano del que fue coronel del Castilla Juan Camacho Collazo, la asistencia emocionante a ver la película Helga en el Cine Pacense, una media ración de mejillones en El Sótano (“oiga, ¿usted sabe lo que vale eso?” -nos dijo adusto el dueño, mirándonos de arriba abajo-, “sí, lo sé, y lo voy a pagar”). También de mis tiempos eran una cena apresurada a base de judías verdes revueltas con tomate y huevo o unos riñones al jerez en “El 101” de toda la vida, soy de los que fueron en marcha silenciosa desde la Escuela de Magisterio en la Avenida de Colón hasta los almacenes David en la calle La Sal a comprarnos una gorra hasta que nos paró la secreta y le pidó el carnet a unos cuantos (amigo, ahí al lado estaba calentito el mayo francés del 68 y 'El Pardo' era 'El Pardo' y don Benito Mahedero se descojonaba y doña Carmen Álvarez-Arenas nos reñía porque tuvo que ir a Comisaría a sacarnos de allí. Aún recuerdo la cara del dueño de Almacenes David cuando despachó unas treinta gorras en un momento, ¡qué tiempos aquellos en que él vendía camisas de cuadros de idéntica tela a la de los manteles en los que Antonio nos “echaba” la comida en “El 101”!) o vendía blusones como los de los turroneros de Castuera o trajes de época como los del Charleston y los de la película Bonny and Clyde.

En el pub Wellingtom de Carlos Uriarte entré muchas veces, antes de los años 80 creo, hace nada menos que tres décadas. Café irlandés, quizá Larios con Naranja, algún San Francisco... y muy buena música con un organista portugués que me mantenía embelesado mientras tocaba y al que yo le pedía 'Noches de blanco satén' o 'La casa del sol naciente' y el tío lo bordaba. Y lo que iba a contar es que soy de los pacenses que hemos conocido de cerca a Carlos Uriarte, un personaje ciertamente curioso que no se sabe cómo apareció en Badajoz y que a mi y a toda la patulea que por aquellas fechas poblaba la Redacción de HOY (digo bien, poblaba) nos presentó José Manuel Requena, un periodista de raza, un murciano que también cayó por aquí de extraña manera, que tras sentar cátedra y marcar una época en el periodismo deportivo acabó casándose con una pacense y emigrando a trabajar a Sevilla, más cerca de su tierra murciana. Requena era el alma del deporte de la calle en Badajoz y eran sonadas sus crónicas, sus amores y desamores con Carlos Uriarte o con aquel entrenador que se llamaba Juan Manuel Tartillán, que tampoco puedo imaginar por donde andará ahora. Con los dos se pillaba Requena unos rebotes monumentales y era raro el día en que desde el viejo periódico a siete columnas y desde el nuevo a cinco columnas no aparecía algún titular de aquellos de “Tartillán deshoja la margarita” o “Quetglas fue cazado de copas cerca de la medianoche”. O, después, la famosa osteopatía de pubis de Diego Román, pero entonces Requena ya había volado y el club estaría en manos de Folgado o de Castillo o de Berna, no recuerdo de quién de ellos.
Todos esos recuerdos se me han agolpado en la tarde-noche del 16 de mayo, cuando el Badajoz ha logrado el ansiado ascenso a la Segunda B, con lo que se sitúa en eso que pomposamente se llama la categoría de bronce del fútbol nacional. Me he llegado hasta la fuente y he recordado una fiesta similar cuando le pedíamos a aquel simpar alcalde “Manolo, haznos olímpicos”. Me han venido al recuerdo las lágrimas de Manolo Rojas el año que no se pudo ascender y la alegría desbordada cuando el ascenso sí llegó. Y he visto en la fuente, en la tarde noche de ese hermoso domingo de mayo, la alegría desbocada de quienes ponen en el fútbol su máxima ilusión en tiempos de crisis, en tiempos jodidos en los que tan necesario se hace aferrarse a una clavo de ilusión, a algo que nos permita salir a la calle y echarnos la bandera de un club al hombro y jalearnos, y rociarnos de agua, y que corra la cerveza o corra el vino, aunque sea por algo tan prosaico como un balón redondo que quiere entrar a la portería unas veces sí y otras no.
No lo he visto entre la multitud que se dio cita junto a la fuente pero por allí debía estar el espíritu de Carlos Uriarte y de todos los que han sido algo en la historia del C.D. Badajoz, de los que han corrido en el césped, de los que han peleado en los despachos, de los que han sudado unas y otras camisetas, para hacer que este sueño de cientos de aficionados se haga realidad. Aunque la realidad no permita que todo sea un camino de rosas, de éxitos... algo habrá que celebrar y, ¡ que nos quiten lo bailao!

(Publicado en la Revista oficial de Ferias del Ayuntamiento de Badajoz, Junio 2010)

jueves, 3 de junio de 2010

REal REsaca













En las inmediaciones del lugar del majestuoso desfile había escenas como estas. Forman también parte de lo que badajoz vivió ese día. FOTOS: MANOLO LóPEZ


Era lo que daba de sí el día. ¿Qué digo el día?, ¡las semanas y los días! Todo el tiempo que fue necesario para llegar después a esta REal REsaca de la que Badajoz tardó apenas un par de días en recuperarse. Menos mal que Badajoz estaba guapa, con sus miserias. Y que al menos se dio la imagen de ciudad moderna, con sus inconvenientes, con un despliegue de vigilancia que podía parecer exagerando pero que a lo mejor era necesario. Muchos se despacharon a gusto con las protestas, haciendo protagonistas a quienes a lo mejor no merecían el descalificador silbido. Pero esa es la grandeza de la democracia. Que admite a todos incluidos quienes no piensan como nosotros. Con estos mimbres, Badajoz vivió un día de sol espléndido y calor agobiante, que se tradujo en largas colas en los asadores de pollos y en los bares, en muchas casas en las que los responsables del avituallamiento se quedaron ante la tele o en el desfile en vivo y en directo con lo que el personal hubo de conformarse con apurar los restos de la nevera y pensar en que ya vendrán tiempos mejores.
Lo menos bueno del caso es, como han destacado varios lectores de la prensa local, que han de venir el rey y su corte para que la ciudad coja el tono de la limpieza que tanta falta le está haciendo. O que al menos lo coja en las zonas afectadas por los desfiles militares y los controles de policía. Porque hay otras barriadas de la ciudad que no se han visto beneficiadas de la febril actividad limpiadora de los últimos días. Tan sólo un par de días antes del desfile, el viernes, muchos contenedores de Sinforiano Madroñero estaban a reventar de basura poco antes de las 9 de la mañana, que no es hora de que estén así. No sé por qué cuando vi una de las fotos del HOY sobre la recepción del rey en el Palacio de Congresos me saltó de inmediato a la vista una de las fotos, la de el rey hablando con el concejal de Limpieza, Antonio Ávila. No sé si su Serenísima Majestad le estaría recriminando o preguntando. “Concejal, ¿cómo tienes tan limpia esta avenida?” Supongo que al concejal se le subiría el pavo, que es lo que debe pasar en un caso así. Bueno, pues a hora a ver cuánto nos dura la REal REsaca, por lo menos en lo de la limpieza.

lunes, 17 de mayo de 2010

Badajoz: de cajas,cartones, cacas y ruidos, hasta el mismo moño






En las fotos, letrero en Chiclana advirtiendo contra los ruidos y recipientes de basuras doméstica e industrial situados en Conil. Dos buenos ejemplos para Badajoz.


Que a Badajoz le queda por aprenderlo casi todo en materia de limpieza urbana, de cacas de perros y de ruidos es algo que hasta los más tiernos infantes lo saben. Lo saben todos menos algunas autoridades y menos muchísimos vecinos guarrillos que tenemos en la ciudad y que nos obligan a que los demás vecinos paguemos por sus guarrerías y se las limpiemos. Por suerte, cada día se ve a mas propietarios de perros que van provistos de la bolsita recoge-mierdecillas, pero son más los que pasan olímpicamente y dejan que sus perros echen lo que tengan que echar allí donde se les antoja. El ayuntamiento ideó poner unos espacios en algunos parques, con más arena, para que así los perritos acudan allí a soltar sus excrecencias. Pero con eso no basta, porque sucede que muchos de esos sitios dotados de más arena son al mismo tiempo lugar apetecible para que los chavalinos de poca edad se metan a jugar con la tierra y con lo que se encuentren. Lo peor no es que esos lugares no se limpien bien por los servicios de limpieza; lo peor es que eso tampoco se hace en innúmeras aceras y paseos, donde uno no puede circular sin tener la precaución de mirar bien donde pone sus zapatos.
A esa basura de origen estomacal se une la otra, la de los cientos de papeles, cartones, latas, botellas, colchones, televisores (sí, sí, televisores) y un sinfín de cosas que los ciudadanos incívicos dejan en mitad de la calle. Hay algunas calles, además, que son modélicas de la guarrería, como mi calle, que para más inri se llama Agustina de Aragón, para mayor sonrojo de la titular de la calle que seguro la emprendería a cañonazos si descubre a los vecinos guarros-guarros. Hay puntos en nuestra ciudad de especial significación en esto de la guarrería urbana. Son los alrededores de algunos comercios que no disponen de recogida de basura comercial o pasan de ella. Hay zonas en las que los empleados de Limpieza pasan a media mañana recogiendo las basuras del comercio, especialmente cajas y cartones... porque hay comerciantes que aunque tengan cerca contenedores de papel, prefieren dejar en mitad de la calle sus cartones a la hora que les viene en gana. Ejemplo perfecto de esta desidia es la Avenida de Fernando Calzadilla (para mi que por el caos de tráfico y otras cosas debería llamarse avenida de Fernando Pesadilla), en la que ni por asomo se ve a esas horas presencia policial que ponga un poco de orden y por fin haga realidad esa promesa de las multas cuantiosas que tanto estamos esperando y deseando que lleguen.
En esta avenida, en sus dos aceras cerca del cruce con la autovía, hay verdaderas competiciones diarias a ver quién deja más cajas de cartón en mitad de las aceras. Nada de policía por aquí, nada de policía por allí, caja y cajón que van a la calle... Hace unos días he podido fotografiar en Conil unos curiosos artilugios, verdaderas cajas de camión listas para recibir basuras de comercios. No había ni un solo cartón ni papel en las immediaciones. Si ya una vez recomendé al concejal Ávila que se acercase a Zamora a ver la limpieza de las calles, ahora le recomiendo ir a Conil, por si le puede apretar las tuercas a la nueva concesionaria del servicio de Limpieza y exigirle que coloque en puntos estratégicos de las barriadas y del centro puntos de recogida de mierdecillas de estas.
Y ya, aprovechando que estamos por la costa gaditana, no puedo resistir la tentación de traer también un aquí un cartel que me he encontrado en la playa de La Barrosa, en Chiclana de la Frontera. También muy apropiado para Badajoz. Allí hay nada menos que un plan de Andalucía para luchar contra la contaminación acústica, que sería muy apropiado aplicar en Badajoz, una ciudad que parece reacia a colocar cartelitos de estos en diversos puntos, en aquellos que es necesario recordarle al personal varias cosas. A saber: que no ensuciemos, que no seamos guarros y que no hagamos tanto ruido, sobre todo ahora que viene el buen tiempo y apetece descansar con las ventanas abiertas, por las que algún día se nos va a meter una moto escandalosa o alguno de los aviones de la Base Aérea cuando andan haciendo maniobras. Porque lo que es el supuestamente ensordecedor ruido del AVE (que no es tal, que lo sé, que lo he oido), por ahora y por mucho tiempo, no lo vamos a tener, mireusté.