jueves, 5 de octubre de 2017

A eso se le llama desidia municipal






(La primera foto, daños y vallas en la calle Fernando Castón. En la segunda, la valla que ha cumplido ya medio año plantada en la calle Hermanos Carrasco Garrorena. En la siguiente, losa metálica en la Avenida de Santa Marina parcialmente protegida por una valla que han colocado los 'mossos' de la Policía Local. Finalmente, imagen de los daños en uno de los aparatos de gimnasia del parque del Rivillas. Como puede verse, todo un panorama revelador de la desidia de nuestro Ayuntamiento. Fotos, M. LÓPEZ)


Este jueves se celebra la llamada 'luna de la cosecha de octubre' y sigue sin llover. Y no llueve aunque estamos en la feria de Zafra. Este jueves seguiremos sin tren rápido y sin AVE y si alguien no le pone remedio hoy, estará en pie la misma valla que está plantada en una calle de Badajoz hace ya medio año. Una valla obstaculizando el tráfico en la calle Hermanos Carrasco Garrorena. Como otra situada en mitad de la acera de la avenida Santa Marina, queriendo proteger a los peatones de una losa metálica que tapa un agujero hace casi medio año. A esto se le llama, en román paladino, desidia municipal. Señor acalde, ahora que remodelará su equipo de gobierno por la dimisión de una concejala, aproveche. Agarre el toro por los cuernos y nombre de una vez un concejal de las tonterías. Para que se ocupe con un par de cuadrillas (con una carretilla, unos alicates, unos alambres, unos cubos de cemento, varias baldosas, yo qué sé...) de que vayan tapando los miles de baches de nuestras calles, quitando las baldosas rotas y reponiéndolas, arreglando las farolas que tienen los cables sueltos y al aire, reponiendo las papeleras que han sido descuajadas de sus anclajes por los vándalos que a buen seguro sus 'mossos' municipales saben quiénes son... Ahora es el momento en que todos nos paremos a pensar en qué buenos vasallos seríamos si hubiera buenos señores, trayendo a la actualidad la leyenda que se cuenta de la osadía de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. Hoy estamos dominados por la mansedumbre, gobernados por pusilánimes, barridos por los prepotentes de arriba, hoy todo es agachar la testuz y soportar promesas (sobre nuestro AVE y nuestros trenes rápidos, por ejemplo), hartos de ver cómo los dineros públicos no se destinan siempre a cumplir sus fines. A esto que los vasallos estamos soportando se le llama mansedumbre. Lo que algunos mandatarios ejercen es desidia. Y debería acabarse tanta mansedumbre aquí abajo.
(Publicado en la edición impresa de HOY el miércoles, 4 de octubre de 2017)

viernes, 22 de septiembre de 2017

El aceitunero del parque de Las Moreras




(Persiste y aumenta la invasión de patos en el que podríamos llamar Parque de Las Moreras. Al menos a mi, tamaña cantidad de patos ya no me hace tanta gracia. En la segunda foto, los olivos de Santa Marina, en los que se aventura también regular cosecha, aunque no llueve. Buen punto para cargar de aceitunas y aliñarlas en casa. Y por fin, en la tercera foto, la valla que han colocado los "mossos" de Badajoz para protegernos de esa losa que lleva meses tapando un agujero en Santa Marina y que ha originado protestas en los paseantes. Fotos, M. LOPEZ)




¡Qué bien lo describió Miguel Hernández! Hablaba de los aceituneros altivos, decidme en el alma de quién, de quién son estos olivos. Y como resulta que lo que hay en España es de los españoles (excepto lo que ustedes y yo sabemos y yo no quiero mentar) pues digo que resulta que los olivos que aún están en pie en lo que antes eran Las Moreras, allá por el camino viejo de San Vicente, junto a la calle de las Lavanderas de Botoa, ha venido a ser ahora el parque del río y en él hay algunos olivos a los que un avispado ciudadano de Badajoz acude a estrujar las aceitunas. Provisto de las lonas oportunas, con un varal de los de verdad, no un palo de fregona, varea como puede las aceitunas y se las lleva, no sé si para vendérselas a Pepe Aguedo o para aliñarlas con cuidado en su casa y prepararse unos curiosos aperitivos. En este año con esta sequía que tan mal viene para las aceitunas y la bellota, es enternecedor -así lo vería Martínez Mediero- que un sujeto se vaya con la bici y el saco y las lonas a ordeñar los olivos mientras los jubilados del Imserso que todo lo invadimos andemos por allí como que haciendo deporte, esquivando los picotazos de los patos o las ocas o la madre que los trajo. Hace años un ciudadano semejante a este rebuscaba las aceitunas en los olivos de la Avenida de Santa Marina, que este año también traen su cosecha. Esos olivos están cerca de la plancha que tapa un agujero insoportable en mitad de la dichosa avenida, una losa que sigue ahí y que un empedernido escritor de cartas a HOY, José Luis Martínez, ha denunciado y lo más que ha logrado es que los 'mossos' de Badajoz le hayan colocado encima una valla que debe llevar ahí más de un mes y lo que le queda. Patos, aceitunas, sequía, 'mossos', vallas, nenúfar, camalote... y sin el AVE ni el tren digno. Esto es Badajoz, es lo que hay, a vé...

(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes  18 de septiembre de 2017)


viernes, 15 de septiembre de 2017

Las gaseosas y el paripé



(Arriba, vistas del paseo del Guadiana. Detrás está la verguenza del camalote y el nenúfar mexicano. Fotos, M. LÓPEZ)

Que sí, amigo Carmelo Sayago, que te tengo dicho que no te saltes las normas de ellos, mira que de lo contrario no saldrás más a escena. Pero no me hizo caso y Carmelo Sayago dibujó en una "carta al director" en HOY lo que estaban viendo sus vivarachos ojos: la gran comedia engendrada en torno al paripé del nenúfar mexicano, el hecho cierto y papable de que aquí se vive una escena teatral (un paripé) con esos trabajadores cruzando el río haciendo como que nos libran de la dichosa planta. Y es que en el teatro muchas cosas se basan en la imaginación, pero en la vida real los hechos son tozudos y esto de la planta invasora es un hecho cierto, no una invención. A este paso, junto a otros dudosos honores, a esta Corporación (y acaso a la Confederación  y a Medio Ambiente, de Madrid o de Mérida) le va a caber el deshonor de haber permitido la paulatina muerte del rio, queriendo embaucarnos con unas canciones al atardecer que son como los cantos de cisne del río, porque el cisne sólo canta cuando se muere. 
También para hacernos más llevadera la agonía del Guadiana, juegan con nosotros a sacar del lecho moribundo toneladas de camalote o nenúfar o lo que sea, echando sobre las indeseables plantas unos malditos polvillos que causan todavía más daños a los males que padece el río. Si Pacheco o Lencero o Valhondo pudieran se removerían en sus tumbas y la emprenderían contra nosotros a bastonazo limpio. Los remedios aplicados, por lo que se está viendo, tienen menos fuerza que las gaseosas del señor Román, que debieron ser un pufo histórico en las crónicas urbanas del Badajoz de los años cuarenta o cincuenta. Sigue, Carmelo, porque ¡vaya tropa que nos gobierna!

(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes 4 de septiembre de 2017)

lunes, 26 de junio de 2017

Huir de la feria de Badajoz escapando a Rusia
















No es normal hacer 4.307 kilómetros para ir a quitarse los espinos hasta San Petersburgo, volviendo por Moscú, con el pretexto de escapar de los ruidos de la feria, la muñeca chochona o los mosquitos

Cuando salía de los baños del Museo Ermitage, para reunirme con el resto del grupo que me esperaba, fui arrollado por una muralla de chinos que me llevó hasta las puertas por las que no debía salir. Y me perdí.

En San Petersburgo y Moscú, allí donde se encuentra una puerta hay casi siempre una cola de gente esperando entrar. En la mayoría de los casos son chinos.



A los pacenses se nos critica, y con razón, que cometemos el pecado de dar la espalda a la feria de Badajoz. La época es la ideal para buscar por primera vez en el verano de cada año las playas, el sol, las primeras sardinas asadas junto al mar, el aire libre... No se escapa en estos días de la ciudad todo el mundo y prueba de ello es que la feria no languidece y parece que se da un cierto resurgir cada año con experiencias como la feria de día, que ciertamente viene amenazando la continuidad del recinto ferial o al menos restando mucha afluencia, porque la gente de más edad (la gente de bien, la gente de orden, se decía antaño quizás en un modo equivocado de entender el bien y el orden) preferimos no tener que agarrarnos al volante para desplazarnos al recinto, donde también tenemos entre otros enemigos a los mosquitos.
Amparándonos en ese pretexto, el de salir a dar una vuelta a ver mundo en estos días previos a la feria, un grupo de ocho pacenses de residencia (aquí pacemos, aquí vivimos todos) nos liamos la manta a la cabeza y fuimos a quitarnos los espinos más allá de los Pirineos, para meternos en las tierras ignotas y temidas de la Rusia imperial, la de los zares, la del mujik loco Rasputín, la de la remota e ignorada Estepa, la de la temible Siberia, la del Gulag, la zarandeada con la perestroika y la del telón de acero... Conste que los ocho aventureros (Antoñita Mastro, Ana María Camacho, Maty Clemente y Teresa Sanjuán -las damas primero, somos muy educados- a la par con Eduardo, Paco, Carlos y Manolo, este último en funciones de cronista) inciamos la andadura como mandan los cánones, saliendo de Badajoz y regresando a la ciudad sanos y salvos, después de haber enterrado muchos tópicos en la Estepa rusa, en las increíbles calles, en los escuetos paisajes, en sorprendentes iglesias y centros de culto religioso, en hoteles espectaculares, en barrios marginales y bloques-dormitorio, llenos de casas viejunas.
En todo caso, no es normal hacer más de 4.300 kilómetros para ir a quitarse los espinos hasta San Petersburgo, pasar allí tres días volviendo en un tren nocturno hasta Moscú y permanecer en la capital rusa otros cuatro días con el pretexto de escapar de los ruidos de la feria, la muñeca chochona o los mosquitos de la feria de Badajoz.


No se lo creerán en Badajoz


"Cuando cuente yo esto en Badajoz no se lo van a creer", nos decíamos, aun siendo conscientes y admitiendo que no somos los primeros ni mucho menos seremos los útimos españoles o extremeños en llegar hasta aquellas tierras. El cronista que suscribe, el que siempre iba el último andando por las calles, el que se perdió a la salida del Ermitage, no viene ahora a descubrir nada, solo a acompañar con letras unas imágenes espectaculares de esas que se quedan grabadas para siempre, que hay que ver en persona y no sólo de otra manera, ni televisión ni fotografías ni cine; en persona. Así es la Rusia de hoy que un grupo de pacenses hemos conocido. Hay que verla en el sitio, hay que estar allí, ser reprendido en las iglesias en las que unos extraños clérigos ortodoxos  (hay en Rusia más de 80 millones de seguidores de la iglesia católica apostólica ortodoxa) imponen respeto con su sola presencia, en las que pululan unas mujerucas con la piel blanquísima y escondidas tras mantujos negros y que ordenan compostura al viajero, a quien hasta a ponen a la cola en las ceremonias religiosas para que participen en sus extrañas "comuniones" (alineadas, decorosamente vestidas, con un velo cubriendo la cabeza y un faldón para las piernas. La comunidad religiosa proporciona velos y faldones). A las mujeres de este grupo y al varón más creyente los enfilaron hasta hacerlos ir a recibir una especie de óleo administrado con un pincel y a comer un pan colectivo.
Pero pensar desde la distancia en Badajoz, en el Polígono La Paz, en San Roque o en la barriada de la Estación o Santa Marina se antojan allí un sinsentido si lo comparamos nuestra civilización occidental y aspiramos a buscar coincidencias con las gentes y los hábitos del extenso país en el que 150 millones de habitantes soportan todo el peso de su historia.


El Pio Lindo en San Petersburgo


Aunque a más de 4.300 kilómetros de distancia es difícil imaginar presencias de paisanos, hay que hacerse a la idea de que tratándose de extremeños eso es posible. Así, en la fria noche del 23 al 24 de mayo el grupo esperaba ante las puertas de acceso a los andenes el tren Flecha Roja, con literas, que habría de llevarnos desde San Petersburgo a Moscú, recorriendo unos 650 kilómetros.  Ya había anochecido y se aprestaba a empezar su periplo una de las noches blancas que se dejan caer sobre estas zonas, una de esas noches en que una luz blanquecina se apodera de las penumbras buscando causar el insomnio en el caminante (el eslogan dice que "Moscú es la ciudad que nunca duerme"). Ni los pájaros se espantan porque yo creo que aquí apenas si los hay, salvo las palomas pertinaces. A ellas se añaden una especie de grajos, pajarracos de mal aguero que abundan en parques y jardines. En medio del silencioso jaleo de la estación de tren, el jolgorio del grupo pacense de ocho viajeros y un par de guías se vio interrumpido con la llegada de una pareja de pacenses, el matrimonio formado por Sarai Castro y su esposo Lemuel Cordero. Este, diplomado en Empresarales por la Universidad de Extremadura, regenta una pollería en Badajoz, 'El Pío Lindo', en la calle General Palafox, a donde pueden ustedes ir de parte mia y les harán un buen precio, el que marcan los carteles. Ellos iban, como nosotros, hasta Moscú. Lemuel es viajero impenitente y según me ha demostrado, un gran fotógrafo. Con sus conocimientos de inglés, se organizó el viaje por su cuenta y allá que se fue. Volvió sano y salvo con Sarai justo a tiempo de incorporarse a su trabajo diligente, como todos los días, en la pollería. Fue una grata alegría para los otros ocho pacenses que jaleamos su presencia. Cientos de chinos, varios policías rusos con espectaculares uniformes y apabullantes gorras, vigilantes de diversas partes, otros viajeros, otro centenar de chinos más, no comprendían a qué venía tanto alboroto y nos miraban con cara de asombro cuando jaleamos a 'El Pío Lindo'.

Motos atronadoras


Para los que a menudo nos quejamos de los ruidos que padecemos los seres humanos ciudades como San Petersburgo y Moscú serían un remanso de paz si no fuese por las embestidas que dan coches y motos a nuestros oidos. Son habituales ya los ruidos de las motos acelerando, con escape libre, lo mismo que los de muchísimos coches de alta gama que se ven en Moscú. Hemos preguntado extrañados por las carreras de coches que se ven en las principales avenidas y nos han dicho con mucho humor que sí, que hay limitación de velocidad, a 60. Es un chiste que quisieron contarnos, porque aunque se ven las señales, uno se juega la vida en los semáforos y en los pasos de peatones, en los que los conductores más atrevidos se disputan el primer puesto de las hipotéticas carreras.
Eso sí, es muy difícil ver una pintada, las calles aparecen inmaculadas de papeles o colillas, no hay cacas de perros (hemos visto pocos animales domésticos, algún gato despistado) hay abundancia de policías locales y estatales. A la hora de dar consejos a los turistas nos dijeron constantemente que mantuviéramos el ojo avizor ante los carteristas, que abundan en muchas zonas como por ejemplo dentro del increíblemente bello Metro de Moscú en cuyas estaciones vuelan unos trenes no muy nuevos, dicen que en ocasiones a más de 200 km. hora de velocidad.
Otro lugar en el que hay que tener especial cuidado con las carteras y los bolsos es dentro de los autobuses urbanos y en general en todas las aglomeraciones, que son muy frecuentes y abundantes, lo mismo que las colas para entrar a cualquier sitio. Porque en Rusia, allí donde hay una puerta hay una cola.

La marea china


Lo que sí abundan en estas ciudades son los turistas, especialmente los chinos. Parece mentira que pueda haber tanto chino suelto (es un decir, porque van bien organizados acompañados de guías) en museos, calles, metros, tiendas, parques... en cualquier rincón de la Federación rusa en el que quepa un alfiler, allí habrá un chino. Y van siempre con prisas, jaleándose unos a otros. De sus atropelladas carreras a las entradas y salidas de lugares de mucho tránsito doy fe porque cuando me disponía a salir de los baños del Museo Ermitage para reunirme con el resto del grupo que me esperaba fui arrollado por una montaña de chinos que me llevó hasta las puertas por las que no debía salir, sin que pudiera hacer nada. Me llevaron en volandas hasta las zona del obelisco contraria a la parte por la que me estaban esperando y si no es por Carlos Roncero, alma y factotum de esta expedición, estoy todavía dando vueltas por las inmediaciones, rodeado por la marea china que ora me arrollaba, ora me abducía y no me dejaba ni llamar para pedir socorro. Como pudieron comprobar en múltiples momentos Eduardo Gil y Paco Posadas, mis otros acompañantes varones, aquella tarde hube de repetir en numerosas ocasiones, "Señor, ¡qué cruz!"

(Publicado en la Revista oficial de Feria y Fiestas del ayuntamiento de Badajoz en junio de 2017)

La broma del banco del alférez

Corría el último tercio del siglo pasado y el aquí firmante cumplía el servicio militar obligatorio (no se olvide este matiz). Llegamos exhaustos a la estación de Renfe en Badajoz tras un interminable viaje en tren desde el Obejo viejo, donde los parias nos habíamos curtido tras un julio y un agosto horrorosos. Y al llegar al cuartel del Castilla 16, en la explanada de la Plana Mayor, los veteranos del lugar nos esperaban para holgarse con los reclutas que teníamos por delante aún un año interminable. Frente a la Compañía de la Plana Mayor, al lado de la Unidad de Destinos, lucía esplendoroso el banco del alférez, con su cartel de “prohibido sentarse”, recién pintado. A nadie se le hubiera ocurrido dejarse caer sobre aquel desvencijado banco (se dice así, ¿no?). El hecho es que en cuanto un recluta mostraba su desorientación en aquella explanada acudían un par de veteranos, con sus galones de cabo, y le hacían ponerse firme y sentarse con el petate en aquel banco maldito, recién repasado de pintura. Sólo consiguieron convencer a uno de mi quinta para que se sentase y lo hizo en medio de las risotadas de los “abuelos”, los próximos a licenciarse. Días después, ya con calma, entenderíamos bien lo que subyacía tras la orden que según dicen (¿o era un chiste malo?) debió dar algún alférez que ordenó pintar el banco y prohibir que se sentaran, para salvar los uniformes de la pintura.
Aquella explanada del Castilla 16 queda aún en mi memoria, como el Llano Amarillo de Córdoba, como quedan las horas de los dos viajes, de Badajoz a Obejo y el de vuelta, en un tren cochambroso y tercermundista lleno de soldados que tiraban a los campos el picnic con los huevos duros y las latas de foie-gras, entre risotadas, logrando acertarle a alguna vaca o alguna mula vieja que con parsimonia y la cachaza de los animales en el campo veía pasar aquel tren lleno de locos vociferantes.
Hoy ya casi no hay mili, no hay reclutas incautos, no hay banco del alférez, el pasto y la desidia se comen los barracones y las explanadas del Castilla 16. Y el tren, ¿y el tren?

(Publicado en la edición impresa de HOY el vienes 23 de junio de 2017)

miércoles, 31 de mayo de 2017

Parejas y tríos inseparables

Son parejas aunque se me deslice algún trío. Las asociamos en nuestra vida diaria con cosas que están siempre a mano, como el tenedor y la cuchara, la sal y el vinagre, la leche y el azúcar, el urbanismo y la corrupción, el paseo del Guadiana y los patos, el ferial de Badajoz y los mosquitos, el Guadiana y el nenúfar mexicano, algunos políticos y algunas prisiones.
Parejas y tríos inseparables, pero que conste que sólo eso, parejas y tríos. Ahí van: Soto y del Real; Fortunata y Jacinta; Crimen y Castigo; Isabel y Fernando (tanto monta...); Marta y María; Casta y Susana; Herta Franklin y la perrita Marylin; Crtimen y Castigo; Goliath y David; Ortega y Gasset (¡); Manolo Cañada, Alejandro Nogales y Pedro Escobar (el bueno, el feo y el malo); Ibarra y Fuentes; Roberto Alcázar y Pedrín; Rinconete y Cortadillo; Rómulo y Remo; Calila e Dimna; Daoiz y Velarde; Dolores Abril y Juanito Valderrama; El Gordo y el Flaco; Víctor y Ana; Espoz y Mina; Blas y Epi; Popeye y Olivia; Rubén y Darío; Tizona y Colaca; Guerra y Paz; Matilde, Perico y Periquín; Pedro, Pablo y Wilma; Menéndez y Pidal; Gabriel y Galán; Ana y los siete; Joaquin Prat y Laura Valenzuela; Alaska y Los Pegamoides; Tintín y Miló; Micky y Los Tonys; Gene García, Tony el Mugriento y Los Inlavables; Monago y Celdrán; Sal y Pimienta; Agua y Ajo; Sansón y Dalila; la Cigarra y la Hormiga; Ásterix y Óbelix; Blancanieves y los siete enanitos; la Bruja y la Escoba; Azúcar Moreno; Bonnie and Clide; Judas Tadeo y Judas Iscariote que dicen que fue el traidor; Corruptos y Corruptas; la Bella y la Bestia; la Luna y el Toro; la Zorra y las Uvas; Franz Johan y Gustavó Re... y así una prolija relación que el lector avisado puede completar añadiendo cuantos nombres estén en su mente, reales o imaginarios.

(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 19 de mayo.
Después de publicado me di cuenta de que se me habían olvidado parejas singulares como Zipi y Zape, las Hermanas Gilda y Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio).

domingo, 23 de abril de 2017

Entrañables imágenes de la desidia

Unas bonitas imágenes de situación de cables y cajas de registro de la luz en calles de Badajoz. El servicio de suministro de luz es de Sevillana Endesa.













Por si no tuviéramos bastante con que al caminar por nuestras maltrechas aceras corramos el riego de que nos caiga encima la cagadita de alguna de las miles de palomas que asolan Badajoz, a ello hay que sumar el riego de que nos lluevan en la cabeza voltios y chispas de los cables de la luz que del modo más desdordenado imaginable han sido depositados como reliquia en las fachadas de nuestras calles. Esta proliferación de cables y cajas de luz al descubierto es una muestra más de la desidia y voracidad con que nos obsequian las compañías eléctricas, en este caso Sevillana o Endesa, que no tienen recato alguno en hacer públicos -debe ser que están obligadas a ello- los millonarios beneficios que consiguen de año en año. Endesa reconoce que en el 2015 aumentó beneficios hasta llegar a 870 millones de euros superando las previsión de ganancias, que eran de 761 millones. En el año 2016 la suministradora elevó un 30% el beneficio neto de 2016 llegando a los 1.411 millones y espera ganar yo qué sé cuántos millones de euros en este año 2017. Mientras, podemos repetir el ejercicio que a diario hace Joaquín Larios, un pacense observador que me hace ver el riesgo que vuela sobre nuestras cabezas. Él pasea y mira las cajas y los cientos de cables pelados al descubierto, hace cábalas sobre las chapuzas que padecemos y, como yo, se lleva las manos a la cabeza y a la cartera al ver las instalaciones tercermundistas que va dejando la cada días más enriquecida Endesa, que no tiene reparo en mantener líneas cochambrosas, no atendiendo bien a pueblos que se quedan a oscuras con los vendavales de invierno o cuando caen cuatro gotas.
La culpa, seguramente, no es de ellos, sino de quienes se lo permiten. (Ahora, señores políticos y técnicos responsables, acudan a lavarse las manos. Aquí, mientras no salga un día ardiendo medio Badajoz, todo esto seguirá igual). A vé...

(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes 1 de mayo de 2017)