miércoles, 23 de junio de 2010

Del Wellington a la 2ª B




Imágenes de la celebración del ascenso el 16 de mayo de 2010

Soy uno de aquellos jóvenes (de entonces, ahora algo menos, pero animoso y entusiasta con su vida) de la generación del pub Wellington y de la discoteca Fashion, aunque en esta entré pocas veces. Curiosamente he vuelto al cabo de los años a lo que fue discoteca y hoy es academia... a hacer un curso del Windows Vista, que de poco me sirvió porque fue apresurado y a salto de matas y además el Vista es un rollo moruno (¡uy!, perdón por lo de moruno). También de mi época gloriosa eran, más o menos por este orden, los billares del López de Ayala, su terraza, los bailes que organizábamos los alumnos de Magisterio (año 1967 quizás) en lo que hoy es el ambigú del López o en la Casa Regional de Valencia que estaba en la calle Primo de Rivera (joder con la memoria histórica), las primeras figuritas de mazapán navideño compradas en casa Alba, las cañitas con patatas fritas en el Club Cacereño (cerca de lo que hoy es El Arrabal) los calamares en Los Corales, más cañas en Los Gabrieles o en Las Lanzas, los churros en el Saymu, los paseos en San Juan con los libros bajo el brazo haciendo el papel de sobaquillos ilustrados, las tostadas en la cafetería Veracruz del industrial Camacho hermano del que fue coronel del Castilla Juan Camacho Collazo, la asistencia emocionante a ver la película Helga en el Cine Pacense, una media ración de mejillones en El Sótano (“oiga, ¿usted sabe lo que vale eso?” -nos dijo adusto el dueño, mirándonos de arriba abajo-, “sí, lo sé, y lo voy a pagar”). También de mis tiempos eran una cena apresurada a base de judías verdes revueltas con tomate y huevo o unos riñones al jerez en “El 101” de toda la vida, soy de los que fueron en marcha silenciosa desde la Escuela de Magisterio en la Avenida de Colón hasta los almacenes David en la calle La Sal a comprarnos una gorra hasta que nos paró la secreta y le pidó el carnet a unos cuantos (amigo, ahí al lado estaba calentito el mayo francés del 68 y 'El Pardo' era 'El Pardo' y don Benito Mahedero se descojonaba y doña Carmen Álvarez-Arenas nos reñía porque tuvo que ir a Comisaría a sacarnos de allí. Aún recuerdo la cara del dueño de Almacenes David cuando despachó unas treinta gorras en un momento, ¡qué tiempos aquellos en que él vendía camisas de cuadros de idéntica tela a la de los manteles en los que Antonio nos “echaba” la comida en “El 101”!) o vendía blusones como los de los turroneros de Castuera o trajes de época como los del Charleston y los de la película Bonny and Clyde.

En el pub Wellingtom de Carlos Uriarte entré muchas veces, antes de los años 80 creo, hace nada menos que tres décadas. Café irlandés, quizá Larios con Naranja, algún San Francisco... y muy buena música con un organista portugués que me mantenía embelesado mientras tocaba y al que yo le pedía 'Noches de blanco satén' o 'La casa del sol naciente' y el tío lo bordaba. Y lo que iba a contar es que soy de los pacenses que hemos conocido de cerca a Carlos Uriarte, un personaje ciertamente curioso que no se sabe cómo apareció en Badajoz y que a mi y a toda la patulea que por aquellas fechas poblaba la Redacción de HOY (digo bien, poblaba) nos presentó José Manuel Requena, un periodista de raza, un murciano que también cayó por aquí de extraña manera, que tras sentar cátedra y marcar una época en el periodismo deportivo acabó casándose con una pacense y emigrando a trabajar a Sevilla, más cerca de su tierra murciana. Requena era el alma del deporte de la calle en Badajoz y eran sonadas sus crónicas, sus amores y desamores con Carlos Uriarte o con aquel entrenador que se llamaba Juan Manuel Tartillán, que tampoco puedo imaginar por donde andará ahora. Con los dos se pillaba Requena unos rebotes monumentales y era raro el día en que desde el viejo periódico a siete columnas y desde el nuevo a cinco columnas no aparecía algún titular de aquellos de “Tartillán deshoja la margarita” o “Quetglas fue cazado de copas cerca de la medianoche”. O, después, la famosa osteopatía de pubis de Diego Román, pero entonces Requena ya había volado y el club estaría en manos de Folgado o de Castillo o de Berna, no recuerdo de quién de ellos.
Todos esos recuerdos se me han agolpado en la tarde-noche del 16 de mayo, cuando el Badajoz ha logrado el ansiado ascenso a la Segunda B, con lo que se sitúa en eso que pomposamente se llama la categoría de bronce del fútbol nacional. Me he llegado hasta la fuente y he recordado una fiesta similar cuando le pedíamos a aquel simpar alcalde “Manolo, haznos olímpicos”. Me han venido al recuerdo las lágrimas de Manolo Rojas el año que no se pudo ascender y la alegría desbordada cuando el ascenso sí llegó. Y he visto en la fuente, en la tarde noche de ese hermoso domingo de mayo, la alegría desbocada de quienes ponen en el fútbol su máxima ilusión en tiempos de crisis, en tiempos jodidos en los que tan necesario se hace aferrarse a una clavo de ilusión, a algo que nos permita salir a la calle y echarnos la bandera de un club al hombro y jalearnos, y rociarnos de agua, y que corra la cerveza o corra el vino, aunque sea por algo tan prosaico como un balón redondo que quiere entrar a la portería unas veces sí y otras no.
No lo he visto entre la multitud que se dio cita junto a la fuente pero por allí debía estar el espíritu de Carlos Uriarte y de todos los que han sido algo en la historia del C.D. Badajoz, de los que han corrido en el césped, de los que han peleado en los despachos, de los que han sudado unas y otras camisetas, para hacer que este sueño de cientos de aficionados se haga realidad. Aunque la realidad no permita que todo sea un camino de rosas, de éxitos... algo habrá que celebrar y, ¡ que nos quiten lo bailao!

(Publicado en la Revista oficial de Ferias del Ayuntamiento de Badajoz, Junio 2010)

3 comentarios:

el espontáneo dijo...

¡Muy bonito!

Manolo dijo...

Gracias, David. Vamos a tomarnos algo.

Eva dijo...

Madre mía! Cuántos nombres, cuántos datos! Qué memoria, hijo!
(una hija)