sábado, 9 de junio de 2018

Yo solo pasaba por aquí



Me tengo dicho que desde la llegada del móvil empezó la degeneración de esta civilización. Yo vi a mi nieto Juan deslizar los dedos sobre la superficie de una foto como quien hoy hace lo mismo sobre una tablet o la pantalla de un Ipad. ¡Si hasta Mariano, sí, ese, el presidente, se aferra al plasma como solución para no dar la cara y hacer como que comparece! Digo lo del móvil a mi pesar, porque hace unos días el cacharrino que llevo en el bolsillo me escribió, sin yo decir ni tuje ni muje: "Has completado los diez mil pasos de la ruta de hoy, desde La Marisma al Carrefour de Valdepasillas. Te has parado en Clideba, has entrado al baño, has ido al mostrador a pedir cita para el médico, has tomado café en el bar Astoria en Sinforiano Madroñero, has retrocedido hasta el Mercadona de la Plaza de las Américas, te has detenido cinco minutos en una librería no identificada por este servidor, has seguido hasta una tienda de azulejos, has pasado ante La Cubana 2 (no sé pá qué te has parado ahí, me dice mi móvil, si el local lleva un año cerrado...), has estado sentado o en posición similar cerca del Instituto Domingo Cáceres (que no, que no voy a matricularme, le escribo ya bastante amoscado), has pasado al lado del Banco de España, te has detenido varios minutos ante el concesionario de Peugeot, has atravesado hasta el Colegio de Médicos (ilustre, ha mandado escribir su presidente en la fachada) luego te has parado en el bar El Rocio y ha salido la china a saludarte (hola, guapo, ¿quieres un café?), te has encontrado mirando las paletas loncheadas en la tienda Castillo de Azuaga de la calle República Argentina y ya, dispuesto a estampar el telefonino contra el suelo, este te ha preguntado si vas a comprar jamón y menos mal, te ha dado la opción de contestar: "No, sólo pasaba por aquí, hoy no tocaba ver los gansos del Guadiana". Y he pulsado SÍ. Y lo he apagado antes de pedir aliviado un café en Los Valencianos. !Qué castigo, qué cruz!

(Publicado en la edición impresa de HOY el miércoles 16 de mayo de 2018)


viernes, 20 de abril de 2018

Cada uno con su ganso


Acabo de encontrarme en el buzón un hermoso regalo. Un libro. Nada menos que un libro para un día como hoy, 23 de abril, el Día del Libro. Desde Sevilla, donde se jubilea, el nogaleño José Antonio Ramírez Lozano sigue dando rienda suelta a su imaginación, fabulando. Ahora es “El camello de oro”, una divertida historia que bien pudiera estar asentada en las cercanías de su y mi Sierra de Monsalud, por donde vagué de chico cerca del cortijo de Los Madroñales, por el arroyo de la Pata la Mora, por el pilar de las Cobarteras, por los cercados de Las Navas, por la Bejarana Siete Vientos que me sigue llamando a cada paso que doy.

Las de este libro no son historias urbanas de un Badajoz que nos sorprende cada día, ora con el reparto de los gansos, ora con las excavaciones que se hacen en el asfaltado de Sinforiano Madroñero y, si preciso fuera, ora pro nobis. Este es un libro hermoso, de los que agrada que te pongan en las manos, porque van más allá de una pura y sencilla creación literaria, porque encierra en sí vivencias y sobre todo, imaginación a raudales, como la que nos está faltando en muchos aspectos de nuestra vida, sea en la política, en la enseñanza, en las artes, en el devenir diario. Aquí no salimos de las rutinas, del y tu más, de cerrar una feria y abrir otra parecida al mes, de enzarzarnos por la pintura del suelo o por el color de las banderas, de hacer cada día más rotondas, de ver a quién le echamos la culpa de los baches de nuestras calles y carreteras... Por eso, en un día como hoy, se hace más necesaria la presencia de los buenos libros, como este de Ramírez Lozano, que vienen a sembrar un poco de cordura en esta sociedad preocupada por que a nadie le falte llevar su ganso bajo el brazo.

(Publicado en la edición impresa de HOY el lunes 23 de abril de 2018, Día del Libro)

lunes, 12 de marzo de 2018

Que tengo mucha plancha

El Guadiana, a su paso por Badajoz, en la mañana del lunes 12 de marzo. Una pena lo que está pasando con el Jacinto de agua este que nos ha caido en desgracia. (Foto M. LÓPEZ)

Con tres hijas y una madre, todas por suerte trabajando (incluida la madre, en casa), es difícil acusarme de machista o misógino. Es por ello que cuando dije la última vez, “Genoveva, dame cuarto y mitad de garrapatos para un puré, venga, que tengo mucha plancha” no entendí que me miraran horrorizadas mujeres que tenía a mi lado y a las que atendía Emilio Gamito, que me miró con sorna. En mi frutería de cabecera en Badajoz, en la Plaza del Pirulo, se oye de todo y más en días como el de ayer, de la mujer trabajadora e internacional. La primera vez que dije “yo he tocado con Los Pekenikes” también me miraron con la simpatía del que cree que le estás contando una bola, pero si cuela, cuela. Y claro que era verdad, como que mi amigo José María López Navarrete, profesor jubilado en las escuelas Virgen de Guadalupe, fue una temporada bajista de Los Ángeles, los que cantaban “Mañana, mañana”. O que yo mismo, para no ser menos que Rodríguez Ibarra, también tengo un puente con mi nombre, puente de Manolo, en el pantano de Nogales, para darle celos a Tomás Martín Tamayo que, ¡uy lo que me ha dicho!, me ha llamado asqueroso y menos mal que no me ha lanzado el improperio ahora más temible, el de ganso del Guadiana. O gansa.

Pues que, como te iba diciendo, que en estos tiempos los hombres también podemos ser amos de casa y lo mismo que está demostrado que hacemos mejor el gazpacho, también podemos poner nuestros esfuerzos en las tareas del hogar. Hay otras cosas que se nos resisten, como lo de enhebrar la aguja o hacer submarinismo. A mi esposa acaba de darle el alta de su operación de cataratas el fabuloso doctor Juan P. Torres. Con toda su buena fe, le ha dicho: "ya puedes hacer submarinismo". Así que cuando vaya a la frutería podrá decir “Geno, date prisa que tengo que irme a hacer submarinismo con los gansos del Guadiana”.

(Publicado en la edición impresa de HOY el viernes 9 de marzo de 2018)

lunes, 22 de enero de 2018

Gansos ¿para tomar o para llevar?



Con estudiada parsimonia bajó del noble caballo, que relinchó molesto al sentir que era atado sin contemplaciones a las puertas mismas del vetusto establecimiento. Se sacudió, orgulloso, el polvo del camino. Vestía un terno comprado en las rebajas de Primark. El fulano apestaba a sudor, pese a los esfuerzos del desodorante de barra que se había aplicado, lo que multiplicaba el efecto pestífero o pesticida. Se ajustó el sombrero cordobés, ay mi sombrero, y empujó los postigos atravesando la entrada al cuchitril. Como suele suceder en estos casos, su sombra, alargada como la del ciprés, se proyectó sobre el entarimado en el que hizo sonar sus botas y rechinar las espuelas. Una pizarra, frente al cliente, pregonaba las exquisiteces culinarias de la casa. El enjuto mojamuto del camarero le esperaba silbando, haciendo como que sacaba brillo a unos vasos también comprados en las rebajas.
-¿Qué va a ser?, preguntó el sirviente.
-Un palacio quemao le escupió a la cara el forastero.
Cansado el sol de tanto y tanto caminar, el viajero miró a la pizarra dejando el colt aún humeante sobre la cochambrosa barra. La tablucha se rodeaba de otras advertencias, entre ellas un hermoso “Hay sebos vivos” remarcado con pintura de color rojo.
-¿Sin más?, preguntó el enjuto.
-Quiero también una tapa de vestigios y una ración de gansos.
-¿Para tomar o para llevar?
-Los vestigios caerán aquí, pero los gansos me los llevaré al puesto que tengo allí.
No hubo más. El forastero calló y fuese, cual flautista de Hamelin. El enjuto se quedó dormido y cuando despertó los gansos aún estaban allí.
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia).

(Publicado en la edición impresa de HOY el 19 de enero de 2018)

lunes, 18 de diciembre de 2017

Ser perrito en Badajoz, guau, qué cosa más guay






Estas son imágenes de los trabajos que se están haciendo para dotar (?) a la ciudad de una perrera de lujo, la que albergará a los simpáticos canes que son animales de compañía para muchas familias. ¡Qué bonito! Miles de euros ahí. Ea, que no decaiga la fiesta. (Fotos M. LÓPEZ)



Cada vez que los veo me echo a temblar. Un perro, un perro... Es guay (¡guau!) ser perrito en Badajoz. Ahora les están haciendo un hotelito de lujo en el parque del Guadiana, qué maravilla (una buena ambozá de euros, varios miles, ahí es nada). Para defecar, para saltar, para graduarse la vista, para jugar con balones medicinales, para balancearse... Mecaguenla, no tienen zona de manicura, no les harán las uñas, no les depilarán, sólo les faltaba eso... Pienso en que lo que a un perro le gusta es el campo, triscar, saltar. A mis cortas luces que los parques del Guadiana no son el lugar adecuado para la estancia de perros, ahí no están bien. Ni los gansos. Que se los lleven al campo, que es su habitat natural. Tampoco están bien encerrados en los pisos, en espacios en los que no pueden correr, ladrar libremente.
La que rige Badajoz es una Corporación democráticamente elegida. Yo voté y sé a quien voté. No tengo más narices que asumir lo que ellos han decidido hacer aunque no me gusta, pero tienen los votos. Y me temo que, en mi opinión, los que forman la mayoría se han equivocado. No quiero una ciudad esclava de los perros, de las cagadas de estos y de las de los gansos del Guadiana. No quiero una ciudad llena de baches, de aceras destrozadas, de miles de metros de cables desatados en las paredes, de un Guadiana moribundo lleno de nenúfares asesinos, de adoquines levantados, de cientos de coches pitando porque no saben dónde aparcar (y porque quieren llegar en coche hasta la puerta de su casa). Quiero una ciudad en la que pueda ver de vez en cuando a policías municipales ayudando a los ciudadanos... No quiero una ciudad abandonada a su suerte, que es lo que parece este Badajoz ahora mismo, como el que se levanta y le dice a su hijo parado búscate la vida, chaval... Y no quiero una ciudad en la que me obliguen a hacerme el simpático con los perros. Que sean ellos los que corran con el rabo entre las patas ¡guau!

jueves, 23 de noviembre de 2017

¡¡¡ Que nos devoran, nos devoran !!!


Lo usual, la imagen diaria en esta zona, docenas de patos triscando, comiéndose el césped y soltando después las mierdecillas. Lo menos frecuente es poder captar a dos patos en solitario.
(Fotos, M. LÓPEZ)

Todos tenemos sueños de los que deseamos despertarnos con urgencia. El ser devorado por un caimán o mordido por una rata es muy frecuente entre los que tenemos mente dispersa. O que los pájaros de Hitchcock te asedien por los pasillos de casa y te hagan la trepanación. Lo de los jíbaros ya está superado. Aquí y ahora, y cuando el alcalde Fragoso sigue sin nombrar un concejal de la tonterías ni un edil de los patos, mucho me temo que vamos a ser invadidos y espero que no devorados por estos bichejos que si en primavera me resultaban simpáticos, con su cuá-cuá, ahora empiezan a tocarme las narices. Y es que los patos, y sus excrementos, empìezan a tomar posesión peligrosamente del parque de Las Moreras, ese que no hace mucho a mi me parecía idílico y ahora está empezando a mostrar sus escondidas carencias.

Y es que los patos, como sucede con todos los animales, evacuan y expulsan al exterior sus excrementos. Este asunto es un poco escabroso o escatológico, pero no se le puede dar de lado. Cuando eran unos tiernos patitos y no devoradores ansiosos de verde, sus excrementos, tan mínimos (los de los patos) no imponían temor ni asco. Pero ahora que han crecido y deben rondar algunos el cuarto de arroba, las móñigas (por decirlo en fino) han empezado a ser un asqueroso complemento del paisaje. Hacen lo que pueden los encargados de la limpieza, pero las mierdecillas están por todas partes. Las cacas podían verse sólo en las zonas pobladas por el verde, pero los bichos han perdido la verguenza y ya se meten entre los aparatos de gimnasia, en los paseos, bajo los bancos en los que no sentamos los imsersos a consultar la hora o el washap... Patos, patos, patos y mierdas asquerosas en nuestras propias narices... Algo habrá que hacer (¿quizá eliminar los huevos de las próximas puestas?). Por allí realizó una de sus famosas carreras Mariano Rajoy, a ver si le llega la noticia y ahora que tiene pocas preocupaciones le manda un recadito al alcalde de Badajoz. “Fran, ¡písales los huevos!”, por ejemplo. Cuá-cuá.

(Publicado en la edición impresa de HOY el miércoles 29 de noviembre de 2017)
Añadido posterior: Según trabajadores encargados de limpiar la zona, la colonia de patos ya supera los 1.500 ejemplares. Refieren los trabajadores además que la presencia de patos está causando que muchas especies habituales en la zona, como las garzas, hayan tenido que huir de este lugar. Lo dicho, para pisarles los huevos.




jueves, 5 de octubre de 2017

A eso se le llama desidia municipal






(La primera foto, daños y vallas en la calle Fernando Castón. En la segunda, la valla que ha cumplido ya medio año plantada en la calle Hermanos Carrasco Garrorena. En la siguiente, losa metálica en la Avenida de Santa Marina parcialmente protegida por una valla que han colocado los 'mossos' de la Policía Local. Finalmente, imagen de los daños en uno de los aparatos de gimnasia del parque del Rivillas. Como puede verse, todo un panorama revelador de la desidia de nuestro Ayuntamiento. Fotos, M. LÓPEZ)


Este jueves se celebra la llamada 'luna de la cosecha de octubre' y sigue sin llover. Y no llueve aunque estamos en la feria de Zafra. Este jueves seguiremos sin tren rápido y sin AVE y si alguien no le pone remedio hoy, estará en pie la misma valla que está plantada en una calle de Badajoz hace ya medio año. Una valla obstaculizando el tráfico en la calle Hermanos Carrasco Garrorena. Como otra situada en mitad de la acera de la avenida Santa Marina, queriendo proteger a los peatones de una losa metálica que tapa un agujero hace casi medio año. A esto se le llama, en román paladino, desidia municipal. Señor acalde, ahora que remodelará su equipo de gobierno por la dimisión de una concejala, aproveche. Agarre el toro por los cuernos y nombre de una vez un concejal de las tonterías. Para que se ocupe con un par de cuadrillas (con una carretilla, unos alicates, unos alambres, unos cubos de cemento, varias baldosas, yo qué sé...) de que vayan tapando los miles de baches de nuestras calles, quitando las baldosas rotas y reponiéndolas, arreglando las farolas que tienen los cables sueltos y al aire, reponiendo las papeleras que han sido descuajadas de sus anclajes por los vándalos que a buen seguro sus 'mossos' municipales saben quiénes son... Ahora es el momento en que todos nos paremos a pensar en qué buenos vasallos seríamos si hubiera buenos señores, trayendo a la actualidad la leyenda que se cuenta de la osadía de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. Hoy estamos dominados por la mansedumbre, gobernados por pusilánimes, barridos por los prepotentes de arriba, hoy todo es agachar la testuz y soportar promesas (sobre nuestro AVE y nuestros trenes rápidos, por ejemplo), hartos de ver cómo los dineros públicos no se destinan siempre a cumplir sus fines. A esto que los vasallos estamos soportando se le llama mansedumbre. Lo que algunos mandatarios ejercen es desidia. Y debería acabarse tanta mansedumbre aquí abajo.
(Publicado en la edición impresa de HOY el miércoles, 4 de octubre de 2017)