lunes, 26 de junio de 2017

Huir de la feria de Badajoz escapando a Rusia
















No es normal hacer 4.307 kilómetros para ir a quitarse los espinos hasta San Petersburgo, volviendo por Moscú, con el pretexto de escapar de los ruidos de la feria, la muñeca chochona o los mosquitos

Cuando salía de los baños del Museo Ermitage, para reunirme con el resto del grupo que me esperaba, fui arrollado por una muralla de chinos que me llevó hasta las puertas por las que no debía salir. Y me perdí.

En San Petersburgo y Moscú, allí donde se encuentra una puerta hay casi siempre una cola de gente esperando entrar. En la mayoría de los casos son chinos.



A los pacenses se nos critica, y con razón, que cometemos el pecado de dar la espalda a la feria de Badajoz. La época es la ideal para buscar por primera vez en el verano de cada año las playas, el sol, las primeras sardinas asadas junto al mar, el aire libre... No se escapa en estos días de la ciudad todo el mundo y prueba de ello es que la feria no languidece y parece que se da un cierto resurgir cada año con experiencias como la feria de día, que ciertamente viene amenazando la continuidad del recinto ferial o al menos restando mucha afluencia, porque la gente de más edad (la gente de bien, la gente de orden, se decía antaño quizás en un modo equivocado de entender el bien y el orden) preferimos no tener que agarrarnos al volante para desplazarnos al recinto, donde también tenemos entre otros enemigos a los mosquitos.
Amparándonos en ese pretexto, el de salir a dar una vuelta a ver mundo en estos días previos a la feria, un grupo de ocho pacenses de residencia (aquí pacemos, aquí vivimos todos) nos liamos la manta a la cabeza y fuimos a quitarnos los espinos más allá de los Pirineos, para meternos en las tierras ignotas y temidas de la Rusia imperial, la de los zares, la del mujik loco Rasputín, la de la remota e ignorada Estepa, la de la temible Siberia, la del Gulag, la zarandeada con la perestroika y la del telón de acero... Conste que los ocho aventureros (Antoñita Mastro, Ana María Camacho, Maty Clemente y Teresa Sanjuán -las damas primero, somos muy educados- a la par con Eduardo, Paco, Carlos y Manolo, este último en funciones de cronista) inciamos la andadura como mandan los cánones, saliendo de Badajoz y regresando a la ciudad sanos y salvos, después de haber enterrado muchos tópicos en la Estepa rusa, en las increíbles calles, en los escuetos paisajes, en sorprendentes iglesias y centros de culto religioso, en hoteles espectaculares, en barrios marginales y bloques-dormitorio, llenos de casas viejunas.
En todo caso, no es normal hacer más de 4.300 kilómetros para ir a quitarse los espinos hasta San Petersburgo, pasar allí tres días volviendo en un tren nocturno hasta Moscú y permanecer en la capital rusa otros cuatro días con el pretexto de escapar de los ruidos de la feria, la muñeca chochona o los mosquitos de la feria de Badajoz.


No se lo creerán en Badajoz


"Cuando cuente yo esto en Badajoz no se lo van a creer", nos decíamos, aun siendo conscientes y admitiendo que no somos los primeros ni mucho menos seremos los útimos españoles o extremeños en llegar hasta aquellas tierras. El cronista que suscribe, el que siempre iba el último andando por las calles, el que se perdió a la salida del Ermitage, no viene ahora a descubrir nada, solo a acompañar con letras unas imágenes espectaculares de esas que se quedan grabadas para siempre, que hay que ver en persona y no sólo de otra manera, ni televisión ni fotografías ni cine; en persona. Así es la Rusia de hoy que un grupo de pacenses hemos conocido. Hay que verla en el sitio, hay que estar allí, ser reprendido en las iglesias en las que unos extraños clérigos ortodoxos  (hay en Rusia más de 80 millones de seguidores de la iglesia católica apostólica ortodoxa) imponen respeto con su sola presencia, en las que pululan unas mujerucas con la piel blanquísima y escondidas tras mantujos negros y que ordenan compostura al viajero, a quien hasta a ponen a la cola en las ceremonias religiosas para que participen en sus extrañas "comuniones" (alineadas, decorosamente vestidas, con un velo cubriendo la cabeza y un faldón para las piernas. La comunidad religiosa proporciona velos y faldones). A las mujeres de este grupo y al varón más creyente los enfilaron hasta hacerlos ir a recibir una especie de óleo administrado con un pincel y a comer un pan colectivo.
Pero pensar desde la distancia en Badajoz, en el Polígono La Paz, en San Roque o en la barriada de la Estación o Santa Marina se antojan allí un sinsentido si lo comparamos nuestra civilización occidental y aspiramos a buscar coincidencias con las gentes y los hábitos del extenso país en el que 150 millones de habitantes soportan todo el peso de su historia.


El Pio Lindo en San Petersburgo


Aunque a más de 4.300 kilómetros de distancia es difícil imaginar presencias de paisanos, hay que hacerse a la idea de que tratándose de extremeños eso es posible. Así, en la fria noche del 23 al 24 de mayo el grupo esperaba ante las puertas de acceso a los andenes el tren Flecha Roja, con literas, que habría de llevarnos desde San Petersburgo a Moscú, recorriendo unos 650 kilómetros.  Ya había anochecido y se aprestaba a empezar su periplo una de las noches blancas que se dejan caer sobre estas zonas, una de esas noches en que una luz blanquecina se apodera de las penumbras buscando causar el insomnio en el caminante (el eslogan dice que "Moscú es la ciudad que nunca duerme"). Ni los pájaros se espantan porque yo creo que aquí apenas si los hay, salvo las palomas pertinaces. A ellas se añaden una especie de grajos, pajarracos de mal aguero que abundan en parques y jardines. En medio del silencioso jaleo de la estación de tren, el jolgorio del grupo pacense de ocho viajeros y un par de guías se vio interrumpido con la llegada de una pareja de pacenses, el matrimonio formado por Sarai Castro y su esposo Lemuel Cordero. Este, diplomado en Empresarales por la Universidad de Extremadura, regenta una pollería en Badajoz, 'El Pío Lindo', en la calle General Palafox, a donde pueden ustedes ir de parte mia y les harán un buen precio, el que marcan los carteles. Ellos iban, como nosotros, hasta Moscú. Lemuel es viajero impenitente y según me ha demostrado, un gran fotógrafo. Con sus conocimientos de inglés, se organizó el viaje por su cuenta y allá que se fue. Volvió sano y salvo con Sarai justo a tiempo de incorporarse a su trabajo diligente, como todos los días, en la pollería. Fue una grata alegría para los otros ocho pacenses que jaleamos su presencia. Cientos de chinos, varios policías rusos con espectaculares uniformes y apabullantes gorras, vigilantes de diversas partes, otros viajeros, otro centenar de chinos más, no comprendían a qué venía tanto alboroto y nos miraban con cara de asombro cuando jaleamos a 'El Pío Lindo'.

Motos atronadoras


Para los que a menudo nos quejamos de los ruidos que padecemos los seres humanos ciudades como San Petersburgo y Moscú serían un remanso de paz si no fuese por las embestidas que dan coches y motos a nuestros oidos. Son habituales ya los ruidos de las motos acelerando, con escape libre, lo mismo que los de muchísimos coches de alta gama que se ven en Moscú. Hemos preguntado extrañados por las carreras de coches que se ven en las principales avenidas y nos han dicho con mucho humor que sí, que hay limitación de velocidad, a 60. Es un chiste que quisieron contarnos, porque aunque se ven las señales, uno se juega la vida en los semáforos y en los pasos de peatones, en los que los conductores más atrevidos se disputan el primer puesto de las hipotéticas carreras.
Eso sí, es muy difícil ver una pintada, las calles aparecen inmaculadas de papeles o colillas, no hay cacas de perros (hemos visto pocos animales domésticos, algún gato despistado) hay abundancia de policías locales y estatales. A la hora de dar consejos a los turistas nos dijeron constantemente que mantuviéramos el ojo avizor ante los carteristas, que abundan en muchas zonas como por ejemplo dentro del increíblemente bello Metro de Moscú en cuyas estaciones vuelan unos trenes no muy nuevos, dicen que en ocasiones a más de 200 km. hora de velocidad.
Otro lugar en el que hay que tener especial cuidado con las carteras y los bolsos es dentro de los autobuses urbanos y en general en todas las aglomeraciones, que son muy frecuentes y abundantes, lo mismo que las colas para entrar a cualquier sitio. Porque en Rusia, allí donde hay una puerta hay una cola.

La marea china


Lo que sí abundan en estas ciudades son los turistas, especialmente los chinos. Parece mentira que pueda haber tanto chino suelto (es un decir, porque van bien organizados acompañados de guías) en museos, calles, metros, tiendas, parques... en cualquier rincón de la Federación rusa en el que quepa un alfiler, allí habrá un chino. Y van siempre con prisas, jaleándose unos a otros. De sus atropelladas carreras a las entradas y salidas de lugares de mucho tránsito doy fe porque cuando me disponía a salir de los baños del Museo Ermitage para reunirme con el resto del grupo que me esperaba fui arrollado por una montaña de chinos que me llevó hasta las puertas por las que no debía salir, sin que pudiera hacer nada. Me llevaron en volandas hasta las zona del obelisco contraria a la parte por la que me estaban esperando y si no es por Carlos Roncero, alma y factotum de esta expedición, estoy todavía dando vueltas por las inmediaciones, rodeado por la marea china que ora me arrollaba, ora me abducía y no me dejaba ni llamar para pedir socorro. Como pudieron comprobar en múltiples momentos Eduardo Gil y Paco Posadas, mis otros acompañantes varones, aquella tarde hube de repetir en numerosas ocasiones, "Señor, ¡qué cruz!"

(Publicado en la Revista oficial de Feria y Fiestas del ayuntamiento de Badajoz en junio de 2017)

La broma del banco del alférez

Corría el último tercio del siglo pasado y el aquí firmante cumplía el servicio militar obligatorio (no se olvide este matiz). Llegamos exhaustos a la estación de Renfe en Badajoz tras un interminable viaje en tren desde el Obejo viejo, donde los parias nos habíamos curtido tras un julio y un agosto horrorosos. Y al llegar al cuartel del Castilla 16, en la explanada de la Plana Mayor, los veteranos del lugar nos esperaban para holgarse con los reclutas que teníamos por delante aún un año interminable. Frente a la Compañía de la Plana Mayor, al lado de la Unidad de Destinos, lucía esplendoroso el banco del alférez, con su cartel de “prohibido sentarse”, recién pintado. A nadie se le hubiera ocurrido dejarse caer sobre aquel desvencijado banco (se dice así, ¿no?). El hecho es que en cuanto un recluta mostraba su desorientación en aquella explanada acudían un par de veteranos, con sus galones de cabo, y le hacían ponerse firme y sentarse con el petate en aquel banco maldito, recién repasado de pintura. Sólo consiguieron convencer a uno de mi quinta para que se sentase y lo hizo en medio de las risotadas de los “abuelos”, los próximos a licenciarse. Días después, ya con calma, entenderíamos bien lo que subyacía tras la orden que según dicen (¿o era un chiste malo?) debió dar algún alférez que ordenó pintar el banco y prohibir que se sentaran, para salvar los uniformes de la pintura.
Aquella explanada del Castilla 16 queda aún en mi memoria, como el Llano Amarillo de Córdoba, como quedan las horas de los dos viajes, de Badajoz a Obejo y el de vuelta, en un tren cochambroso y tercermundista lleno de soldados que tiraban a los campos el picnic con los huevos duros y las latas de foie-gras, entre risotadas, logrando acertarle a alguna vaca o alguna mula vieja que con parsimonia y la cachaza de los animales en el campo veía pasar aquel tren lleno de locos vociferantes.
Hoy ya casi no hay mili, no hay reclutas incautos, no hay banco del alférez, el pasto y la desidia se comen los barracones y las explanadas del Castilla 16. Y el tren, ¿y el tren?

(Publicado en la edición impresa de HOY el vienes 23 de junio de 2017)

miércoles, 31 de mayo de 2017

Parejas y tríos inseparables

Son parejas aunque se me deslice algún trío. Las asociamos en nuestra vida diaria con cosas que están siempre a mano, como el tenedor y la cuchara, la sal y el vinagre, la leche y el azúcar, el urbanismo y la corrupción, el paseo del Guadiana y los patos, el ferial de Badajoz y los mosquitos, el Guadiana y el nenúfar mexicano, algunos políticos y algunas prisiones.
Parejas y tríos inseparables, pero que conste que sólo eso, parejas y tríos. Ahí van: Soto y del Real; Fortunata y Jacinta; Crimen y Castigo; Isabel y Fernando (tanto monta...); Marta y María; Casta y Susana; Herta Franklin y la perrita Marylin; Crtimen y Castigo; Goliath y David; Ortega y Gasset (¡); Manolo Cañada, Alejandro Nogales y Pedro Escobar (el bueno, el feo y el malo); Ibarra y Fuentes; Roberto Alcázar y Pedrín; Rinconete y Cortadillo; Rómulo y Remo; Calila e Dimna; Daoiz y Velarde; Dolores Abril y Juanito Valderrama; El Gordo y el Flaco; Víctor y Ana; Espoz y Mina; Blas y Epi; Popeye y Olivia; Rubén y Darío; Tizona y Colaca; Guerra y Paz; Matilde, Perico y Periquín; Pedro, Pablo y Wilma; Menéndez y Pidal; Gabriel y Galán; Ana y los siete; Joaquin Prat y Laura Valenzuela; Alaska y Los Pegamoides; Tintín y Miló; Micky y Los Tonys; Gene García, Tony el Mugriento y Los Inlavables; Monago y Celdrán; Sal y Pimienta; Agua y Ajo; Sansón y Dalila; la Cigarra y la Hormiga; Ásterix y Óbelix; Blancanieves y los siete enanitos; la Bruja y la Escoba; Azúcar Moreno; Bonnie and Clide; Judas Tadeo y Judas Iscariote que dicen que fue el traidor; Corruptos y Corruptas; la Bella y la Bestia; la Luna y el Toro; la Zorra y las Uvas; Franz Johan y Gustavó Re... y así una prolija relación que el lector avisado puede completar añadiendo cuantos nombres estén en su mente, reales o imaginarios.

(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 19 de mayo.
Después de publicado me di cuenta de que se me habían olvidado parejas singulares como Zipi y Zape, las Hermanas Gilda y Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio).

domingo, 23 de abril de 2017

Entrañables imágenes de la desidia

Unas bonitas imágenes de situación de cables y cajas de registro de la luz en calles de Badajoz. El servicio de suministro de luz es de Sevillana Endesa.













Por si no tuviéramos bastante con que al caminar por nuestras maltrechas aceras corramos el riego de que nos caiga encima la cagadita de alguna de las miles de palomas que asolan Badajoz, a ello hay que sumar el riego de que nos lluevan en la cabeza voltios y chispas de los cables de la luz que del modo más desdordenado imaginable han sido depositados como reliquia en las fachadas de nuestras calles. Esta proliferación de cables y cajas de luz al descubierto es una muestra más de la desidia y voracidad con que nos obsequian las compañías eléctricas, en este caso Sevillana o Endesa, que no tienen recato alguno en hacer públicos -debe ser que están obligadas a ello- los millonarios beneficios que consiguen de año en año. Endesa reconoce que en el 2015 aumentó beneficios hasta llegar a 870 millones de euros superando las previsión de ganancias, que eran de 761 millones. En el año 2016 la suministradora elevó un 30% el beneficio neto de 2016 llegando a los 1.411 millones y espera ganar yo qué sé cuántos millones de euros en este año 2017. Mientras, podemos repetir el ejercicio que a diario hace Joaquín Larios, un pacense observador que me hace ver el riesgo que vuela sobre nuestras cabezas. Él pasea y mira las cajas y los cientos de cables pelados al descubierto, hace cábalas sobre las chapuzas que padecemos y, como yo, se lleva las manos a la cabeza y a la cartera al ver las instalaciones tercermundistas que va dejando la cada días más enriquecida Endesa, que no tiene reparo en mantener líneas cochambrosas, no atendiendo bien a pueblos que se quedan a oscuras con los vendavales de invierno o cuando caen cuatro gotas.
La culpa, seguramente, no es de ellos, sino de quienes se lo permiten. (Ahora, señores políticos y técnicos responsables, acudan a lavarse las manos. Aquí, mientras no salga un día ardiendo medio Badajoz, todo esto seguirá igual). A vé...

(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes 1 de mayo de 2017)

viernes, 31 de marzo de 2017

Hormiga exploradora municipal




Allí al fondo los operarios se afanan para que marche bien el semáforo y para adecentar las ramas del naranjo, y eso que no estamos en época de elecciones. (Fotos: M. LÓPEZ)



Hasta ahora, a mis años, no he podido comprobar la veracidad de cuanto se dice de la hormiga exploradora, un animalito que acabo de descubrir en el garaje de mi comunidad. Salen a la hora más inesperada, recorren el terreno, toman muestras de lo que encuentran, yo creo que hasta hacen fotos con sus móviles y elevan informe a la superiodad, que es la que decide el ataque feroz. Algo de esto estará pasando ahora en Badajoz, porque acabo de descubrir a dos cuadrillas municipales, una cerca de la Delegación del Gobierno tapando huecos en las baldosas y reparando acerados junto a lo que era la Cámara de la Propiedad Urbana y otra en la avenida de Villanueva, al lado de Mapfre, dándole un repaso a los semáforos y quizá de paso podando un poco los naranjos que no dejan a los automovilistas ver el ámbar, verde y rojo. Cuento mi batallita ahora: en mis tiempos iba un propio municipal con una moto mosquito tomando nota de los desperfectos que veía y “reportando” (así se dice ahora) a su capataz. Bastaba con un trio de trabajadores (una patruilla canina, pero en personas humanas) con una carretilla y unas herramientas sencillas para ir dejando calles, plazas, farolas, papeleras, contenedores y resto de mobiliario urbano en estado de revista. También iba un operario por las noches adecuando los contenedores para que cuando llegase el camión de la basura tuviese el trabajo más fácil.
Venían a ser como las hormigas exploradoras, pero yo ya no veo a esos funcionarios municipales haciendo ese trabajo tan necesario para que la ciudad no sólo parezca ordenada y limpia, sino que esté atractiva y guapa, como debe ser, como los contribuyentes que pagamos las impuestos queremos que esté. Y no solo en época de elecciones, sino también hoy y mañana y cualquier día de la semana. A vé...
(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 31 de marzo de 2017, página 3)

sábado, 4 de marzo de 2017

Badajoz 1967-2017: de vivir en una pensión a vivir ahora de una pensión








Las calles de mis dos pensiones, en Eugenio Hermoso (Las Peñas), y Bravo Murillo. Y otros rincones de nuestro paso diario. (Fotos M. López)

Los qué eramos unos jóvenes imberbes, que paseábamos por la calle San Juan hace 50 años y vivíamos en una pensión, somos los que ahora vivimos de una pensión


    No, claro que no es lo mismo ni parecido vivir EN una pensión que vivir DE una pensión. El tiempo ha corrido lo suyo, imparable. Los jóvenes casi imberbes que en 1967, hace cincuenta años, paseábamos fardando con los libros bajo el brazo por la calle San Juan y nos recogíamos a eso de las ocho de la tarde en nuestras respectivas pensiones somos los mismos que ahora vivimos mayormente DE una pensión. Había que recogerse a esas horas porque llevábamos a las espaldas siete u ocho horas de clase, pero sobre todo porque la patrona de nuestra pensión, que llevaba también muchas horas levantada, exigía que le cena fuese a las nueve porque ella también tenía derecho a descansar y llevaba todo el santo día aguantando mecha.  En la calle San Juan nos encontrábamos los alumnos de Magisterio, mezclados los cursos. Y estábamos los que eran de Badajoz, como mi entrañable Carlos Roncero y otros como José Antonio Rojas, Tony Méndez, José Antonio Márquez, y los de los pueblos, como mi paisano Juan Sanguino, Santiago Llorente Vera, José Luis Pulido, Pepe Hernández el Betis, Carlos Aldana, Agapito, Alonso Isidoro Frutos, Valeriano Santos... (como ven, nada de mujeres aunque por allí estaban Carmina, Angelines, Jacinta, Amparo, todas ellas hoy dignas y jóvenes abuelas) una mezcla variada de personas a las que la vida ha ido desperdigando y colocando en distintos lugares, a cual más separado. Aunque pesaban mucho los libros y los cuadernos, era muy poca la edad y podíamos superarlo, por lo que eran más las risas que los lamentos. En la pensión nos estaba esperando una tortilla francesa o una rodaja de pescado o tortilla de patatas... y tal vez una naranja o una manzana y los fines de semana un plátano.    Hasta la pensión llegábamos también con el temor a la ducha, porque al menos en los dos años que este estudiante estuvo de pensión en Badajoz ni un solo día salió agua caliente en la ducha. Así, le huíamos a la experiencia por la mañana y por la noche ya no había más remedio que colocarse bajo la cebolla y encomendarse a todos los santos. Gracias a eso los resfriados eran escasos o por lo menos no muy frecuentes.   La vida en régimen de estudiante en pensión tenía el aliciente de las reuniones de mozalbetes en la casa o en la pensión de uno del grupo. De las más gratas que podré recordar en mi vida están las que vivimos varios de nosotros en la casa de Carlos Roncero (en los grupos de la Soledad, donde hoy está el Banco de España, con su madre Eva Acedo a quien recuerdo ahora en estos días de enero, recién fallecida) o en la pensión de José Luis Pulido, en la calle San Pedro de Alcántara. En ambos casos buscábamos la proximidad de un examen para repasar y al mismo tiempo “repasarnos” el chorizo que aportábamos los de Salvaleón y la cerveza o el vino con que nos obsequiaba Carlos. En la pensión de Pulido, en la cama, hacíamos las láminas que nos mandaba don Isauro Luengo y gracias a la buena mano de Pulido íbamos aprobando todos, bien fuera pintando una oreja, una gamba gigante, el puente de Alcántara, un cántaro de Salvatierra, los pies de un romano con los dedos al aire y las chanclas abiertas...   Las dos pensiones en que viví en aquellos años estaban por la zona de San Andrés, en la calle Bravo Murillo y en la calle Las Peñas (Eugenio Hermoso), en los tiempos en que en la Plaza de San Andrés existía, boyante, el quiosco en el que podíamos cambiar las novelas ya leidas por otras sin leer, pagando una cantidad aceptable. En ocasiones en San Andrés vendían castañas. Había una farmacia con un señor farmacéutico temible (alto, enjuto, adusto, amenazante...) y allí tenían su parada los coches de viajeros que llegaban a dario a Badajoz desde mi pueblo, Salvaleón; Calzados el Barato, la iglesia, la tienda de los colchones y poco más. Por supuesto, nada del san Judas que ahora veneran los días 28 de cada mes, te digo yo lo que hay.   Por aquellos años de penuria una de mis patronas de pensión tuvo necesidad de ausentarse unos días (era de Almendral, se le murió algún familiar ) y a los pupilos nos encomendó ir a una casa de comidas que había en la calle y que ofrecía un menú que se nos antojó aceptable por cuanto suponía un cambio al diario, aunque no era ni mejor ni peor, sino todo lo contrario: o sea, igual. Era el café bar Ideal, comidas. En aquellos tiempos no había ni menú del día ni platos a elegir. Era la comida, sencillamente y sin más. Un primero, algo de segundo y un postre que podía ser una tajada de melón, una mandarina o un café. Lo más adorable eran los manteles de hule, a base de cuadros rojos y blancos y cuántas veces he lamentado no haber dispuesto de una cámara de fotos para haberlo inmortalizado para la posteridad. En otra de las pensiones, en la calle Las Peñas, la vida era más divertida. No teníamos televisión ni tampoco agua caliente, pero nos juntábamos tres estudiantes en una misma habitación y a nuestro lado en dos habitaciones convivían cinco fontaneros y escayolistas que estaban trabajando en los bloques de viviendas que en esa fecha se levantaban la barriada de La Paz. Juerguistas como ellos solos, regresaban del trabajo al anochecer cantando, satisfechos y felices … por tener trabajo.  Cerca estaba la pensión de María Arcos, en la calle El Tercio, de la que ya he hablado otras veces en estas mismas páginas de las revistas de Carnaval o del Ayuntamiento de Badajoz, mujer a la que recuerdo con entusiasmo como a sus hijas tan de mi pueblo y tan de Badajoz.  Por aquellos tiempos pagábamos en la pensión de la calle Las Peñas 60 pesetas al día, 30 por la estancia y 30 por las tres comidas. He de admitir que a veces le decíamos a la señora de la pensión que tal o cual día no íbamos a comer y al liquidar el mes nos descontaba el día que no habíamos comido... Mentira, con un bocadillo de foie gras de Apis y una naranja nos arreglábamos y esas 30 pesetas sabían a gloria para cañas en el Hogar Cacereño, en Los Gabrieles o en Las Lanzas donde una caña costaba dos pesetas... si es que se pagaba. Ni había carnaval ni atenciones a los otros amigos de los estudiantes que eran los perros y los gatos callejeros. Por la calle el Tercio y sus inmediaciones hay ahora hasta peluquerías de perros, como las que he podido fotografiar en estos días. Perra vida la nuestra, virgen santa, lo que hay que vivir. Menos mal que cincuenta años no son nada. A vé...

    (Publicado en la revista oficial del Carnaval del Ayuntamiento de Badajoz. Febrero/marzo de 2017)

Pato con naranjas de Santa Marina






Patos en las orillas del Guadiana y naranjas de la cáscara amarga en los naranjos de la Avenida de Santa Marina. Harían una buena combinación y nos quitamos patos y naranjas de una vez .
 (Fotos M. LÓPEZ)



A mis cortas luces se les ocurre aventurar (digo a las luces) que aunque no hay mal que por bien no venga, no es menos cierto que la ocasión la pintan calva. Viene esto a cuento de la oportunidad que tenemos ahora, con la abundancia de patos y patas, de sacarle partido a semejante patada. Personalmente no me gusta la carne de pato (esto tiene muchas lecturas, lo sé, pero paso de puntillas por el tema). Y si no me gusta a lo peor es que no me han educado culinariamente. Tampoco me gusta mucho la carne de pavo y el pollo, si hay que tomarlo, pues se toma. Y es que no es raro que a uno se le queden ciertas recetas pegadas al oido, como el confit de pato, el magret de pato, el pato pekinés, el pato con salsa de uvas (pasas o no pasas), el pato al champagne y... pato a la naranja. Aquí si habría un filón que en Badajoz bien podríamos explotar. Sabido es que en la ciudad abundan los naranjos, aunque son bravíos. Como consecuencia de esa bravura, cada temporada se pierden cientos de kilos de naranjas de la cáscara amarga, para las cuales no hay consumidores porque saben a rayos y centellas. Como quiera que en esa receta el pato va acompañado de brandy, limón, laurel, vino blanco y un montón de cosas más, el mal sabor de la naranja acabaría siendo devorado por el pato y los aliños, con lo que tendríamos una primera solución a la superpoblación de patos que le quita el sueño a nuestro alcalde y a los concejales antipatos. Porque lo de pretender que una empresa se los lleve para hacer “paté de pato del Guadiana” parece muy arriesgado, habida cuenta de que el foie gras sale del hígado de los gansos y a estos ejemplares del Guadiana siempre se les ha citado como patos y no otra cosa.
Ahora, con los patos del Guadiana y las naranjas de Santa Marina, salvando a los patos de Castelar, podremos hacer maravillas culinarias. Un filón, a vé...

(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 3 de marzo de 2017)