miércoles, 11 de marzo de 2009

Depositarios de nuestros sueños




Creíamos que era otoño porque así lo decían los calendarios. O invierno. Pero era purita primavera. Porque las perezosas golondrinas esperaron a que llegara Jara en septiembre. Porque las aguerridas cigueñas no se fueron ni aunque llegó Rubén en noviembre. Porque las campanas aún del verano sonaban a gloria, a cielo, a una Navidad anticipada. Porque los tejados rezumaban gotas de musgo hermoso del otoño recién empezado, de un verde intenso, de una esperanza increíble, de cielo claro, lleno de luces, de sol, de -increíble- primavera en aquel invierno y aquel otoño tan nuestros, los de Rubén y Jara. A los dos les inundó al nacer la luz de nuestros ojos asombrados al verlos tan chiquininos, tan tiernos, tan indefensos, sonrosados, quejosos si no había comida, calmos si estaba el aliento de la madre o si estaban cerca sus otras madres, -que si Teresa, que si Esther, que si la Paz-.

Eran y son inocentes, indefensos -bueno, ella no tanto, él más sumiso-. Viven a su aire pero no se olvidan de quienes les adoramos, les mimamos, les bañamos, les cogemos de la mano, les llevamos al parque o a la calle, eso sí y sobre todo, a la calle y a visitar el mundo que les rodea, a ser partícipes no sólo de la vida que pasa sino de la que nace con ellos a cada día.

Descubren asombrados que cada noche puede verse en el cielo la luna, miran arrobados el volar majestuoso y lento de la cigüeña, ríen ante la carrera de un perro, ante el maullido de un gato. Siguen extasiados el piar de los pájaros y el repiqueteo de las gallinas, sorprendidos ante el tañido cantarín de las campanas, ufanos cuando logran el regalo prometido. Observan, maravillados, cómo crecen las flores, como revientan las amapolas. Han aprendido a regar las minúsculas macetas que les regaló mamá y esperan ansiosos a que nazcan las que serán sus primeras plantas. Saltan al percibir los golpes de las olas cuando van al mar, acarician el agua cuando está calma y sueñan con hacer castillos de arena, en los que habiten mágicas hadas o terroríficos fantasmas, que correrán por los torreones envueltos en sábanas blancas, dicen que llevándose a los niños malos. Su mundo está lleno de ilusiones y nosotros hemos depositado todos nuestros sueños en ellos dos.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ves?
Decías que no ibas a tener nada que hacer...
Nada... nada más... ni más ni menos... todo lo que haces.
Un fuerte abrazo, Hermano.

Esther dijo...

Este padre nuestro es un poeta!

Jose dijo...

Pues,que me encanta,la frescura,la ternura con la que describes los pasitos que van dando esos niños que tanto queremos todos.¿Sabes?,Jarita me ha cantado el cumpleaños feliz...para comersela.Besos

Evaristo dijo...

Maravilloso, empezar el día leyendo algo así da ánimos de comerse la ciudad para rescatar historias que, como mínimo, reflejen una pequeña parte de la vida que recoges en este artículo.

Pues eso, que me voy a trabajar, aunque los asuntos que me esperan hoy son más mundanos.

Aventurada dijo...

Esther, sí que tienes un padre poeta. Lo sigo en la distancia, porque me encanta leer las pequeñas historias que cuenta, porque es una manera de reencontrarme por momentos con mi tierra y mi ciudad. Gracias Manolo.
Por cierto, Rubenino y Jara están impresionantes. Dos lindezas.