sábado, 4 de marzo de 2017

Badajoz 1967-2017: de vivir en una pensión a vivir ahora de una pensión








Las calles de mis dos pensiones, en Eugenio Hermoso (Las Peñas), y Bravo Murillo. Y otros rincones de nuestro paso diario. (Fotos M. López)

Los qué eramos unos jóvenes imberbes, que paseábamos por la calle San Juan hace 50 años y vivíamos en una pensión, somos los que ahora vivimos de una pensión


    No, claro que no es lo mismo ni parecido vivir EN una pensión que vivir DE una pensión. El tiempo ha corrido lo suyo, imparable. Los jóvenes casi imberbes que en 1967, hace cincuenta años, paseábamos fardando con los libros bajo el brazo por la calle San Juan y nos recogíamos a eso de las ocho de la tarde en nuestras respectivas pensiones somos los mismos que ahora vivimos mayormente DE una pensión. Había que recogerse a esas horas porque llevábamos a las espaldas siete u ocho horas de clase, pero sobre todo porque la patrona de nuestra pensión, que llevaba también muchas horas levantada, exigía que le cena fuese a las nueve porque ella también tenía derecho a descansar y llevaba todo el santo día aguantando mecha.  En la calle San Juan nos encontrábamos los alumnos de Magisterio, mezclados los cursos. Y estábamos los que eran de Badajoz, como mi entrañable Carlos Roncero y otros como José Antonio Rojas, Tony Méndez, José Antonio Márquez, y los de los pueblos, como mi paisano Juan Sanguino, Santiago Llorente Vera, José Luis Pulido, Pepe Hernández el Betis, Carlos Aldana, Agapito, Alonso Isidoro Frutos, Valeriano Santos... (como ven, nada de mujeres aunque por allí estaban Carmina, Angelines, Jacinta, Amparo, todas ellas hoy dignas y jóvenes abuelas) una mezcla variada de personas a las que la vida ha ido desperdigando y colocando en distintos lugares, a cual más separado. Aunque pesaban mucho los libros y los cuadernos, era muy poca la edad y podíamos superarlo, por lo que eran más las risas que los lamentos. En la pensión nos estaba esperando una tortilla francesa o una rodaja de pescado o tortilla de patatas... y tal vez una naranja o una manzana y los fines de semana un plátano.    Hasta la pensión llegábamos también con el temor a la ducha, porque al menos en los dos años que este estudiante estuvo de pensión en Badajoz ni un solo día salió agua caliente en la ducha. Así, le huíamos a la experiencia por la mañana y por la noche ya no había más remedio que colocarse bajo la cebolla y encomendarse a todos los santos. Gracias a eso los resfriados eran escasos o por lo menos no muy frecuentes.   La vida en régimen de estudiante en pensión tenía el aliciente de las reuniones de mozalbetes en la casa o en la pensión de uno del grupo. De las más gratas que podré recordar en mi vida están las que vivimos varios de nosotros en la casa de Carlos Roncero (en los grupos de la Soledad, donde hoy está el Banco de España, con su madre Eva Acedo a quien recuerdo ahora en estos días de enero, recién fallecida) o en la pensión de José Luis Pulido, en la calle San Pedro de Alcántara. En ambos casos buscábamos la proximidad de un examen para repasar y al mismo tiempo “repasarnos” el chorizo que aportábamos los de Salvaleón y la cerveza o el vino con que nos obsequiaba Carlos. En la pensión de Pulido, en la cama, hacíamos las láminas que nos mandaba don Isauro Luengo y gracias a la buena mano de Pulido íbamos aprobando todos, bien fuera pintando una oreja, una gamba gigante, el puente de Alcántara, un cántaro de Salvatierra, los pies de un romano con los dedos al aire y las chanclas abiertas...   Las dos pensiones en que viví en aquellos años estaban por la zona de San Andrés, en la calle Bravo Murillo y en la calle Las Peñas (Eugenio Hermoso), en los tiempos en que en la Plaza de San Andrés existía, boyante, el quiosco en el que podíamos cambiar las novelas ya leidas por otras sin leer, pagando una cantidad aceptable. En ocasiones en San Andrés vendían castañas. Había una farmacia con un señor farmacéutico temible (alto, enjuto, adusto, amenazante...) y allí tenían su parada los coches de viajeros que llegaban a dario a Badajoz desde mi pueblo, Salvaleón; Calzados el Barato, la iglesia, la tienda de los colchones y poco más. Por supuesto, nada del san Judas que ahora veneran los días 28 de cada mes, te digo yo lo que hay.   Por aquellos años de penuria una de mis patronas de pensión tuvo necesidad de ausentarse unos días (era de Almendral, se le murió algún familiar ) y a los pupilos nos encomendó ir a una casa de comidas que había en la calle y que ofrecía un menú que se nos antojó aceptable por cuanto suponía un cambio al diario, aunque no era ni mejor ni peor, sino todo lo contrario: o sea, igual. Era el café bar Ideal, comidas. En aquellos tiempos no había ni menú del día ni platos a elegir. Era la comida, sencillamente y sin más. Un primero, algo de segundo y un postre que podía ser una tajada de melón, una mandarina o un café. Lo más adorable eran los manteles de hule, a base de cuadros rojos y blancos y cuántas veces he lamentado no haber dispuesto de una cámara de fotos para haberlo inmortalizado para la posteridad. En otra de las pensiones, en la calle Las Peñas, la vida era más divertida. No teníamos televisión ni tampoco agua caliente, pero nos juntábamos tres estudiantes en una misma habitación y a nuestro lado en dos habitaciones convivían cinco fontaneros y escayolistas que estaban trabajando en los bloques de viviendas que en esa fecha se levantaban la barriada de La Paz. Juerguistas como ellos solos, regresaban del trabajo al anochecer cantando, satisfechos y felices … por tener trabajo.  Cerca estaba la pensión de María Arcos, en la calle El Tercio, de la que ya he hablado otras veces en estas mismas páginas de las revistas de Carnaval o del Ayuntamiento de Badajoz, mujer a la que recuerdo con entusiasmo como a sus hijas tan de mi pueblo y tan de Badajoz.  Por aquellos tiempos pagábamos en la pensión de la calle Las Peñas 60 pesetas al día, 30 por la estancia y 30 por las tres comidas. He de admitir que a veces le decíamos a la señora de la pensión que tal o cual día no íbamos a comer y al liquidar el mes nos descontaba el día que no habíamos comido... Mentira, con un bocadillo de foie gras de Apis y una naranja nos arreglábamos y esas 30 pesetas sabían a gloria para cañas en el Hogar Cacereño, en Los Gabrieles o en Las Lanzas donde una caña costaba dos pesetas... si es que se pagaba. Ni había carnaval ni atenciones a los otros amigos de los estudiantes que eran los perros y los gatos callejeros. Por la calle el Tercio y sus inmediaciones hay ahora hasta peluquerías de perros, como las que he podido fotografiar en estos días. Perra vida la nuestra, virgen santa, lo que hay que vivir. Menos mal que cincuenta años no son nada. A vé...

    (Publicado en la revista oficial del Carnaval del Ayuntamiento de Badajoz. Febrero/marzo de 2017)